México tiene razones históricas de sobra para desconfiar de la intervención extranjera. Lo que no puede hacer es convertir esa memoria en una licencia para llamar “injerencia” a cualquier crítica que incomode al poder. Una cosa es financiar clandestinamente una campaña, manipular una elección desde otro gobierno o utilizar operaciones encubiertas para favorecer candidatos. Otra muy distinta es que un medio extranjero investigue, que una organización internacional cuestione o que un mandatario de otro país opine. Si todo se mete en el mismo costal, la defensa de la soberanía puede terminar convertida en herramienta para proteger al gobierno de la crítica.

La nueva causal de nulidad electoral por intervención extranjera parte de una preocupación legítima. Donald Trump ha demostrado que no tiene demasiados reparos en utilizar aranceles, visas, declaraciones, amenazas económicas y presión diplomática para influir sobre decisiones internas de otros países. México debe blindarse frente a cualquier intento real de alterar sus procesos electorales. Pero precisamente porque el riesgo existe, la definición jurídica tiene que ser extraordinariamente precisa. Una norma ambigua puede ser utilizada mañana por cualquier partido para intentar invalidar una elección simplemente porque alguien desde el extranjero expresó respaldo, rechazo o publicó información incómoda.

La soberanía no se protege exagerando conceptos. Se protege delimitándolos. Injerencia es dinero clandestino, operaciones de inteligencia, propaganda encubierta financiada desde otro Estado, manipulación digital coordinada, amenazas destinadas a modificar el comportamiento electoral o cualquier intervención material orientada a alterar la voluntad ciudadana. Criticar no es intervenir. Investigar no es intervenir. Opinar no es intervenir. Publicar información tampoco lo es, aun cuando esa información perjudique electoralmente a alguien.

La distinción resulta esencial porque los gobiernos suelen sentirse tentados a confundir cuestionamiento con conspiración. Es más cómodo acusar a intereses extranjeros que responder una crítica. Más fácil denunciar una ofensiva internacional que explicar una investigación periodística. Más rentable políticamente hablar de enemigos externos que admitir errores internos. México conoce bien esa retórica y debería evitar convertirla en norma constitucional.

También hay que decir lo contrario. Las potencias extranjeras no tienen derecho a decidir quién debe gobernar México. Washington no puede utilizar su peso económico para premiar candidatos, castigar gobiernos o condicionar preferencias electorales. Tampoco China, Rusia, Cuba, Venezuela ni ningún otro país. La democracia mexicana pertenece exclusivamente a los mexicanos. Esa frontera debe defenderse con toda firmeza.

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Pero defenderla no significa levantar un muro contra el mundo. México forma parte de una comunidad internacional, firma tratados, recibe observadores, comercia con decenas de países y está expuesto permanentemente al escrutinio exterior. Una democracia madura no teme a las opiniones extranjeras. Teme a las operaciones clandestinas.

Ahí está la diferencia.

La reforma sólo será una herramienta democrática si exige pruebas claras, conductas identificables y una relación directa entre la intervención extranjera y la alteración de la elección. Si basta con interpretaciones políticas, publicaciones incómodas o declaraciones desafortunadas, entonces la causal puede convertirse en arma de litigio partidista y en pretexto para desconocer resultados.

Sería una ironía peligrosa: proteger las elecciones mediante una norma capaz de debilitarlas.

México debe cerrar completamente la puerta al dinero extranjero clandestino, a las operaciones encubiertas y a cualquier gobierno que pretenda decidir nuestras elecciones. Pero debe mantener abiertas las ventanas por donde entran la información, la crítica y el escrutinio.

Una democracia débil llama injerencia a todo lo que la incomoda.

Una democracia fuerte sabe exactamente dónde termina la opinión y dónde comienza la intervención.

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