Yo vivo entre el calor seco de Hermosillo y el bullicio eterno de la Ciudad de México. Hace unos días aterricé en mi departamento de la colonia Roma para la junta vecinal de rigor. Ya saben cómo son estas cosas: se empieza hablando de la gotera del cuarto piso, del vecino que deja la bici en el pasillo y de la señora del tercero B que sigue regando las plantas a las siete de la mañana con la manguera a presión. Café frío, galletas Marías y un ambiente que, por momentos, parece más un conciliábulo de la mafia napolitana que una asamblea condominial.

Pero yo, que soy curioso y un poco imprudente, decidí cambiar el tema cuando el orden del día se estaba agotando. “Oigan, ¿y qué opinan de los aspirantes de Morena para la candidatura en la Cuahutémoc?”, solté como quien pregunta por el clima. El silencio duró exactamente tres segundos. Luego se abrió el cielo.

Lo que escuché me dejó con la boca abierta.

La mayoría de los vecinos —gente de izquierda light, progres moderados, algunos que votaron por Sheinbaum y otros que todavía maldicen a AMLO en voz baja— hablaba maravillas de Emilio Villar. No era un aplauso tibio; era entusiasmo genuino. “Es joven, pero no pendejo”, dijo uno. “Habla claro y no se anda con rodeos”, agregó la del departamento 5C, que tiene un altar a López Obrador en la sala. La que más me sorprendió fue doña Lupita, panista de toda la vida, de las que todavía guardan la foto de Fox en el buró. Se inclinó sobre la mesa, bajó la voz como si estuviera confesando un pecado y sentenció: “Yo soy panista hasta la muerte… no votaría por Emilio, pero me gusta que haya jóvenes como él en la política”.

Ahí estaba el dato duro: un candidato de Morena que ya seduce hasta a la oposición en la Roma, uno de los barrios más hipster y exigentes de la ciudad.

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Luego vino el contraste. Pregunté por Alessandra Rojo de la Vega. Hubo un murmullo incómodo. “Me cae bien como persona”, admitió el ingeniero del séptimo. “Pero su gobierno… uf, es otra cosa”. Se quejaron del tráfico, de las obras eternas, de la sensación de que la ciudad se les está yendo de las manos. La aprobaban a ella, pero reprobaban su gestión. Es decir, Alessandra tiene carisma, pero ya carga el lastre del “ya la vimos”. Y en política, cuando te ven como continuidad cansada, estás más cerca del retiro que de la reelección.

Les mencioné otros nombres que circulan en Morena. Reacciones inmediatas y sin piedad: uno era “demasiado viejo para el cargo”, otro “un oportunista que se sube al tren cuando ya va en marcha”, el de más allá “habla bonito pero no resuelve ni el bache de su calle”. En menos de diez minutos, el resto de los aspirantes quedó tendido en el piso como boxeadores en el séptimo round.

Y ahí surgió la conclusión que nadie se atrevió a decir en voz alta, pero que flotaba en el aire: dentro de Morena, hoy por hoy, Emilio Villar es el único perfil que podría ganarle a Alessandra Rojo de la Vega en una contienda interna. No porque ella sea débil —tiene arrastre, tiene historia, tiene maquinaria—, sino porque él representa exactamente lo que la gente está pidiendo: frescura sin ingenuidad, congruencia sin dogma y juventud que no equivale a inexperiencia.

Es curioso. En la Roma, donde todo el mundo presume ser “muy informado”, todavía no todos conocen a Villar. Pero los que lo conocen ya lo defienden con pasión. Eso significa dos cosas: tiene un techo muy alto y un piso muy sólido. El margen de crecimiento es enorme.

Salí de la junta pensando que la política mexicana sigue siendo más interesante de lo que parece en las encuestas y en los programas de televisión. Mientras los operadores de los partidos se pelean por spots y encuestas internas, en una simple asamblea de condominio de la colonia Roma ya se está cocinando un consenso silencioso: la gente quiere caras nuevas que no vengan con el desgaste de los de siempre.

Emilio Villar todavía no es candidato oficial. Pero en la Roma ya ganó la primera elección: la de la credibilidad vecinal. Y en una ciudad que se cansa rápido de los mismos nombres, eso no es poca cosa.

Ojalá los que deciden en Morena estén escuchando las juntas vecinales. Porque a veces, entre goteras y galletas Marías, se escucha mejor el pulso de la ciudad que en cualquier focus group pagado.