La presidencia de la mesa directiva del Senado de la República bajo el mando de Gerardo Fernández Noroña ha sido quizás la más ruin en la historia del país. Concluirá el próximo 31 de agosto.

Por razones que muchos se han cuestionado, los senadores votaron hace un año, con la clarísima excepción de Lilly Téllez, que Noroña fuese el responsable de la dirección y conducción de los debates.

Sí, por muy sorprendente que pueda parecer, los senadores de oposición apoyaron prácticamente por unanimidad la candidatura de Noroña. ¿Qué clase de negociación entre Adán Augusto López, Alito Moreno y Marko Cortés condujo a lo sucedido? Se desconoce.

Durante su presidencia, el impresentable senador Noroña, fiel a su pasado de personaje incendiario y violentador, contravino sus obligaciones legales de representar la pluralidad de la cámara. Por el contrario, en actos vergonzosos, se comportó como el más faccioso de los activistas políticos; silenciando opositores y pasando por alto normas de convivencia democráticas.

En lugar de hacer posible el diálogo, Noroña buscó con el micrófono imponer en la cámara alta una sola voz: aquella de una mayoría fraudulenta que no concedieron en urnas.

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El pavoroso acto que tuvo lugar el miércoles en la tribuna del Senado no ha sido más que el colofón de la violencia verbal que ha existido desde el ascenso de Noroña; violencia promovida, en buena medida, desde la propia presidencia de la mesa directiva.

No omito destacar que las agresiones exhibidas por Alejandro Moreno merecen el repudio de propios y extraños. Se trata de un sujeto sin las menores credenciales éticas o políticas. Sin embargo, ha sido el tóxico ambiente legislativo instigado por Noroña (y nutrido también por miembros de la oposición como la propia senadora Téllez) lo que condujo a la pérdida de todo decoro, decencia e institucionalidad en una de las cámaras del legislativo mexicano.

El término de la presidencia de Noroña hará posible -tal vez- un intento de retorno hacia la cordialidad legislativa. Allí seguirá el legislador. Sin embargo, su voz será menos escuchada y sus estridencias quedarán limitadas a un orden parlamentario que deberá ser impuesto por su sucesora.

Su paso por la mesa directiva del Senado será recordado por dos eventos atroces: la dramática sesión cuando fue aprobada la reforma al poder judicial y la violencia física presenciada por todos el pasado 27 de agosto.