La presidenta Claudia Sheinbaum está impulsando una reforma para que nadie con doble nacionalidad pueda ser presidente o presidenta de México —tampoco gobernador o gobernadora—.
El tema es de lealtad. ¿A quién se le es leal si tiene la nacionalidad mexicana y la estadounidense al mismo tiempo? ¿A México o a EEUU?
Tiene sentido lo que Sheinbaum propone. Si alguien quiere presidir la nación —lo que implica defender la soberanía—, lo lógico es que tenga solo una filiación nacional. Si tuviera dos antes de lograr la candidatura, al menos debería renunciar a su otro vínculo estatal.
La lealtad a la patria no es un asunto menor: quien pretenda llegar a un cargo de tan elevada responsabilidad debe ostentar como único vínculo identitario la nacionalidad mexicana.
Retirarle a Carlos Salinas la dignidad de expresidente
Voy a un punto de poca importancia práctica, pero de un enorme simbolismo. ¿Qué hacer ante un presidente mexicano que termina su periodo y decide, no solo irse a vivir fuera de México, sino adquirir otra nacionalidad?
Lo hizo Carlos Salinas de Gortari: ya como expresidente adquirió la nacionalidad española. Ocurrió en 2021. Probablemente por miedo a que el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador lo llamara a cuentas, Salinas se amparó en una ley especial promulgada por el gobierno español en 2015 para conceder la ciudadanía a los descendientes de los judíos expulsados de la península ibérica en 1492.
Salinas argumentó el origen de las familias fundadoras de Nuevo León —donde nació su padre—: una parte sustancial eran personas judeoconversas.
En 2022, Salinas justificó el trámite afirmando que respondía a una motivación de “origen genealógico” y a un derecho constitucional. Pero el hecho de que un expresidente adopte otra nacionalidad encierra una enorme carga de deslealtad con la nación que se gobernó.
Salinas rompió el pacto simbólico de pertenencia
El presidente o la presidenta de México es la encarnación temporal del Estado mexicano y quien comanda a las Fuerzas Armadas.
Si quien ostentó esa dignidad decide, al concluir su mandato, cobijarse bajo la soberanía de otra nación… ¡carajo! Envía un mensaje de desapego que cabe en la categoría de la traición: sugiere que el vínculo con el país que gobernó era utilitario, ya que terminó en el momento en que dejó el poder.
La búsqueda de Salinas de Gortari de blindaje legal
Alejarse de México al dejar la presidencia y la adquisición de un segundo pasaporte han sido para Salinas mecanismos de protección. Se fue del país porque consideró real la posibilidad de que el expresidente Ernesto Zedillo también lo arrestara —estaba en la cárcel su hermano, Raúl Salinas de Gortari—. Y finalmente se hizo español previendo que AMLO lo llamara a cuentas: es que, si bien la extradición entre México y España existe, contar con la ciudadanía española incrementa la protección jurídica y diplomática.
El desdén por la nación gobernada
Ya era de muy mal gusto que, mientras la gente común tuvo que vivir y asumir las consecuencias de un gobierno que terminó en caos como el de Salinas, el mandatario que tomó las malas decisiones simplemente se fue de México a vivir a todo lujo.
El de Salinas no es el único caso. Durante las presidencias del PRI y del PAN, la élite gobernante utilizó a México como plataforma de poder y enriquecimiento, pero no como destino de vida.
Enrique Peña Nieto fijó su residencia en España gracias a la llamada golden visa. Felipe Calderón obtuvo permiso de residencia gracias a instituciones de la extrema derecha de la misma nación.
Ernesto Zedillo desde 2002 reside en Estados Unidos. No tiene la nacionalidad estadounidense no por lealtad a México, sino porque le convino en un proceso jurídico que enfrentó. Vive en New Haven, Connecticut. Comentaba con un exgobernador de Chiapas, Juan Sabines, que a Zedillo le benefició ser mexicano cuando, en 2011, el abogado Juan Collado, patrocinado por Salinas, quien buscaba venganza, demandó a Zedillo en Estados Unidos por el caso de la comunidad chiapaneca de Acteal. El proceso no avanzó porque no era ciudadano estadounidense, sino un expresidente con residencia en EEUU.
