Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano marcó profundamente a mi generación.

En aquellos años del régimen de la Renovación Moral de Miguel de la Madrid, México atravesaba una crisis terrible. El gobierno había sido incapaz de responder a la tragedia del terremoto de 1985. La inflación alcanzaba niveles históricos, el desempleo rompía récords y las elevadísimas tasas de interés provocaban una crisis económica sin precedentes, que golpeaba duramente a las familias. El descontento crecía.

En 1986, acababa de ingresar a la Universidad Iberoamericana. Yo era priísta, como muchas de mis compañeras y compañeros. Habíamos crecido creyendo en el régimen y en sus instituciones. Mi padre siempre había sido priísta, al igual que su hermano, el poeta Jaime Sabines. Cuauhtémoc Cárdenas también pertenecía al PRI, como muchos políticos de aquella época que, con el paso de los años, unos antes y otros más tarde, terminamos enfrentándonos al partido.

En ese ambiente surgió la Corriente Democrática del PRI, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo.

En octubre de 1986, ambos llegaron a la Iberoamericana. La sala estaba abarrotada. Muchos éramos priístas y, sin embargo, nos entusiasmaba aquel movimiento que proponía democratizar al partido desde adentro. Conectaron muy bien con los jóvenes.

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A mi generación, creyente en la democracia y testigo de la caída de los regímenes totalitarios, nos entusiasmaba la Tercera Ola de la Democracia y la posibilidad de que la transición democrática en México surgiera desde dentro del propio régimen. Unos años después, en 1989, seríamos testigos de la caída del Muro de Berlín, símbolo del derrumbe de los regímenes comunistas de Europa del Este.

La Corriente Democrática del PRI proponía, en síntesis, acabar con el dedazo y que fueran las bases y la sociedad quienes eligieran a los candidatos del PRI, partido que contaba con mayorías absolutas a nivel federal y estatal.

Miguel de la Madrid cometió entonces uno de los errores políticos más graves en la historia del PRI. En lugar de escuchar a quienes pedían democracia dentro del partido, decidió cerrarles las puertas. Los integrantes de la Corriente Democrática fueron expulsados del partido en el poder, al que sus dirigentes habían dedicado buena parte de su vida.

Aquella decisión presidencial fue una muestra de soberbia. El régimen creyó que podía deshacerse de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez sacándolos del PRI, sin comprender que la creciente inconformidad nacional se identificaría con quienes alzaran la voz y tuvieran la dimensión histórica de retar al poder.

La oposición al régimen no vendría solamente de fuera, sino del mismo PRI. A lo largo de los años, políticos nacidos en sus propias entrañas terminarían enfrentándolo y derrotándolo.

El régimen confundió la disciplina partidista con la obediencia absoluta.

Las elecciones de 1988 coincidían con el 50 aniversario de la expropiación petrolera. Y qué mejor que ver al hijo del general Cárdenas en la boleta presidencial, con o sin el PRI.

Al conocerse la expulsión de los precursores de la democracia, el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), que siempre había sido una rémora del PRI, postuló al ingeniero Cárdenas a la Presidencia. Después se sumó el Partido Popular Socialista (PPS), mientras que Aguilar Talamantes cambió el nombre de su partido por el de Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (PFCRN).

El nacionalismo revolucionario, que había encontrado durante décadas su expresión política en el PRI, comenzó a caminar junto a una izquierda que también estaba viviendo su propio proceso de unidad.

El Partido Mexicano Socialista (PMS) había postulado al ingeniero Heberto Castillo, otro hombre íntegro a quien tuve el privilegio de entrevistar para la revista Juicio Universitario, en su casa de la calle de Lluvia, en el Pedregal.

Conversamos sobre sus años de prisión, sus luchas y sus convicciones. Heberto era un hombre de una enorme dignidad. Su decisión de declinar en favor de Cuauhtémoc Cárdenas terminó de darle al movimiento una fuerza extraordinaria.

Por primera vez, amplios sectores del priísmo nacionalista, la izquierda y miles de jóvenes coincidían alrededor de una misma candidatura.

Al mismo tiempo, Manuel J. Clouthier, Maquío, despertaba entusiasmo desde el PAN. Su candidatura tenía una fuerza y una personalidad que habían renovado la presencia electoral del panismo.

