En noviembre de 2020, Donald Trump —buscaba la reelección como presidente de Estados Unidos— desconoció los resultados electorales.

A Trump le dieron la espalda la gran mayoría de quienes gobernaban en ese momento a las distintas naciones, que se apresuraron a felicitar a Joe Biden.

Solo cuatro gobernantes no se sumaron a la oleada de reconocimientos que Biden recibía: Vladimir Putin, de Rusia; Jair Bolsonaro, de Brasil; Andrés Manuel López Obrador, de México, y Xi Jinping, de China.

Se criticó muchísimo a AMLO por no reconocer rápidamente el triunfo de Biden. El tabasqueño no lo hizo por el recuerdo de la elección mexicana de 2006: varios presidentes dieron por ganador al panista Felipe Calderón bastante tiempo antes de que concluyera el proceso electoral que, como bien sabemos, resultó fraudulento.

Trump, fiel a su naturaleza de hombre de poder, no puede olvidar aquel gesto de AMLO.

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López Obrador apoyó no tanto a Trump, sino a la lucha del entonces candidato del Partido Republicano por aclarar un resultado electoral.

Trump atravesaba el tramo más complejo y solitario de su vida política, y López Obrador no lo abandonó. AMLO fue en ese momento leal con Trump. Si en las relaciones sentimentales amor con amor se paga, en la política, en todos los niveles, lealtad con lealtad se paga.

En 2020, López Obrador no actuó con lealtad hacia el Trump todopoderoso de 2026, sino hacia un Trump acorralado.

Bolsonaro, Putin y AMLO felicitaron a Biden 42 días después de la elección del 3 de noviembre de 2020. Xi Jinping, de China, lo hizo dos semanas antes que los presidentes de Brasil, Rusia y México.

Trump ha correspondido ya a aquella lealtad de Bolsonaro y Putin. Al brasileño lo ha defendido decididamente de acusaciones penales en su contra lanzadas por el gobierno de Lula. Y con el ruso, Donald Trump mantiene una relación no solo cordial, sino inclusive de cierto respaldo en los grandes conflictos globales.

¿Y con AMLO? Antes de responder digamos que no es por lealtad a López Obrador que Trump ha construido una relación, en general muy buena, con la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum. Este es mérito de la mandataria, no de su antecesor.

Pienso que Donald Trump no había tenido ocasión de corresponder al gesto de lealtad que recibió en 2020 de parte de Andrés Manuel López Obrador. Subrayé no había tenido ocasión porque esta ya llegó con el asunto de la revocación de la visa del hijo de AMLO.

Me dirán que no tiene Trump por qué ser leal con AMLO. Se equivocarán quienes eso piensen. Para un político tan poderoso resulta fundamental corresponder a la lealtad recibida, sobre todo si se le apoyó en momentos complejos.

El poderoso protege y recompensa a quienes estuvieron con él cuando hacerlo tenía un costo. Y AMLO fue uno de los tres líderes mundiales que más esperaron para reconocer en 2020 el triunfo de Biden.

Aquella lealtad de AMLO fue una lealtad en los tiempos duros. Muy diferente a la lealtad actual que disfruta Trump por parte del argentino Milei, el salvadoreño Bukele y el colombiano De la Espriella, quienes están con el Trump poderoso de 2026 pero que casi seguramente se habrían sumado en 2020 a la cargada de líderes que apoyaron a Biden.

Para un hombre tan influyente como Trump, corresponder a la lealtad recibida en tiempos difíciles no es un asunto de afectos o de ética: es una cuestión de supervivencia. Debe enviar el mensaje a su equipo de que la lealtad se premia, para así tratar de incrementar el número de quienes lo acompañarán cuando llegue la hora de dejar el poder —siempre llega— y los enemigos ataquen con toda su fuerza.

La ciencia política y la antropología explican ese fenómeno.

Nicolás Maquiavelo afirmaba que son frágiles las alianzas en tiempos de gran poder, ya que estas se acaban en cuanto el poder va a la baja. Al premiar —o al menos reconocer— abiertamente a quienes se mantuvieron firmes durante la adversidad, el gobernante envía una señal pedagógica a su equipo: se excluye a quien traiciona, pero la fidelidad merece protección y ascenso.