Tristemente, para los gobernantes del PRI y del PAN, el compromiso con la patria termina el día que entregan la banda presidencial. Lo que es traición.
¿Aplicarle a Salinas la de Armstrong en el Tour de Francia?
En el Tour de Francia, a Lance Armstrong le quitaron varios campeonatos cuando se descubrió que había cometido una falta grave: se dopó.
Tendría un sentido simbólico, para dar una lección de patriotismo, hacer lo mismo con un presidente que renuncia a su nacionalidad.
Respetuosa sugerencia a la presidenta de México
Presidenta Sheinbaum: creo que valdría la pena añadir a su iniciativa de reforma sobre la doble nacionalidad una sanción de “desacreditación histórica” (efecto Armstrong).
No estoy sugiriendo, como en la Rusia de Stalin, borrar a Salinas de la historia, sino nada más precisar en documentos oficiales, libros de texto editados por el Estado y en monumentos o galerías fotográficas, que él perdió la dignidad de expresidente por haber incurrido en un acto de traición.
Al despojar a Armstrong de sus siete Tours de Francia se reescribió para bien la historia del ciclismo. Llevar esa lógica a la política mexicana sería muy positivo.
Sería sano para México retirar a Salinas y a cualquier otro exmandatario que hiciere lo mismo el trato honorífico de expresidente, así como la presencia en galerías oficiales —como la de los pasillos de Palacio Nacional— o su ubicación en la Calzada de los Presidentes de Los Pinos.
Propongo, entonces, incluir en la reforma sobre la doble nacionalidad que se les retire el estatus de presidentes o expresidentes a quienes adquieran otra nacionalidad.
Sobre la galería de Palacio Nacional
En los pasillos del histórico edificio hay numerosos retratos de gran tamaño de los expresidentes. Yo modificaría la ley para retirar con deshonor el cuadro de Salinas. No por haber gobernado mal, que gobernó muy mal. No por haber sido tan autoritario, que lo fue —Porfirio Díaz también, pero hasta donde sé no se hizo francés al huir por la Revolución—. Quitar a Salinas de la galería de Palacio Nacional, entre otras correcciones históricas, se debería nada más a haber adquirido una nacionalidad distinta a la mexicana.
La memoria histórica y la ética republicana
Despojar del estatus de expresidente a quien adopta otra nacionalidad es una medida sin precedentes. Pero mucho de lo bueno realizado por la 4T no tiene precedentes.
Al adquirir la nacionalidad española, Salinas de Gortari traicionó la investidura presidencial y el juramento que rindió cuando tomó posesión del cargo.
La investidura presidencial de un periodo determinado no caduca —en el caso de Salinas, de 1988 a 1994—. Esto quiere decir que el título de expresidente es más que un dato curricular: es el reconocimiento a haber gobernado la nación.
Un exmandatario que jura lealtad a un jefe de Estado extranjero, de plano invalida el sentido del juramento que hizo ante la nación. Salinas se subordinó con un juramento ante el rey Felipe VI de España.
Eliminar el estatus presidencial de Salinas no implicaría borrar su administración de los libros de historia ni negar que ejerció el poder —sería historiográficamente absurdo—, pero sí se tendría que subrayar en los textos escolares editados por el Estado mexicano que él traicionó a México al hacerse español.
No se trata de juzgar si fue bueno o malo, autoritario o democrático. El tema es nada más de lealtad a la patria.
Incluir un transitorio en la reforma de Sheinbaum fortalecería su iniciativa. Porque la lealtad de quien gobierne México debe ser vitalicia: quien haya tenido la responsabilidad presidencial pierde el derecho de jurar lealtad a una Constitución o a un jefe de Estado extranjero.
Tales juramentos no son graves en el caso de personas que no pretendan gobernar México. Pero otro es el caso de quienes llegaron a la presidencia: tener la máxima responsabilidad política en la nación solo es posible si la fidelidad es únicamente a la propia patria, sin compartirla con otras.



