Donald Trump ya quiere repartirse el botín de una guerra que todavía no ha ganado. Proclama que Estados Unidos tiene el “control total” del estrecho de Ormuz y hasta insinúa que, terminado el conflicto, podría quedárselo o convertirlo en territorio estadounidense, como si una de las arterias marítimas más importantes del planeta pudiera incorporarse al inventario de Washington por derecho de conquista. Pero la realidad arruina la fotografía triunfal: Irán no se ha rendido, Ormuz sigue sin funcionar normalmente, no existe un acuerdo de paz y los estadounidenses empiezan a pagar la guerra en el lugar que más duele, su bolsillo. Trump habla de victoria; las familias ven gasolina, alimentos, transporte y servicios cada vez más caros.
Ésa es la gran contradicción del momento. Estados Unidos ha demostrado una superioridad militar incuestionable, ha golpeado severamente instalaciones y capacidades iraníes y mantiene una formidable presión naval, económica y tecnológica sobre Teherán. Nadie sensato puede colocar en un mismo plano las capacidades bélicas de ambos países. Pero ganar batallas no equivale a ganar una guerra, y destruir objetivos tampoco significa haber conseguido los objetivos políticos que justificaron combatir. Casi seis meses después, Irán continúa resistiendo, las conversaciones no han producido una salida definitiva y el estrecho de Ormuz sigue siendo la principal herramienta con la cual Teherán puede trasladar parte del costo del conflicto al resto del mundo.
Trump asegura que controla Ormuz, pero los petroleros no han recuperado el tránsito normal. Las grandes navieras continúan midiendo riesgos, los seguros se han encarecido y el flujo marítimo permanece muy por debajo del existente antes de la guerra. Esa realidad permite una pregunta elemental: si Estados Unidos tiene realmente el control absoluto que presume su presidente, ¿por qué uno de los pasos marítimos más importantes del mundo continúa funcionando de manera tan precaria? Control militar de un espacio no es lo mismo que libertad efectiva de navegación.
Irán tampoco está ganando. Su economía está golpeada, sus instalaciones han sufrido daños, enfrenta sanciones, bloqueo, aislamiento y enormes pérdidas. Pero Teherán comprendió desde el principio que jamás podría derrotar convencionalmente a Estados Unidos y encontró otra forma de combatir: elevar el costo de la guerra hasta que la presión deje de sentirse solamente en territorio iraní y termine entrando en las casas estadounidenses. Ormuz es precisamente esa palanca. Cada petrolero detenido, cada incremento del seguro marítimo y cada barril más caro viaja rápidamente desde el Golfo hasta una gasolinera, un supermercado o una fábrica a miles de kilómetros.
Ahí entra en la sala uno de los grandes elefantes que Trump lleva meses intentando ignorar: la economía estadounidense. El hombre que regresó a la Casa Blanca prometiendo energía barata, inflación controlada y recuperación del poder adquisitivo ahora pide a sus ciudadanos aceptar combustibles más caros como sacrificio de guerra. La gasolina se ha encarecido fuertemente durante el último año y la inflación continúa por encima del objetivo de la Reserva Federal, mientras alimentos, vivienda, seguros, transporte y servicios mantienen una presión cotidiana que ninguna estadística puede esconder.
La inflación tiene además una característica políticamente devastadora: aunque la tasa mensual disminuya, los precios no regresan automáticamente al lugar de donde partieron. Una familia no siente alivio porque un índice pase de 3.5 a 3.4 por ciento si el supermercado continúa siendo mucho más caro que hace dos o tres años. Los ciudadanos no compran porcentajes ni pagan indicadores macroeconómicos; compran comida, gasolina, medicinas, seguros, renta y electricidad. Ahí es donde se está librando otra guerra que Trump tampoco puede declarar ganada.
Y la guerra contra Irán no explica todo. En medio de la sala camina otro enorme elefante: los aranceles. Trump construyó buena parte de su política comercial bajo la premisa de que los países extranjeros pagarían el costo de las tarifas impuestas por Washington. En la práctica, una porción importante termina siendo absorbida por importadores, empresas y consumidores estadounidenses. La combinación entre aranceles, energía cara y cadenas de suministro perturbadas está ejerciendo presión sobre precios justamente cuando el presidente prometió lo contrario.
