“Have you no sense of decency, sir, at long last? Have you left no sense of decency?”

Joseph N. Welch, durante las audiencias del Army-McCarthy hearings, dirigidas al senador Joseph McCarthy

Hay momentos en los que la política deja de ser ideología, estrategia o disputa de poder, y se convierte en algo mucho más simple: una cuestión básica de decencia, por ejemplo. El asunto es que, para reconocer esos momentos, primero hay que tener decencia…

El Senado mexicano, por lo visto, decidió prescindir de ese requisito. Porque lo ocurrido con Grecia Quiroz no fue un exceso aislado ni un arrebato espontáneo de bancada, sino una escena cuidadosamente representativa de lo que hoy entiende el oficialismo por “defensa política”: un grupo de senadores, perfectamente adultos y perfectamente pagados, organizándose en coro para gritar como porra el apellido de un compañero frente a la mujer que exige que simplemente —y en pleno derecho— se investigue el asesinato de su esposo.

Nada dice “institucionalidad republicana” como un “¡Morón!, ¡Morón!, ¡Morón!” coreado en el pleno. Nada proyecta menos solidez moral que comportarse como una barra brava… pero con fuero.

Conviene detenerse un segundo en la escena, no por lo anecdótico, sino por lo revelador. Grecia Quiroz no llegó al Senado a provocar, ni a irrumpir ni a montar un espectáculo; llegó invitada por un senador del propio oficialismo, después de participar en un evento de mujeres líderes, es decir, en teoría, en un espacio donde el discurso institucional presume sensibilidad, inclusión y respeto. Y la recibieron con gritos….

No cualquier grito, además, sino uno cuidadosamente elegido: el apellido del político al que ella misma ha pedido se investigue por el asesinato de su marido, el alcalde ejecutado frente a ella y sus hijos, cuya muerte no pertenece al terreno de la retórica, sino al de la violencia real que el país arrastra.

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Pero claro, en la nueva liturgia del poder, el dolor ajeno es apenas un detalle logístico.

Ahí estaban los senadores, algunos ya expertos en este tipo de performances, encabezados por el siempre dispuesto Gerardo Fernández Noroña —quien ya había decidido previamente que la alcaldesa merecía ser etiquetada como “fascista”, porque nada grita más progresismo que banalizar etiquetas—, acompañados por un elenco que entendió perfectamente el guion: cerrar filas, hacer ruido y convertir el pleno en una especie de estadio legislativo donde la consigna sustituye al argumento.

Lo interesante no es que lo hayan hecho, sino que lo hayan hecho sin cálculo de costo. Porque ni siquiera intentaron disimular.

No hubo pudor, no hubo contención, no hubo ese viejo reflejo de la política tradicional de guardar las formas aunque se pierda el fondo; aquí se perdió todo al mismo tiempo, con una naturalidad que solo se explica cuando la impunidad ya no es un riesgo, sino una garantía.

Y mientras tanto, la alcaldesa —la viuda, la testigo, la autoridad— respondió con una sobriedad que descoloca: no pidió sanciones, no se envolvió en la narrativa de víctima, no activó el repertorio contemporáneo de agravios, sino que lo llamó por su nombre más simple: grilla.

“Grilla”. La palabra se queda corta, pero describe bien el nivel.

Porque lo que vimos no fue una defensa política sofisticada, sino una reacción primitiva: la manada cerrando filas, el grupo protegiendo al suyo, el poder exhibiendo que puede permitirse ese tipo de espectáculos sin pagar consecuencias.

Después vendrán, como siempre, los discursos sobre el “primer gobierno feminista”, las proclamas sobre igualdad, los mensajes cuidadosamente redactados para redes sociales donde todo suena impecable y progresista; pero basta un episodio como este para entender que el feminismo oficial tiene límites muy claros: termina donde empieza la incomodidad política.

Y ahí, curiosamente, la solidaridad se evapora. Porque Grecia Quiroz incomoda.

No por lo que dice únicamente, sino por lo que representa: alguien que no depende del sistema, que no le debe el cargo al grupo en el poder y que, en medio de un país donde la credibilidad escasea, todavía conserva algo parecido a ella.

Y eso, para un régimen que vive de administrar narrativas, es más peligroso que cualquier discurso. Por eso le gritan. Por eso la rodean.

Por eso intentan reducirla a un episodio de “grilla”, aunque en el fondo sepan que no lo es.

Lo que ocurrió en el Senado no fue una anécdota vergonzosa; fue una radiografía bastante precisa del momento político: poder sin contención, grupo sin límite y sin dignidad y una noción de decencia que, si alguna vez existió, hoy parece haberse extraviado entre consignas.

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Y mientras todo esto ocurre, el mismo personaje que se suma al coro legislativo decide regalarnos, en paralelo, una pieza de comedia involuntaria que merece su propio apartado: la épica de los 64 mil pesos.

Gerardo Fernández Noroña, en un despliegue de narrativa heroica digno de mejores causas, relató su travesía para donar esa cantidad a Cuba, una operación que —según su versión— enfrentó obstáculos, devoluciones bancarias y una resistencia casi sistémica que logró vencer después de varias horas de esfuerzo…

Tres horas para transferir dinero. Una gesta. Un acto de resistencia financiera contra el sistema…

Todo ello, por supuesto, narrado con ese tono entre mártir y protagonista que convierte cualquier trámite cotidiano en capítulo de lucha revolucionaria, mientras el resto del país sigue atrapado en problemas ligeramente más complejos, como la violencia, la impunidad o el abandono institucional.

Cada quien dona su dinero a donde quiere, faltaba más. Lo verdaderamente fascinante es la escala moral que se exhibe sin querer: en el México del oficialismo, transferir 64 mil pesos puede convertirse en acto heroico, pero exigir justicia por un asesinato amerita ser recibido con gritos. Una jerarquía de prioridades que no necesita mayor explicación porque se explica sola.

Y entonces, inevitablemente, la pregunta regresa, no como cita histórica sino como espejo incómodo, como esa línea que alguna vez marcó el límite frente al abuso de poder y que aquí, por lo visto, ya ni siquiera alcanza a incomodar: “Sir, have you no decency?”