La semana del secuestro de Nicolás Maduro ordenado por Donald Trump tuvo como parte de las reacciones a un comentarista afirmando que Venezuela guarda una población alta de mujeres en edad fértil correspondiente casi al 60 por ciento. Afirmó que ante la crisis de fertilidad y nacimientos que augura una potencial reducción de estadounidenses hacia el 2050, una gran solución sería utilizar los cuerpos de las mujeres venezolanas como vientres de alquiler, inclusive, añadió un cálculo prometedor que asegura una capacidad de repoblar completamente dicho país con esta medida.

El comentarista no es funcionario de gobierno pero sus afirmaciones tuvieron miles de likes al punto de hacernos recordar El cuento de la criada, de Margaret Atwood, una novela que por cierto ahora está en la lista de libros prohibidos en varias bibliotecas norteamericanas.

La novela de ficción que cada vez se acerca más a la realidad contiene el fin de la democracia liberal y el régimen autoritario de un grupo ultraconservador posicionado contra comida procesada, químicos, hormonas sintéticas y, cualquier parecido a la realidad es mera coincidencia, pues la razón de esas prohibiciones es que afectan la fertilidad y el escenario de Estados Unidos que muestran es el de un país en donde pocas mujeres pueden tener hijos y la mayoría no lo quiere.

Por eso, la minoría ultraderechista que gobierna —y si desea tenerlos, compuesta por mujeres adultas o mayores que priorizaron sus carreras— ingresa al programa de criadas en el que mujeres fértiles son secuestradas (como Nicolás Maduro) y obligadas a dar hijos para hombres de alto perfil, como militares y gobernantes… Irónicamente, quieren hijos y niños para repoblar, pero solo aquellos que puedan portar una buena sangre... No quieren a los hijos de los migrantes, quieren gente blanca. El sistema odia la tecnología y la reserva para actividades de guerra, y es solo utilizable por hombres, pues recordemos que las pantallas afectan la fertilidad.

Aisladas y discriminadas, las poderosas esposas pueden disponer de las criadas también para otras labores del hogar aunque su función principal es tener hijos. El sistema de violación legítima tiene incluso un fundamento religioso en el pasaje de Sara —la pobre que no puede procrear y que la Biblia permite llamar a su criada o más bien esclava según el texto religioso— para darle el hijo que tanto desea junto con Abraham. O sea que, el comentarista sugiere con el realismo más franco, que las mujeres venezolanas deberían ser las nuevas esclavas reproductivas de los estadounidenses, colocando a esas mujeres como objeto de una transacción en la que nadie les consultó, aderezando el dominio sobre los cuerpos como territorio con la sugerencia de que por esa labor, se les pague algo de dinero y que en su condición, sería una gran ayuda. Un comentarista cree que la violación y el embarazo forzado es una gran ayuda.

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En ese contexto, fueron anunciadas medidas oficiales por parte del gobierno de Donald Trump para revertir la tendencia también realista, de embarazos a la baja.

Frente a un descenso de la tasa de natalidad que ha llevado a Estados Unidos a niveles históricamente bajos (alrededor de 1,6 hijos por mujer, muy por debajo del reemplazo poblacional), el gobierno de Donald Trump ha promovido varias iniciativas destinadas a “fortalecer a las familias estadounidenses” y evitar un declive demográfico percibido como crisis.

1. Cuentas de ahorro para hijos (“Trump Accounts”) y aportes del gobierno

Una de las piezas centrales de la agenda en materia fiscal y familiar de esta administración está en la One Big Beautiful Bill Act, una ley que crea cuentas de ahorro específicas para cada niño nacido entre 2025 y 2028, conocidas popularmente como “Trump Accounts”. Bajo este esquema:

El gobierno depositará mil dólares por cada bebé nacido en ese periodo en una cuenta de inversión a nombre del menor, con ventajas fiscales similares a un plan individual de retiro. Los padres, familiares o empleadores pueden aportar adicionalmente hasta 5,000 USD anuales, más 2,500 USD por parte de empleadores.

