“La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad”.
Francis Bacon
“El agua y el aire, los dos fluidos esenciales de los que depende toda vida, se han convertido en basureros globales”.
Jacques-Yves Cousteau
Las “gotitas” de petróleo y chapopote —esas que según el gobierno de la transformación prácticamente requieren microscopio para distinguirse— se ven desde satélites. Más de 300 km² de evidencia flotando en el Golfo de México. Una alfombra negra lo suficientemente grande como para alarmar… pero no lo suficiente como para incomodar la narrativa oficial.
Porque aquí el problema nunca es el derrame. Es el relato. Mientras organizaciones ambientales, pescadores y prensa internacional documentan el ecocidio, el gobierno administra la negación: primero lo minimiza, luego lo diluye, finalmente lo reparte entre culpables imaginarios. Que si las chapopoteras naturales, que si un buque fantasma en Coatzacoalcos. La realidad, en cambio, apunta a algo mucho menos exótico y mucho más incómodo: infraestructura petrolera, abandono, negligencia.
Se sabe —aunque oficialmente “no se sepa”— que el derrame habría iniciado en febrero, en la zona de Cantarell, por una fuga en ductos submarinos. Detectado desde el día 12 de ese mes. La versión oficial cuatroteísta llegó tarde… y, como es costumbre, recortada. Como todo en esta administración: la verdad también sufre austeridad. El daño, en cambio, no.
Manglares —uno de los ecosistemas más frágiles y estratégicos del planeta— cubiertos de chapopote. Fauna marina muriendo. Zonas de pesca inutilizadas. Playas contaminadas en plena antesala de Semana Santa. La economía local, que depende del mar, literalmente ahogada en petróleo. Y sin embargo, silencio de parte del gobierno de Claudia Sheinbaum.
Ni alertas tempranas ni protocolos visibles ni apoyo inmediato a comunidades. Nada. Ni siquiera el gesto mínimo de avisar. Porque en la lógica de la 4T, informar también es un riesgo: la transparencia dejó de ser un valor para convertirse en una amenaza.
No es casualidad. Vean esto: los sistemas modernos de transparencia nacieron precisamente de tragedias ambientales. De desastres que obligaron a los Estados a rendir cuentas y a establecer una regla básica de civilización: el que contamina, paga. Dos pilares: rendición de cuentas y responsabilidad.
Hoy en México no hay ni una ni otra. Aquí, en cambio, la innovación institucional consiste en declarar la información como “de seguridad nacional”. Es decir: no solo hay desastre, también hay secreto. No solo hay daño, también hay opacidad. Una doble capa de impunidad, como el petróleo sobre el agua.
Y entonces cobra sentido el sarcasmo inevitable: ¡Qué suerte que la presidenta Claudia Sheinbaum es ambientalista! Que si no, ya habríamos perdido hasta los peces… y la vergüenza.
Porque el problema ya no es únicamente ecológico. Es notablemente estructural. Es la normalización de que el poder no responde, no informa, no repara. Que puede mirar un desastre de frente… y optar por discutir su tamaño en lugar de contenerlo.
Ni la secretaria de Medio Ambiente ni el director de Petróleos Mexicanos han dado explicaciones claras. No hay responsables visibles. No hay consecuencias políticas. No hay renuncias. En cambio, sí hay excusas. Muchas excusas. Algunas de ellas creativas. Casi literarias.
Y en paralelo, un mensaje nítido para inversionistas y ciudadanos: aquí los desastres no los paga nadie. Aquí la negligencia no cuesta. Aquí el riesgo es colectivo, pero la impunidad es individual. Curioso incentivo.
Porque si contaminar no tiene costo, entonces deja de ser accidente y se convierte en modelo de negocio.
Llama la atención, además, la omisión selectiva: en ningún momento se explora la posibilidad de robo de hidrocarburos, de fallas sistémicas, de corrupción operativa. El pasado siempre es culpable. La naturaleza también. Los responsables actuales, nunca.
Es oficial: el gobierno de Claudia Sheinbaum no solo evade responsabilidades. Las evapora.
Giro de la Perinola
Diputados del PAN presentaron una denuncia penal ante la FGR por la negligencia y omisión de Pemex. En teoría, es la oportunidad perfecta para probar que la Fiscalía es autónoma. En teoría…
En la práctica será otra mancha más sobre una institución que lleva años especializándose en no incomodar al poder.
Si algo ha demostrado este derrame no es solo la fragilidad ambiental del país, sino la solidez de su sistema de impunidad. Ese sí funciona. Ese sí es eficiente. Ese sí cubre todo: costas, instituciones… y conciencias.
Algún día, como el petróleo, la verdad también saldrá a flote. El problema es que, para entonces, ya no habrá mucho que limpiar, me temo.