El PRI dejó de ser la única opción real de poder.

En las conversaciones de café y en las aulas, Cárdenas y Maquío despertaban mucho mayor entusiasmo que el candidato del PRI, Carlos Salinas de Gortari, un hombre preparado y brillante, pero cuya candidatura representaba la continuidad de un régimen profundamente desgastado.

La elección de 1988 cambió para siempre la historia política de México.

La caída del sistema, los cuestionamientos sobre los resultados y la enorme movilización ciudadana dejaron una herida en nuestra democracia. Millones de mexicanos encontraron en Cuauhtémoc Cárdenas una esperanza de cambio.

El ingeniero pudo haber elegido la confrontación. Su movimiento tomó el camino de la organización política y de la resistencia civil pacífica.

De aquella lucha nació el PRD y se abrió una etapa que años después haría posible la alternancia en la Presidencia de la República.

Cuauhtémoc Cárdenas fue el gran promotor de la transición democrática de México.

Su lucha abrió caminos que otros recorreríamos después. Sin el movimiento de 1988 y la organización política que nació de él, difícilmente puede entenderse la historia de la izquierda moderna mexicana, el surgimiento del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador y el proceso que décadas más tarde daría origen a la Cuarta Transformación.

Años después tuve el honor de ser candidato a gobernador de Chiapas por el PRD, el partido que había fundado el ingeniero Cárdenas. Había conocido su movimiento siendo un joven universitario y llegué a gobernar Chiapas postulado por el partido que nació de aquella lucha democrática.

Con el paso de los años tuve oportunidad de acompañarlo en algunas actividades políticas, entre ellas, giras relacionadas con la campaña de Porfirio Muñoz Ledo en Guanajuato. Siempre me impresionaron su serenidad, su congruencia y su profundo conocimiento del país.

Hay una faceta del ingeniero Cárdenas que quizá muchos mexicanos desconocen.

Su enorme pasión por la ganadería.

Era un conocedor y entusiasta del ganado de registro, particularmente de las razas cebuinas, entre ellas el Gyr. Le interesaban la genética, la calidad de los ejemplares y el mejoramiento de las razas.

Esa afición lo llevó varias veces a Chiapas.

Conservo una fotografía muy especial. En ella aparece mi padre, Juan Sabines Gutiérrez, entonces gobernador de Chiapas, recibiendo al ingeniero Cárdenas, que gobernaba Michoacán, durante una visita a la feria ganadera de Tuxtla Gutiérrez. Los acompaña Juan Carlos Coutiño, vinculado estrechamente a la actividad ganadera de nuestro estado.

Dos gobernadores que compartían el interés por el campo, la producción y la ganadería.

Veintiocho años después tuve el honor de recibir personalmente al ingeniero Cárdenas en la exposición ganadera de Palenque, cuando yo era gobernador de Chiapas.

Había llegado para participar en aquella fiesta ganadera y mostrar la extraordinaria calidad de sus ejemplares cebuinos.

Le entregué entonces una fotografía de aquella visita a Tuxtla, en la que aparecía junto a mi padre. En nuestro encuentro también estuvo Juan Carlos Coutiño.

El ingeniero recordaba perfectamente a mi padre. Conocía Chiapas, su historia, sus problemas y el movimiento zapatista. Conversamos largamente sobre política, ganadería y los cambios que había vivido México.

Aquel hombre que había crecido en Los Pinos, durante la Presidencia de su padre, el general Lázaro Cárdenas del Río, conservaba una sencillez admirable. Había sido gobernador, candidato presidencial y primer jefe de Gobierno del Distrito Federal electo por voto popular. Sin embargo, podía conversar durante horas sobre ganado, genética y exposiciones ganaderas con el mismo entusiasmo con el que hablaba de la democracia mexicana.

En Palenque conocí nuevamente al hombre detrás del personaje histórico.

El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas nunca necesitó levantar la voz para hacerse escuchar. Su autoridad provenía de sus convicciones y de una vida pública en la que mantuvo su independencia, incluso frente a quienes habían sido sus compañeros de lucha.

México le debe mucho.

A mi generación nos enseñó que era posible disentir del poder, incluso del partido al que pertenecíamos, sin renunciar a nuestros principios ni a nuestro amor por México.