Max Weber explicaba que el poder se sostiene mediante redes de patronazgo. Existen contratos implícitos mediante los cuales el líder otorga recursos y salvoconductos a cambio de lealtad. Si en la victoria el líder traicionara a sus aliados más fieles en los tiempos duros, rompería la estructura de apoyos compartidos que une al grupo.

Según la teoría del selectorado, todo gobernante depende de una coalición de leales. Un líder necesita un grupo de personas que crean que permanecer leales a él les conviene. Para conservar esa lealtad, el poderoso debe demostrar que quienes lo apoyan en los momentos difíciles serán recompensados o protegidos.

El antropólogo George M. Foster, que estudió durante años a las comunidades michoacanas, encontró el contrato diádico: relaciones personales de protección y apoyo que generan obligaciones mutuas.

De acuerdo con Foster, la lealtad crea obligaciones que no desaparecen simplemente porque cambien las circunstancias. El contrato diádico entre AMLO y Trump se celebró en 2020. Fue un pacto implícito de reciprocidad que no firmaron dos Estados, sino que sellaron dos gobernantes cuando uno sufría la adversidad y el otro no lo abandonó.

AMLO no buscó una recompensa inmediata cuando apoyó a Trump en sus horas más complicadas, pero ello generó, por así decirlo, un crédito de protección futura.

El contrato diádico equivaldría a un código de honor en política, a un pacto de caballeros en los negocios o una deuda de lealtad en las relaciones humanas de cualquier tipo.

Por cierto, el contrato diádico lo desarrolló George M. Foster en su obra Tzintzuntzan: Los campesinos mexicanos en un mundo en cambio (1967).

Foster describió cómo, en una comunidad de Michoacán, donde no existían grandes organizaciones formales, la estructura social se sostenía mediante pactos recíprocos e informales entre personas, lo que no necesariamente involucraba a la comunidad en su conjunto.

Claudia Sheinbaum, hace más de cuatro décadas, cuando era estudiante de física, trabajó en comunidades de Michoacán. Seguramente la presidenta ha leído a Foster. Me atrevo a sugerirle usar el contrato diádico como referencia teórica para encuadrar lo que está pasando con la visa cancelada al hijo de AMLO y la razón de fondo de la carta enviada por Andrés junior a Trump; carta que, la verdad sea dicha, contiene todo el estilo de hacer política de Andrés senior.

Si Foster, Maquiavelo, Weber y la teoría del selectorado tienen razón, no fue un gesto menor el de AMLO en 2020 al negarse a reconocer a Biden. Aquella conducta creó una deuda política que Trump pagará —quizá ya debe pagarla— porque con ello enviará un mensaje a su equipo.

Christopher Landau entra en la historia

La narrativa oficial de EEUU es clarísima: “Si quieres entrar a nuestro país como visitante, pero has realizado actividades contra los intereses de Estados Unidos, te quitaremos la visa”. El secretario de Estado, Marco Rubio, así lo ha dicho.

El hijo de AMLO respondió a la revocación de su visa con la carta a Trump que ha enloquecido a la comentocracia mexicana. En este tenso escenario agitó el avispero el señor Christopher Landau, colaborador de Rubio ahora mismo, pero que encabezaba la embajada estadounidense en México cuando se dio el gesto de lealtad de AMLO a Trump.

Landau reaccionó inicialmente con bromas en redes sociales ante la carta de López Beltrán. Sin embargo, en cuestión de horas, el tono del exembajador dio un giro hacia la moderación.

¿Pidieron a Landau, de parte de Trump —o el propio Trump—, el cambio de tono? ¿O el propio Landau recordó de pronto algo que parecía haber olvidado: aquella lealtad de AMLO a Trump? ¿O simplemente pasó de la ironía a la conciliación por razones diplomáticas?

Sea lo que fuere, no tengo la menor duda de que, con la ruidosa carta de López Beltrán, Trump recordó que tiene una deuda de lealtad con AMLO.

Hombre de poder que ha sido al mismo tiempo un exitoso empresario, Trump sabe que las deudas se pagan, más las políticas que las económicas.