Parecía un detalle menor, algo que se podría despachar diciendo simplemente que “a la UNAM se le chispoteó”. Pero lo ocurrido con el examen de ingreso a licenciatura no fue un error sin importancia: fue un golpe directo al prestigio de la máxima casa de estudios y, sobre todo, una enorme bronca para decenas de miles de jóvenes que pusieron sus esperanzas en este proceso.
El salto a la modalidad en línea prometía algo valioso: evitar que quienes viven lejos de la Ciudad de México tuvieran que gastar, viajar y arriesgarse para presentar una prueba. Se suponía que lo digital acortaría distancias. Pero no salió así. La inteligencia artificial demostró no ser tan inteligente después de todo. No se sabe con certeza quiénes hicieron trampa ni cuántos lo hicieron; lo único cierto es que todos quedaron bajo sospecha. Y la desconfianza generalizada obligó a la universidad a dar marcha atrás: ahora serán casi 58 mil aspirantes quienes tendrán que repetir la prueba, esta vez de manera presencial.
Una decisión que, en lugar de resolver la inequidad, la agudiza. Porque trasladarse hasta las sedes designadas no es cosa menor. No todos pueden hacerlo: hay quienes no tienen dinero para el viaje, quienes no cuentan con tiempo suficiente, quienes tienen problemas de salud o responsabilidades familiares que les impiden ausentarse. Jóvenes de Aguascalientes, Durango, Nayarit, Zacatecas y más estados deben viajar hasta Guanajuato; quienes viven en Chiapas o Tabasco tienen que llegar a Oaxaca. La distancia sigue siendo una barrera, representa tiempo, dinero y esfuerzo.
En días pasados vimos al rector Leonardo Lomelí trasladarse a Oaxaca para supervisar la aplicación de la prueba, y dijo que el propósito es “dar certidumbre” a los estudiantes, a sus familias y al país, para que ingresen quienes realmente tienen los conocimientos. Sin embargo, los números hablan por sí solos: faltó un promedio del 30 por ciento de los aspirantes que estaban registrados. ¿Cuántos de ellos no fueron porque de plano no pudieron? Algunos buscarán algún cupo en otra universidad, otros esperarán un año para volver a intentarlo. Algunos por desgracia ya no volverán a estudiar.
La verdad es que acceder a la educación superior en México sigue siendo una odisea. No hay suficientes lugares, no hay suficiente oferta educativa para la cantidad de jóvenes que sueñan con prepararse. Y encima, cuando la institución intenta modernizarse, la tecnología falla y la solución termina recayendo —una vez más— sobre quienes menos recursos tienen.
La UNAM tiene razón en buscar justicia y transparencia en su proceso de admisión. Pero no puede ignorar que cada fallo en el sistema digital se convierte en un obstáculo real para miles de jóvenes que ya de por sí lo tienen difícil. Repetir el examen es necesario para recuperar la confianza. Pero también es indispensable preguntarse: ¿hasta cuándo la falta de previsión y los errores institucionales se cobrarán siempre con el esfuerzo y las esperanzas de los que más necesitan una oportunidad?
