México creció más de lo esperado y eso debe reconocerse. Después de un primer trimestre en retroceso, la economía avanzó 1.5% entre abril y junio, su mayor crecimiento trimestral desde finales de 2020. El dato desmonta, por lo menos hasta ahora, los pronósticos más sombríos de quienes anticipaban una economía prácticamente paralizada por la incertidumbre comercial, las amenazas de Donald Trump y la debilidad de la inversión. Pero tampoco sería responsable convertir un buen trimestre en una fiesta anticipada. México resistió mejor de lo previsto; todavía no despega.

La diferencia importa porque durante demasiados años nos hemos acostumbrado a celebrar que la economía no caiga en vez de exigir que crezca. Después de haber avanzado apenas alrededor de medio punto porcentual durante 2025, México necesita mucho más que evitar una recesión técnica. El consenso de analistas sigue proyectando para 2026 un crecimiento cercano a 1.1%, mientras el Fondo Monetario Internacional calcula alrededor de 1.2%. Hacienda es bastante más optimista y mantiene un rango de entre 1.8 y 2.8%. Que exista semejante diferencia entre las expectativas oficiales y las del mercado debería invitarnos no al pesimismo, sino a la prudencia. (Reuters⁠)

Claudia Sheinbaum tiene derecho a reivindicar que la economía mexicana ha demostrado capacidad de resistencia. No ocurrió el desplome que algunos vaticinaron, el país mantiene una poderosa estructura manufacturera, conserva su enorme integración con Estados Unidos y sigue contando con una posición geográfica privilegiada. Incluso la inflación general mostró durante julio una moderación importante, aunque el Banco de México mantiene cautela y decidió conservar su tasa de referencia en 6.5%, advirtiendo que el regreso permanente al objetivo inflacionario todavía tomará tiempo. Hay, pues, elementos favorables, pero ninguno permite declarar cumplida la tarea. (Reuters⁠)

El verdadero problema mexicano no es la falta absoluta de crecimiento. Es habernos habituado a crecer demasiado poco. Una economía que avanza uno o dos puntos porcentuales puede evitar una crisis y mantener estabilidad macroeconómica, pero difícilmente genera a la velocidad necesaria empleos formales bien remunerados, infraestructura suficiente, movilidad social y recursos fiscales para atender educación, salud, seguridad, agua, energía y pensiones. Un país de más de 130 millones de habitantes no puede considerar satisfactorio simplemente mantenerse a flote.

México tiene condiciones que muchas naciones desearían. Comparte más de tres mil kilómetros de frontera con la economía más grande del mundo, posee una red de tratados comerciales extraordinaria, cuenta con una base manufacturera integrada a Norteamérica, tiene población joven en amplias regiones, recursos naturales, industria automotriz, aeroespacial, electrónica, agroalimentaria y una posición excepcional para recibir inversiones que busquen acercar las cadenas de suministro al mercado estadounidense. Si con todos esos activos seguimos debatiendo si creceremos uno o uno y medio por ciento, la pregunta ya no debe ser únicamente cuánto crece México, sino por qué no crece más.

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El nearshoring fue presentado durante años casi como una fuerza inevitable de la naturaleza. Bastaba, según aquella narrativa, con que las empresas quisieran salir parcialmente de China para que fábricas, empleos y capitales aterrizaran automáticamente en México. No funciona así. La geografía ofrece una oportunidad, pero no reemplaza una política económica. Las inversiones llegan donde existen energía, agua, carreteras, puertos, ferrocarriles, seguridad, certeza jurídica, trabajadores capacitados y reglas suficientemente estables para permitir planes de diez, veinte o treinta años.

Ésa debería ser una de las grandes prioridades del gobierno de Sheinbaum. México no necesita escoger entre Estado e iniciativa privada; necesita que ambos funcionen. El gobierno debe crear infraestructura, garantizar seguridad, ofrecer reglas claras y formar capital humano. Las empresas deben invertir, innovar, generar empleo y competir. Convertir cualquier discusión económica en batalla ideológica sólo desperdicia tiempo que otros países utilizan para conquistar inversiones.