Así, muchos estadounidenses están recibiendo simultáneamente la factura de dos grandes apuestas presidenciales: una política comercial diseñada para castigar al extranjero que termina encareciendo productos dentro de Estados Unidos y una guerra emprendida para doblegar a Irán que está incrementando el costo de la energía. Trump puede señalar a Teherán, Pekín, la Reserva Federal, los gobiernos anteriores o cualquier otro adversario, pero existe un momento en que el consumidor deja de escuchar explicaciones y simplemente compara cuánto dinero le quedaba antes y cuánto le queda ahora.
Eso empieza a convertirse también en problema electoral. Las elecciones intermedias se acercan y pocas cosas deterioran más rápidamente a un gobierno que la sensación de que la vida cotidiana empeora. Una guerra puede generar inicialmente unidad nacional; cuando se prolonga, no presenta un desenlace claro y comienza a reflejarse en las cuentas de las familias, el patriotismo suele transformarse en impaciencia. Trump lo sabe y por eso alterna entre anunciar una victoria prácticamente consumada, sugerir negociaciones inminentes y volver inmediatamente a elevar las amenazas.
Ese movimiento pendular revela precisamente que Washington todavía no encuentra una salida. Si la victoria estuviera definida, no sería necesario anunciarla cada semana. Si Irán estuviera completamente derrotado, no seguiría condicionando la reapertura de Ormuz. Si el estrecho estuviera bajo absoluto control estadounidense, no existiría semejante incertidumbre sobre el tránsito. Y si la economía doméstica estuviera inmune a la guerra, Trump no necesitaría pedir a sus ciudadanos que aceptaran precios mayores como contribución patriótica.
Es entonces cuando aparece la nueva grandilocuencia: quedarse con Ormuz. La frase no puede verse aislada de otras obsesiones territoriales de Trump. Groenlandia, el Canal de Panamá y ahora el estrecho de Ormuz forman parte de una forma peculiar de entender la geopolítica: si un territorio, ruta o instalación resulta estratégica para Estados Unidos, el presidente comienza a hablar de ella como si la superioridad económica o militar pudiera generar derechos de propiedad. Son situaciones jurídica e históricamente muy distintas, pero revelan una misma concepción patrimonial del poder internacional.
Ormuz no es un inmueble abandonado ni un activo empresarial susceptible de comprarse después de una negociación. Es un estrecho internacional entre Irán y Omán, vital para el suministro energético mundial. Por ahí circuló históricamente alrededor de una quinta parte del petróleo consumido en el planeta y dependen de esa ruta China, India, Japón, Corea del Sur, Europa y las propias monarquías del Golfo. Pretender convertirlo unilateralmente en territorio estadounidense sería abrir un conflicto jurídico, diplomático y probablemente militar mucho mayor que la guerra que Washington dice estar intentando terminar.
Pero la declaración de Trump contiene además una pregunta todavía más importante: ¿para qué se está combatiendo exactamente? El conflicto comenzó alrededor del programa nuclear iraní y la amenaza que Washington atribuía a su eventual desarrollo militar. Después se habló de degradar capacidades bélicas, garantizar la seguridad regional y asegurar la navegación. Más tarde Ormuz se convirtió en el centro de la disputa y ahora aparece incluso la posibilidad de apropiárselo. Cuando una guerra va acumulando objetivos conforme avanza, la salida se vuelve cada vez más difícil porque cada nueva exigencia crea otra condición que alguien tendrá que abandonar antes de sentarse a negociar.
Irán ha hecho exactamente lo mismo desde el otro lado. Ha elevado sus demandas, busca compensaciones, alivio de sanciones, recuperación de activos y garantías antes de normalizar completamente el tránsito marítimo. Ambos contendientes se encuentran así atrapados por su propia retórica: ninguno quiere ofrecer al adversario la posibilidad de proclamar victoria y ambos han aumentado el precio político de cualquier concesión. Mientras Washington y Teherán discuten quién perdió menos, el mundo paga por la incapacidad de ambos para terminar.
Ése es otro de los elefantes. La guerra ya dejó de ser únicamente estadounidense e iraní. Cada incremento en petróleo y transporte repercute en fertilizantes, producción agrícola, mercancías y alimentos. Países que no tienen absolutamente ninguna participación en las decisiones de Washington o Teherán terminan importando inflación. México tampoco está aislado de ese fenómeno. Cuando aumenta la energía mundial, tarde o temprano suben costos logísticos, industriales y alimentarios en prácticamente todas las economías.
