Carta abierta a la presidenta Sheinbaum (con copia al secretario Kershenobich y al subsecretario Clark):
Jugueteaba con la inteligencia artificial acerca de temas de salud que me importan demasiado. ¿Jugueteaba, es decir, no eran consultas serias? Mucho muy serias, por supuesto: nada merece ser tratado con mayor seriedad que la enfermedad crónica y extremadamente dolorosa. Y no soy yo el que sufre: es lo peor del caso.
Jugueteaba, sí, lo digo de esa manera porque no soy experto en el tema, pero lo hacía con la seriedad del niño que juega. Recuperar esa seriedad infantil en la edad adulta, decía Nietzsche, es la madurez.
Antes de volver a la ketamina, una reflexión sobre el valor de las matemáticas en la toma de decisiones en la cúpula del Estado.
La mathiness de Claude
Mientras buscaba opciones para conseguir ketamina —además de información acerca de sus riesgos en ciertos casos graves para la salud humana—, tuve la ocurrencia de preguntar a Claude por qué no castellaniza su marca en México. Pregunta boba, sin duda.
Esa IA me respondió con una broma política:
“No castellanizo mi marca por la misma razón por la que nadie dice ‘Alejandra´ en vez de Alexa ni ‘Gúgol’ en vez de Google: las marcas no se traducen. Anthropic me puso Claude en todos los idiomas; se suele decir que el nombre es un homenaje a Claude Shannon, el matemático que fundó la teoría de la información. Y si me castellanizaran, habría un problema: Claude en francés sirve para hombre y para mujer, así que en español podría ser Claudio o Claudia. Yo no soy ni lo uno ni lo otro, de modo que cualquiera de los dos funciona. Aunque Claudia en México ya está ocupado: hay una con bastante trabajo en Palacio Nacional".
Después de eso, la IA me habló de una característica que comparten la Claudia de Palacio Nacional y el Claude que inspiró su marca.
La Claudia de Palacio aprendió bastante acerca de las matemáticas, ya que estudió física en la UNAM y luego hizo la maestría y el doctorado en ingeniería energética:
“Así que entre Sheinbaum y Shannon, el nombre trae buena carga matemática. Claude Shannon calculó cuánta información cabe en un mensaje; a Claudia Sheinbaum le toca algo más difícil: que el mensaje llegue”.
No es Sheinbaum la primera gobernante de México con conocimientos matemáticos. Al menos dos tecnócratas algo de eso sabían: Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, con posgrados en Harvard y Yale, respectivamente.
Pero hay una diferencia notable entre la presidenta Sheinbaum y sus antecesores tecnócratas de la economía.
Claudia no fue educada para hacer de las matemáticas, aplicadas a la economía y en general a la sociedad, un sustituto de la democracia.
Ella fue formada para utilizar las matemáticas en lo que sí sirven: el conocimiento científico, lo que la libera de dogmas a la hora de tomar decisiones en Palacio Nacional.
En cambio, Salinas y Zedillo fueron programados para que sus modelos matemáticos aplicados a la economía se impusieran a cualquier exigencia democrática; esto es, para presentar decisiones políticas adornadas con números y ecuaciones como si fueran consecuencias inevitables de un modelo técnico infalible, para así sacarlas de la discusión democrática.
Sobran ejemplos de teóricos con sólida formación matemática que analizaron la economía y despreciaron la tentación de subordinarla a las ecuaciones y a los modelos técnicos: entre otros, Alfred Marshall, matemático de formación; Wassily Leontief, extraordinario innovador en la aplicación del álgebra matricial a la economía; y John Maynard Keynes, quien desarrolló una teoría sistemática de los fundamentos lógicos de la probabilidad.
Leontief hasta llegó a utilizar su profundo conocimiento de los métodos cuantitativos para criticar a quienes los empleaban con un dogmatismo incapaz de explicar la inmensamente compleja realidad social.