Existe además un asunto que definirá buena parte del futuro inmediato: el T-MEC. México ha defendido correctamente su extensión por otros 16 años. Sheinbaum formalizó esa posición y Marcelo Ebrard ha insistido en que preservar el acuerdo es indispensable para mantener certidumbre en América del Norte. Estados Unidos decidió por ahora no otorgar esa extensión, lo que mantiene el tratado vigente pero abre la etapa de revisiones anuales prevista en sus reglas mientras no exista acuerdo de los tres socios. Esa incertidumbre no significa que el T-MEC vaya a desaparecer, pero sí obliga a México a negociar con extraordinaria eficacia. (Reuters⁠)

Trump ha demostrado que considera los aranceles y las amenazas comerciales herramientas ordinarias de negociación. México no puede modificar ese estilo, pero sí puede reducir su capacidad de daño. La mejor defensa frente a Washington no es una colección de discursos nacionalistas, sino una economía tan integrada, eficiente y competitiva que perjudicarla resulte igualmente costoso para Estados Unidos. Ésa ha sido, de hecho, una de las principales fortalezas mexicanas en las negociaciones recientes.

Defender el T-MEC es fundamental, pero tampoco basta. Un tratado comercial abre puertas; no obliga a nadie a cruzarlas. Si una empresa encuentra dificultades para acceder a electricidad suficiente, enfrenta inseguridad en carreteras, no encuentra trabajadores especializados, espera meses por permisos o teme que las reglas cambien después de haber invertido, la existencia del tratado deja de ser suficiente. El capital compara destinos y termina llegando al lugar donde encuentra mejores condiciones.

Ahí aparece un asunto que México todavía subestima: la formación para el trabajo. Podemos atraer plantas sofisticadas, automatización, electromovilidad, semiconductores, inteligencia artificial, logística avanzada y manufactura de precisión, pero ninguna estrategia industrial sobrevivirá sin técnicos, operadores, supervisores y especialistas preparados para esas actividades. La capacitación y certificación laboral dejaron de ser políticas complementarias; hoy forman parte de la infraestructura económica de un país tanto como una carretera o una línea eléctrica.

No podemos presumir nearshoring y después descubrir que las empresas no encuentran soldadores certificados, técnicos de mantenimiento, operadores logísticos, especialistas en automatización o personal capacitado para nuevos procesos industriales. México necesita conectar mucho mejor los sistemas educativos y de formación para el trabajo con las necesidades reales de las empresas y de las regiones productivas. Preparar talento ya no es sólo política social: es política económica.

También necesitamos recuperar la inversión. Ninguna economía crece de manera sostenida únicamente mediante consumo y gasto público. El Estado puede estimular determinadas actividades, pero son las decisiones acumuladas de miles de empresas nacionales y extranjeras las que multiplican plantas, maquinaria, tecnología y empleos. Para que esas decisiones ocurran se requiere confianza, y la confianza económica no se decreta desde Palacio Nacional ni desde una conferencia de prensa; se construye mediante reglas previsibles.

Eso implica ofrecer certeza jurídica. No significa que el gobierno deba renunciar a regular o modificar políticas públicas, sino que los inversionistas deben saber bajo qué reglas operarán y confiar en que los contratos serán respetados y las controversias resueltas por instituciones imparciales. Una economía que pretende atraer inversiones de largo plazo necesita tribunales confiables, organismos técnicos competentes y autoridades capaces de distinguir regulación de discrecionalidad.

También está la energía. México puede prometer cientos de parques industriales, pero si no tiene electricidad suficiente y confiable, buena parte de esas promesas quedará en planos. El crecimiento industrial del norte, Bajío y occidente está generando una demanda enorme de energía, transmisión y agua. Ésas son inversiones que deben comenzar antes de que aparezca la fábrica, no después de que la empresa anuncie que se irá a otro sitio porque el suministro no alcanzaba.

El agua merece la misma seriedad. Buena parte de las regiones más dinámicas económicamente también enfrentan presión hídrica. Atraer industria sin planeación puede convertir un éxito económico en conflicto social. México necesita inversiones en tratamiento, reúso, infraestructura hidráulica y eficiencia, además de decisiones difíciles sobre actividades que consumen enormes cantidades de agua en zonas donde simplemente dejó de ser abundante.

Después está la seguridad. Ninguna política económica puede separarse de ella. Carreteras donde el transporte de mercancías enfrenta robos, regiones donde empresarios pagan extorsiones o zonas industriales sujetas a violencia representan costos que terminan restando competitividad. La inseguridad funciona como un impuesto clandestino: no aparece en la ley de ingresos, pero lo pagan productores, comerciantes, transportistas y finalmente consumidores.

