Jalisco es conocido por sus pueblos, paisajes y tradiciones, pero también por destinos como Mazamitla, un lugar que, más allá de su fama como la “Suiza Mexicana”, se ha vuelto viral en redes sociales debido a los continuos sucesos paranormales que se reportan entre sus cabañas y bosques.
El conductor de Relatos de la Noche, Uriel Reyes, adentra al público a una serie de testimonios que muestran el lado más oscuro y misterioso del estado, donde la tranquilidad se transforma por completo al caer la noche y un viaje cualquiera puede convertirse en una experiencia difícil de olvidar.
“La posesión de Mazamitla”, una historia ocurrida en 2015
El primer relato se remonta a 2015, cuando Eduardo viajó con su familia a Mazamitla para pasar algunos días en una cabaña ubicada en el bosque.



Como era costumbre, durante las noches salían a buscar leña para la fogata, pero la última noche algo cambió: no lograban encontrar el lugar al que se dirigían y decidieron regresar. Lo extraño fue que el camino de vuelta les tomó apenas cinco minutos, un tiempo que no coincidía con lo que habían tardado en llegar.
Fue durante ese trayecto cuando notaron que la hermana pequeña de Eduardo, llamada Neideline, quien tiene una discapacidad, permanecía completamente callada. Al principio no le dieron demasiada importancia, pero al regresar a casa su comportamiento comenzó a cambiar. Con el paso de los días, jugaba sola, parecía conversar con alguien y su voz llegó a sonar como la de un hombre. También comenzó a hablar con una facilidad que hasta entonces no había tenido y a mostrar una fuerza que nadie podía explicar.
La familia buscó respuestas con doctores, psiquiatras y una mujer que realizó una “limpia”, pero nada funcionaba. Desesperados, acudieron a una iglesia. Un sacerdote se encontraba dando misa y, antes de que pudieran contarle lo que ocurría, les pidió que se acercaran. Sin saber qué sucedía, comenzó a orar por la niña.
Pero las oraciones no funcionaron. Entonces, el sacerdote les dio una indicación que los dejó desconcertados: tenían que regresar al lugar donde todo había comenzado. El alma de la pequeña se había quedado en aquel sitio, justo donde otra presencia había entrado en ella.
Al día siguiente, la familia regresó al bosque de Mazamitla siguiendo las instrucciones del sacerdote. No iban de vacaciones ni llevaban equipaje; volvían al lugar donde todo comenzó para buscar el espíritu de Neideline, que supuestamente se había quedado atrapado ahí.
Mientras ella dormía en la camioneta, su padre recorrió los mismos senderos sombríos gritando su nombre a todo pulmón, con el fin de encontrar su espíritu perdido. Tras horas de búsqueda, el encargado de las cabañas les pidió retirarse y emprendieron el regreso a Guadalajara.
Fue entonces cuando ocurrió lo impensable: al cruzar los tradicionales arcos de salida del pueblo, Neideline despertó de golpe, hablando nuevamente con su dulce voz de siempre.
El abismo entre ambas realidades resultó escalofriante: mientras la familia vivió un infierno de cuatro meses intentando averiguar qué le ocurría a la joven, para ella apenas habían transcurrido un par de días. Hoy, a sus veinte años, el misterio de lo que habitó en su cuerpo sigue sin respuesta y su mente bloquea por completo todo lo sucedido en aquel lapso.
No obstante, el verdadero terror se esconde en su última memoria antes del apagón, segundos antes de perder el conocimiento, logró distinguir una silueta alta, vestida completamente de negro, que la observaba fijamente desde las sombras de los pinos.
“El duende de mi abuelo” y las pisadas durante la madrugada
La historia sigue a un adolescente cuya familia comenzó a frecuentar una casa en Guadalajara, recién comprada por sus abuelos. El abuelo mantuvo allí su vieja afición de guardar extraños juguetes, y aunque el joven ya no era un niño, había una figura en la casa que le provocaba un miedo inexplicable: un macabro duende que parecía mirarlo.
Durante una semana se quedaron ahí para ayudar con algunos arreglos, pero al caer la noche comenzaron a escuchar ruidos desde uno de los cuartos, que ni siquiera tenía ventanas. Primero fueron golpes y después comenzaron a escucharse pasos húmedos que corrían por el interior.
Al terminar esa semana regresaron a su casa y tiempo después volvieron para continuar con algunos trabajos. Durante una de esas visitas, subió en busca de algo y fue cuando encontró una marca de humedad con forma de cruz en una de las paredes.
Más tarde, durante la madrugada, se levantó por agua y se dio cuenta de que el duende que tanto miedo le causaba ya no estaba, pensando que su abuelo lo había movido, siguió su camino. Después de regresar a su habitación lo vio; estaba mirando hacia el frente, cuando siempre lo había visto mirando hacia un lado.
Al verlo, comenzó a llorar y corrió a la cama para cubrirse con la cobija. Fue entonces cuando las pisadas volvieron a sonar, eran pasos pequeños que se acercaban cada vez más y, junto a ellos, se escuchaba una risa.
Durante toda esa noche las pisadas no dejaron de escucharse. Para él era imposible que fueran los demás, ya que la puerta que daba acceso al lugar de donde venían los sonidos era demasiado pesada como para que alguien pudiera entrar. Pasaron los años, pero aquella noche jamás se borró de su cabeza.
Hay noches que, aunque pasen los años, permanecen intactas en la memoria, quizá porque el miedo no siempre desaparece cuando termina aquello que lo provocó; algunas experiencias dejan una sensación que permanece, incluso cuando ya no hay forma de saber qué fue realmente lo que ocurrió.
Mazamitla guarda estas historias en sus cabañas y bosques. Los relatos forman parte de las historias compartidas en Relatos de la Noche, donde testimonios sobre supuestos fenómenos paranormales son presentados desde las experiencias de quienes aseguran haberlos vivido.