Por eso resulta tan irresponsable hablar de apropiarse de Ormuz en lugar de concentrarse en normalizarlo. Estados Unidos ya demostró suficientemente su capacidad militar. Nadie necesita ver una bandera norteamericana plantada en el estrecho para comprender quién posee mayor poder bélico. La verdadera demostración de liderazgo sería convertir esa superioridad en una solución duradera: navegación segura, garantías sobre el programa nuclear iraní, mecanismos de verificación y condiciones suficientes para terminar el conflicto.
Bombardear es relativamente sencillo para una superpotencia. Negociar después de bombardear resulta mucho más difícil.
Y mientras Trump mira hacia Ormuz, otros elefantes continúan instalados en casa. ICE sigue siendo motivo de una profunda confrontación social por sus redadas, detenciones, deportaciones y muertes bajo custodia. La política migratoria continúa fracturando comunidades y produciendo imágenes que han generado indignación incluso entre estadounidenses que originalmente respaldaban un endurecimiento fronterizo. La inflación no desaparece; los aranceles generan costos; la polarización aumenta y la proximidad de las elecciones intermedias convierte cada decisión de la Casa Blanca en parte de una campaña permanente.
Trump necesita que Irán se convierta en una victoria porque enfrenta demasiados problemas al mismo tiempo. Pero las necesidades políticas de un presidente no cambian los hechos. Puede proclamar que Irán está derrotado mientras Teherán mantiene capacidad para alterar el comercio mundial; asegurar que Ormuz está controlado mientras los barcos evitan atravesarlo; presumir una economía excepcional mientras muchas familias sienten exactamente lo contrario; afirmar que los aranceles enriquecen a Estados Unidos mientras parte de la factura aparece en los precios, y prometer que la guerra termina mientras agrega nuevas condiciones para terminarla.
Los elefantes ya no caben debajo de la alfombra.
Además, existe un principio que ninguna potencia debería olvidar: la fuerza militar no crea títulos de propiedad. El orden internacional construido después de las grandes guerras del siglo pasado se sostiene, precisamente, sobre la idea de que las fronteras y las rutas internacionales no pueden modificarse simplemente porque un país sea suficientemente poderoso para conquistarlas. Si aceptáramos la lógica de que el vencedor puede quedarse con aquello que considera estratégicamente conveniente, estaríamos regresando al mundo que las instituciones internacionales intentaron superar.
Trump parece concebir con frecuencia la política mundial como una gigantesca negociación inmobiliaria: comprar, controlar, presionar, adquirir, cobrar y quedarse con activos. Esa mentalidad puede resultar eficaz en determinados negocios, pero un estrecho internacional no es un casino en bancarrota, Groenlandia no es un terreno baldío y el Canal de Panamá tampoco es una propiedad hipotecada esperando nuevo dueño.
La pregunta que Estados Unidos debería hacerse no es quién será propietario de Ormuz cuando termine la guerra. Es cuándo podrán navegar nuevamente los barcos sin temor a ser atacados. Ésa sería una victoria concreta, medible y útil para el mundo entero.
Y para conseguirla hace falta algo que ningún portaaviones puede proporcionar: un acuerdo.
Trump puede seguir declarando victoria, anunciar que controla el estrecho, amenazar con quedárselo y pedir a sus ciudadanos que acepten combustibles más caros en nombre de la seguridad nacional. Pero las guerras no terminan cuando un presidente encuentra la frase correcta para un mitin. Terminan cuando existe una solución política que hace innecesario seguir disparando.
Hoy esa solución no existe. Irán no se ha rendido, Ormuz no está normalizado y los estadounidenses están comenzando a descubrir que una guerra librada a miles de kilómetros también llega hasta la mesa de su cocina. La gasolina, los alimentos, los aranceles, ICE, la inflación, el desgaste electoral y ahora la pretensión de apropiarse de un estrecho internacional forman ya una manada demasiado grande para seguir ignorándola.
Trump puede apropiarse del discurso. Puede apropiarse de los titulares. Puede incluso declararse vencedor antes de tiempo. De lo que todavía no puede apropiarse es de la realidad.
Y la realidad es brutalmente sencilla: mientras el presidente discute quién se quedará con Ormuz después de ganar, millones de estadounidenses están empezando a preguntarse algo bastante más urgente: ¿cuándo terminará la guerra y cuánto más tendrán que pagar por ella?
Porque antes de repartir el botín, primero hay que ganar. Y esta guerra, por más que Trump repita lo contrario, todavía no está ganada.
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