Los problemas que ha enfrentado la presidencia Claudia Sheinbaum no han sido, en lo fundamental, de política pública. Hay un consenso razonable —incluso entre observadores críticos— de que la presidenta gobierna bien: disciplina fiscal, continuidad en los programas sociales, manejo ordenado de la relación con Estados Unidos y una conducción clara en materia de seguridad. Los problemas reales son políticos. Son de control territorial, de disciplina interna, de capacidad de respuesta rápida ante provocaciones externas y de coordinación efectiva entre el gobierno federal y los poderes de la unión.

Imaginen un día cualquiera de la presidenta. Despierta, revisa redes sociales y se entera de que Gerardo Fernández Noroña volvió a viajar en primera clase. Antes de entrar al gabinete de seguridad le informan que Ricardo Monreal está de vacaciones en Portugal. En la primera reunión del día le reportan que Estados Unidos acaba de cancelar la visa a otro par de alcaldes fronterizos. Durante la mañanera le preguntan qué opina de que Adán Augusto López vea un partido de futbol mientras está en sesión el Senado. Por la tarde se reúne con Mario Delgado y le dicen que las negociaciones con la CNTE siguen estancadas.

Ninguno de esos asuntos se resuelve con un programa social bien diseñado ni con una buena estadística de homicidios. Son asuntos de control político. Y el instrumento constitucionalmente diseñado para ejercerlo se llama Secretaría de Gobernación.

Rosa Icela Rodríguez ha hecho un trabajo serio y profesional. Ha sido una secretaria de política pública: ordenada, leal, con experiencia en seguridad. Eso está bien. Pero no ha ejercido el cargo como lo que históricamente ha sido SEGOB: el centro de gravedad político del gobierno federal, el lugar donde se negocia, se disciplina, se contiene y, cuando es necesario, se confronta. La presidenta requiere un recambio. No por incapacidad de Rosa Icela, sino porque el perfil que hoy exige el cargo es otro.

Un secretario o secretaria de Gobernación en este momento necesita ser, ante todo, un político profesional. No basta con ser técnico ni con haber pasado por un gabinete. Se requiere alguien que conozca el terreno, que tenga capacidad real de negociación y que pueda hablar de tú a tú con gobernadores, líderes sindicales, legisladores y actores externos. Se necesita experiencia probada como exgobernador —no solo como funcionario federal— y, preferentemente, haber pisado antes SEGOB. Y, sobre todo, se necesita trayectoria larga y lealtad comprobada dentro del movimiento de la Cuarta Transformación. Alguien que no haya zigzagueado, que esté en el proyecto desde antes de 2018 y preferiblemente desde 2012.

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Hay varios nombres que cumplen parte de estos requisitos: Marcelo Ebrard, Alfonso Durazo, Martí Batres o Leonel Cota. Pocos los reúnen todos al mismo tiempo.

Por eso el argumento que aquí se sostiene es directo: el hombre que la República necesita en este momento en Gobernación es Don Manuel Bartlett.

Un solo hilo ha recorrido toda su trayectoria pública: el nacionalismo. Dio la batalla histórica por la soberanía energética cuando estuvo al frente de la CFE. Ya ocupó la Secretaría de Gobernación y conoce el oficio como pocos. El país entero lo conoce. Tiene experiencia como gobernador de Puebla, un estado complejo y políticamente denso. Y tiene la autoridad moral y política para poner orden en el Senado: Nacho Mier se formó políticamente a su lado y esa relación sigue viva.

Don Manuel es un político de temple. Alguien que no se asusta fácil, que sabe mandar y que entiende que la política no es solo gestión, sino también confrontación y disciplina cuando hace falta. Quizás eso —justamente eso— es lo que el país y el movimiento necesitan en este tramo de la transformación.

Sheinbaum gobierna bien. El problema no es ella. El problema es que el poder político del Estado mexicano necesita un operador de alto nivel en el lugar donde históricamente se ha decidido si el gobierno controla o es controlado. Ese lugar se llama Secretaría de Gobernación. Y el perfil que hoy se requiere tiene nombre y apellido: Manuel Bartlett.

Don Manuel es un cabrón. Nadie lo pone en duda. Y quizás eso es lo que necesita el país. Un cabrón.

La República no puede darse el lujo de seguir improvisando en el frente político mientras la presidenta hace bien su trabajo en el frente de gobierno. Es hora de completar el equipo.