Hay violencias que duelen dos veces: la que se recibe directamente y la que se inflige a través de quienes más se aman. Es la violencia vicaria: aquella en la que una persona utiliza a sus hijos, hijas o seres queridos como arma de guerra contra la mujer. Durante décadas fue invisible a la justicia, disfrazada de “conflictos familiares” o “disputas de custodia”. No era ninguna de esas cosas. Era, y sigue siendo, violencia de género pura, ejercida con crueldad sobre la madre, con los menores como víctimas silenciosas.
Pero en octubre de 2025, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, una corte elegida por el voto popular en julio de ese año, dio un paso histórico. Validó reformas federales que reconocen la violencia vicaria como una forma específica de violencia contra las mujeres.
De esta manera el pleno no hizo más que poner nombre a una realidad que miles de mujeres llevaban años denunciando. La decisión fue justa y necesaria: tomó en cuenta la desigualdad estructural que las mujeres enfrentan y reconoció que el Estado no puede ignorar cuando los hijos e hijas se convierten en moneda de cambio y en instrumento de daño.
En julio de este 2026 la Corte volvió a pronunciarse. Por unanimidad, y con el proyecto de la ministra Loretta Ortiz Ahlf, el máximo tribunal reconoció por primera vez que el uso desproporcionado de demandas, denuncias y recursos legales por parte de algunos padres constituye violencia vicaria: una forma de agresión diseñada para separar a las madres de sus hijos o evadir obligaciones legales.
El caso que originó el fallo fue el siguiente: un hombre utilizó el sistema judicial de manera abusiva y reiterada para separar a un adolescente de su madre, multiplicando procesos y recursos hasta convertir la ley en un mecanismo de control y daño. Hay que decirlo fuerte y claro: la justicia no puede ser cómplice de la violencia que debería erradicar.
Lo más valioso de la resolución es que no se queda en el reconocimiento del problema: establece parámetros claros y obligatorios para que juezas y jueces impidan que los procesos se conviertan en armas.
Partiendo de esto se debe analizar de manera integral todas las pruebas y antecedentes, tanto del ámbito penal como del civil; resolver sobre custodia, convivencias y pensiones poniendo siempre por delante el interés superior de la infancia.
Hay quienes podrían pensar que esto frena el derecho a defender los propios intereses. Nada más lejos de la realidad. Lo que la Corte dice es que el derecho existe, pero no es absoluto cuando se usa como arma. Presentar una demanda es legítimo; presentar diez con el único fin de separar a una madre de su hijo y desgastarla económicamente y emocionalmente es violencia.
Este fallo marca un antes y un después porque reconoce que la violencia vicaria no ocurre solo en casa: también ocurre en los juzgados, en cada audiencia innecesaria, en cada demanda repetida, en cada recurso que busca demorar, confundir o separar. Y lo hace entendiendo que cuando una madre es atacada a través de sus hijos, los menores también sufren un daño directo y propio que debe ser atendido.
No se trata de elegir entre proteger a la madre o proteger a la infancia: se trata de entender que ambas luchas son la misma. No hay forma de garantizar el bienestar de una niña o un niño en un entorno donde se lastima a su madre. Tampoco hay justicia si las respuestas del Estado reproducen la misma violencia que pretende erradicar, aunque sea por una vía distinta.
Porque ninguna madre debería enfrentarse al sistema que debería protegerla, y ningún niño debería crecer viendo que la justicia se usa para lastimar a quien más ama.
Estamos ante un momento histórico de madurez jurídica. Creo, y hasta el momento no tengo razones para decir lo contrario, que esta Corte elegida en las urnas hace un año, está saldando una deuda histórica que la justicia tenía con las mujeres. Claro que falta mucho por hacer pero dejar de normalizar la violencia vicaria y dejar de tratarla como conflictos de pareja o familiares es un avance.
No termino sin dejar sobre la mesa que hay Estados que se hacen de la vista gorda respecto a este tema que mucho nos duele. La violencia es la misma en cada rincón del país. En otro momento hablaré sobre esto.