Por eso el crecimiento debe medirse de una manera mucho más exigente. Un trimestre de 1.5% es una buena noticia y sería absurdo negarlo por razones partidistas. La economía mexicana mostró una recuperación importante después de la contracción del primer trimestre y la propia Secretaría de Hacienda considera posible asegurar un crecimiento anual de al menos alrededor de 1.5% salvo que la actividad vuelva a contraerse durante la segunda mitad del año. Es una señal alentadora, no una meta nacional. (Reuters⁠)

El debate económico mexicano necesita abandonar esa tendencia a convertir cada dato en propaganda o catástrofe. Si el PIB crece, los partidarios del gobierno anuncian que el modelo triunfó; si cae un trimestre, los adversarios proclaman que comenzó el desastre. Ninguna economía seria se analiza así. Hay que mirar tendencias, inversión, productividad, salarios, empleo formal, consumo, exportaciones, inflación y capacidad futura de crecimiento.

Sheinbaum dispone todavía de tiempo para colocar el crecimiento en el centro de su administración. La estabilidad es indispensable, pero debe utilizarse como plataforma y no como destino. Mantener finanzas públicas razonablemente ordenadas, controlar la inflación y conservar abierto el comercio con Estados Unidos crea condiciones necesarias. El siguiente paso es convertirlas en inversión y productividad.

También tendrá que resistir una tentación política frecuente: considerar que crecimiento y distribución son objetivos enfrentados. La mejor política social difícilmente puede sostenerse durante décadas sin una economía que genere recursos. Los programas de apoyo pueden corregir desigualdades y proteger a quienes más lo necesitan, pero para financiarlos permanentemente hace falta una base económica creciente. Repartir mejor es indispensable; producir más también.

México necesita ambas cosas. Una economía dinámica que genere riqueza y un Estado capaz de conseguir que sus beneficios alcancen a sectores más amplios. El crecimiento sin inclusión produce sociedades profundamente desiguales; la redistribución sin crecimiento termina administrando escasez.

También debemos superar la idea de que toda inversión extranjera constituye automáticamente éxito. Lo importante es atraer inversión que incorpore tecnología, forme proveedores mexicanos, capacite trabajadores y genere cadenas de valor dentro del país. Si simplemente ensamblamos componentes importados para volver a exportarlos, obtendremos empleos, pero desaprovecharemos buena parte de la oportunidad.

El reto es subir escalones: diseñar, investigar, producir componentes, desarrollar tecnología y crear empresas mexicanas capaces de convertirse en proveedoras globales. Ahí se encuentra la diferencia entre recibir inversiones y construir desarrollo.

México tiene hoy una ventana excepcional, pero las ventanas también se cierran. Estados Unidos busca reconstruir cadenas de suministro, Europa intenta reducir dependencias estratégicas y empresas globales están reorganizando su producción. Vietnam, India, Polonia, Brasil y otros países compiten por las mismas inversiones. La cercanía geográfica es una ventaja enorme, pero no un derecho adquirido.

La administración de Sheinbaum ha demostrado hasta ahora una capacidad razonable para navegar la relación turbulenta con Trump. Marcelo Ebrard y el nuevo canciller Roberto Velasco tendrán que mantener esa interlocución mientras México defiende sus intereses. Pero ninguna negociación exterior sustituirá el trabajo pendiente dentro del país. Podemos conseguir las mejores condiciones comerciales en Washington y desperdiciarlas en México si no resolvemos nuestros propios obstáculos.

Ésa es quizá la principal enseñanza del rebote económico del segundo trimestre: México posee una capacidad de resistencia mucho mayor de la que algunos suponían. Ahora falta transformar esa resistencia en crecimiento sostenido.

Hay que reconocer cuando las cosas salen mejor de lo esperado. El gobierno puede legítimamente señalar que México evitó hasta ahora los peores escenarios, que el segundo trimestre fue notablemente mejor que el primero y que la economía permanece en pie pese a un entorno internacional extraordinariamente complejo. Pero gobernar no consiste solamente en demostrar que las predicciones pesimistas fueron equivocadas.

El objetivo debe ser mucho más ambicioso.

México no puede conformarse con no caer.

Necesita crecer lo suficiente para que una familia encuentre mejores empleos, para que un joven pueda aspirar a ingresos superiores a los de sus padres, para que una empresa pequeña pueda convertirse en proveedora industrial, para que los gobiernos tengan recursos con los cuales construir infraestructura y para que la prosperidad deje de ser una posibilidad reservada a determinadas regiones.

Ése será el verdadero examen económico de Claudia Sheinbaum. No si consigue presentar un trimestre favorable, sino si dentro de algunos años puede mostrar una economía que crece sostenidamente, atrae inversión, mejora productividad, forma talento y genera oportunidades.

El 1.5% del segundo trimestre merece reconocimiento. Pero México no puede confundir recuperación con transformación.

México resistió. Ahora le toca despegar.

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