Paul Romer, licenciado en matemáticas y Nobel de Economía, harto de ciertos usos dogmáticos de los modelos económicos —a la Salinas y Zedillo—, acuñó la expresión mathiness: utilizar matemáticas para dar apariencia de rigor a argumentos cuyas conclusiones no están realmente justificadas por las ecuaciones.
La crítica de Romer sirve para cuestionar la pretensión tecnocrática de presentar decisiones ideológicas como si fueran verdades matemáticas indiscutibles.
Afortunadamente, Sheinbaum, quien no fue formada en el abuso de las matemáticas para imponer proyectos políticos, sean o no democráticos, no las usa con dogmatismo, sino con racionalidad. Aprovecha lo mejor que deja la educación matemática: el rigor lógico para analizar los problemas del Estado y buscar soluciones.
Aquellos tecnócratas, Salinas y Zedillo, negaban las necesidades del pueblo basados en una técnica que les enseñaron —y que coincidía con los intereses de las clases empresariales—; técnica devenida fanatismo de la que jamás se liberaron.
La ketamina
En Claude he buscado información sobre un medicamento legal, pero agotado en México, cuyo registro sanitario está asociado a PiSA, la misma empresa señalada por el gobierno en 2020 a propósito del desabasto de metotrexato para niños con cáncer.
¡Qué extraño resulta que esa empresa vuelva a aparecer cuando se habla de desabasto de medicamentos! El Estado debería auditarla con mucho mayor rigor, porque sus productos afectan de manera extraordinaria la vida de las personas, tanto para bien, cuando los vende y gana dinero —con autorización del gobierno, por cierto—, como para mal, cuando escasean por su propia impericia operativa.
La ketamina es un medicamento con aplicaciones en el tratamiento del dolor y en otras situaciones clínicas. Me urge encontrarla en nuestro país o importarla legalmente.
Pero no hay en México y su importación es complicadísima. No debería serlo.
¿Sería mucho pedir, presidenta Sheinbaum, secretario Kershenobich, subsecretario Clark, facilidades para simplificar los trámites que permitan sustituir la falta de suministro de una empresa que estoy pensando actúa mafiosamente para extorsionar al Estado, como PiSA? Mucha gente lo agradecería, no solo mi familia.
El argumento que me han dado para explicar las complejidades de su compra en el extranjero es que la gente puede drogarse con la ketamina. Mal argumento, como lo demuestro enseguida.
En nuestro mercado sí existe un producto llamado esketamina, que no es simplemente parecido: es uno de los dos enantiómeros —formas especulares— de la molécula de ketamina y que, utilizado indebidamente, puede provocar efectos tóxicos.
Para colmo, hay ketamina de uso veterinario en México, particularmente para caballos, que puede ser adquirida por profesionales autorizados bajo requisitos distintos —y mucho menos exigentes— a los aplicables a los opioides de uso humano.
Si el propósito de restringir la importación de ketamina para la gente es evitar su utilización como droga recreativa, habría que explicar por qué son más laxos los controles de las presentaciones veterinarias.
Sé de casos en los que caballerangos han vendido a drogadictos ketamina en lienzos charros. Absurdo, ¿no?
Por cierto, y seguramente lo sabe un médico tan competente como el doctor Kershenobich, en México, clandestinamente, se ha llegado a usar ketamina veterinaria en humanos en casos extremos. ¿Tiene sentido que eso ocurra solo porque PiSA es una empresa sin ética?
La contradicción es absurda. Un medicamento necesario para determinados pacientes resulta inaccesible en hospitales y farmacias, mientras que su desvío desde el mercado veterinario es la opción para algunos enfermos. ¿Puede haber algo más ridículo?
¿Por qué, solo por necesidades comerciales de una empresa, hay ketamina veterinaria, mientras pacientes humanos enfrentan dificultades para obtener un medicamento con el mismo principio activo?



