“La medicina consiste en distraer al paciente mientras la naturaleza cura la enfermedad”.
Voltaire
Hay fraudes que terminan en los tribunales. Y hay otros que apenas empiezan con una ceremonia de inauguración, un listón cortado, un recorrido frente a las cámaras y un aplauso obligado. Del que hoy escribo pertenece a la segunda categoría.
No hablo de un fraude jurídico. Hablo de uno político. De uno narrativo. De hacer creer a millones de mexicanos que el problema estaba resuelto cuando apenas comenzaba.
La megafarmacia nunca fue una farmacia, fue un placebo.
(En medicina, un placebo es una sustancia sin efecto terapéutico que produce una mejoría aparente porque el paciente cree que está siendo tratado. No cura la enfermedad. Apenas calma la ansiedad. Y “funciona” mientras dura la ilusión y no arrecia la enfermedad… la megafarmacia hizo exactamente eso).
Antes de construirla, el gobierno necesitó fabricar una historia. Nos dijo que el desabasto de medicamentos tenía un culpable casi único: los distribuidores privados. Eran ellos —según la narrativa oficial— quienes habían secuestrado el sistema de salud, encarecido las compras y convertido la enfermedad en negocio. Era una explicación perfecta. Toda buena historia necesita un villano.
Así que el gobierno hizo lo que hacen los gobiernos enamorados de sus propias certezas: destruyó el sistema que existía antes de construir uno mejor.
Desmanteló la distribución. Improvisó nuevas formas de compra. Encargó funciones logísticas al Ejército. Después a Birmex, una empresa especializada históricamente en vacunas, no en abastecer a más de medio país. Y, cuando el problema de desabasto de medicamentos seguía exactamente igual, apareció la gran revelación: construir la farmacia más grande del mundo.
Era una idea era seductora.
Una gigantesca bodega capaz de concentrar prácticamente todos los medicamentos del país y enviarlos, en cuestión de horas, a cualquier paciente que los necesitara.
Sonaba extraordinario, como suelen sonar las promesas que después cuestan miles de millones; eso además de cientos de miles de enfermos.
El propio gobierno estimó que la inversión, operación y mantenimiento de la megafarmacia ascenderían a más de 15 mil millones de pesos a lo largo de su vida útil. Quince mil millones para resolver, supuestamente, el problema que ninguna administración anterior había podido resolver.
Pero la realidad tuvo la mala costumbre de aparecer. La megafarmacia fue inaugurada con enorme despliegue mediático. Sin embargo, inició operaciones con apenas una fracción mínima del inventario prometido. Los primeros reportes mostraban cientos de solicitudes, pero apenas decenas de medicamentos efectivamente entregados. Meses después, mientras el gobierno presumía miles de llamadas recibidas, las recetas surtidas seguían siendo insignificantes frente a los millones de recetas que cada año quedan sin atender en el sistema público de salud.
El paciente seguía esperando. Lo único que había llegado puntualmente era el comunicado de prensa.
Y entonces se reveló cuál había sido el verdadero error.
López Obrador comparó alguna vez la distribución de medicamentos con la de refrescos y botanas. Si las papitas llegan a todos los rincones del país —dijo— ¿por qué no las medicinas?
Porque una bolsa de Sabritas no necesita cadena de frío. Porque un medicamento oncológico no puede tratarse como un refresco. Porque distribuir medicamentos exige una logística infinitamente más compleja que repartir botanas. Porque el problema nunca fue una bodega. El problema era el sistema.
Y el sistema fue precisamente lo que la 4T decidió destruir.
Ese es el verdadero fraude.
Nos hicieron creer que el desabasto tenía una causa sencilla y una solución todavía más sencilla. Bastaba eliminar a los “corruptos”, concentrar las medicinas en un enorme almacén y todo comenzaría a funcionar.
No ocurrió así.
El desabasto continua. Los pacientes siguen peregrinando entre hospitales. Las familias financian de su bolsillo medicamentos que el Estado debía proporcionar. Y la farmacia más grande del mundo terminó convirtiéndose en el monumento más grande al fracaso de una política pública construida sobre propaganda.
Lo más preocupante no es que un proyecto falle. Todos los gobiernos se equivocan. Lo verdaderamente grave es que NADIE, ningún político, parezca dispuesto a responder por un fracaso de esta magnitud.
¿Quién evaluó el proyecto antes de invertir miles de millones? ¿Dónde está el análisis costo-beneficio? ¿Cuántas recetas adicionales se surtieron gracias exclusivamente a la megafarmacia? ¿Cuánto costó cada una? ¿Cuánto dinero se habría ahorrado fortaleciendo la distribución existente en lugar de demolerla?
No conocemos las respuestas. Pero sí conocemos el resultado. La megafarmacia no curó el desabasto. Lo anestesió mediáticamente durante unos meses. Y eso, justamente, hace un placebo.
La tragedia es que los placebos son relativamente inocuos cuando el paciente solo pierde tiempo. Aquí el paciente perdió tratamientos. Perdió oportunidades. En algunos casos perdió la vida.
Por eso me resisto a hablar únicamente de una obra pública fallida. La megafarmacia simboliza algo mucho más profundo: la convicción de que la propaganda puede sustituir a la política pública; de que un edificio puede reemplazar un sistema; de que un acto inaugural puede corregir años de improvisación.
No pudo. Ni podía. Porque las enfermedades no desaparecen por decreto. Y el desabasto tampoco.