2. Propuestas de “bono por bebé” directo

En paralelo, la Casa Blanca ha evaluado —y Trump ha declarado públicamente que “es una buena idea”— la posibilidad de otorgar 5,000 dólares por cada nacimiento como incentivo directo a los padres. Estas propuestas han sido discutidas en reuniones con asesores y grupos externos, aunque todavía no se traducen en una política permanente implementada. Si se implementara el bono, el costo fiscal sería considerable —más de 15,000 millones de dólares anuales según estimaciones— y no estaría claro si tal incentivo por sí solo cambiaría decisivamente las decisiones reproductivas, dado que el costo real de tener un hijo en Estados Unidos es mucho mayor.

3. Créditos fiscales para familias

El impulso a la natalidad también se expresa en propuestas para aumentar los créditos fiscales por hijo, aunque con límites y condiciones específicas. Un proyecto legislativo busca incrementar el crédito tributario para padres con hijos, incluyendo un crédito para madres embarazadas, que puede aliviar parcialmente la carga económica de criar una familia.

El hecho es que hay una nueva cultura pronatalista que parece estar dispuesta a todo, con una agenda fuertemente influenciada por actores conservadores y think tanks que consideran la caída de la natalidad como una crisis cultural y moral, y no solo económica. Un reporte reciente de la Heritage Foundation propone medidas que van desde clases sobre matrimonio tradicional y límites a redes sociales, hasta restricciones ideológicas sobre pornografía, combate al Tinder o Bumble y citas online así como otras prácticas contemporáneas que supuestamente “erosionan” los valores familiares tradicionales. Esto va de la mano con una fuerte inversión el “influencers tradwife” que intenta sembrar de nuevo la aspiración en las mujeres a ser esposas tradicionales dedicadas a la crianza y al hogar, como respuesta al feminismo de la cuarta ola que cuestiona las relaciones íntimas, así como las desigualdades que se producen desde lo personal hasta lo político.

Aunque las medidas que se anuncian —ahorro infantil, créditos fiscales, discusión de un bono al nacer— puedan parecer incentivos pro-familia desde una perspectiva económica superficial, es crucial examinar lo que no está en la agenda como la igualdad de las madres, un sistema de cuidados como programa federal robusto de licencia parental remunerada, un sistema universal de cuidado infantil, o subsidios significativos que reduzcan el enorme costo de vivir con hijos en Estados Unidos.

Aunque las propuestas más discutidas no han sido implementadas como política pública permanente y muchas todavía están en fase de debate o diseño, su apuesta es cultural: promover un modelo tradicional de familia heterosexual como pilar del Estado, al tiempo que se cuestionan derechos reproductivos y se estigmatiza la autonomía de mujeres y personas no parentales. Hacerlo como la ética norteamericana ejemplar que todos deberían de seguir, la que les devolverá superioridad moral. Por eso es que habría que ponerle atención. Se está gestando una nueva hegemonía profundamente misogina que amenaza los medianos avances de la lucha de las mujeres.

Vincular un fenómeno demográfico como la caída de la natalidad con la idea de recuperar una familia idealizada —o peor, con propuestas que instrumentalizan el cuerpo de mujeres y que bien podría llegar hasta los cuerpos de las mujeres extranjeras como objeto de intercambio de guerra— no solo es moralmente peligroso, sino que también distrae de las transformaciones sociales profundas necesarias para garantizar que tener hijos sea una decisión libre, digna y apoyada socialmente. Esas que hace que las mujeres no quieran estar con hombres, como el hecho de que aquellos se acercan más al perfil de los agresores de Gisèle Pelicot, la mujer francesa de 72 años de edad que se ha convertido en símbolo internacional de resiliencia y lucha contra la violencia sexual tras denunciar públicamente un caso de violación sistemática y sumisión química que sufrió durante más de una década a manos de su esposo y decenas de otros hombres.

Valdría la pena recordarle a Donald Trump que las guerras provocan crisis de fertilidad y de reproducción, nadie quiere tener hijos en medio de inestabilidad bélica. Si es que sus planes son continuar atacando países, ¿qué le hace pensar que no recibirá ataques?. Si sus policías y elementos armados de ICE matan a quemarropa a mujeres y a cualquiera, aunque se trate de una madre, ¿qué le hace pensar que más mujeres querrán tener hijos?. Si quiere poblar su país, tiene que comenzar por poner fin a sus absurdos actos de guerra.

X: @ifridaita