Tenemos una pandemia silenciosa que no deja rastro en los informes sanitarios, pero que carcome el futuro de miles de jóvenes mexicanos. No es un virus, es deuda. Una crisis financiera generacional que crece al amparo de la inflación, de salarios que no alcanzan y, sobre todo, de una falta de regulación escandalosa sobre los préstamos digitales que se ofrecen al alcance de un clic.

Los datos de la Sociedad de Información Crediticia son alarmantes: la Generación Z —nacidos entre 1997 y 2010— ha comprometido ya casi el 50% de su capacidad crediticia, el nivel más alto de todas las generaciones, y son quienes más dificultades tienen para cumplir en tiempo y forma. Pero lo que las cifras no dicen, lo vemos desgarradoramente en TikTok: jóvenes que confiesan arrastrar deudas promedio de hasta 200 mil pesos, atrapados en la rueda infinita de los pagos mínimos que apenas cubren intereses, sintiendo que jamás podrán liberarse.

Pero no solo las plataformas digitales están dando dinero a tontas y locas. He visto bancos que ofrecen tarjetas de crédito a jóvenes sin consultar ingresos. Una sobrina, que hace un año tenía 19 años de edad, abrió una cuenta de ahorros y salió de la sucursal con una tarjeta de crédito. También una amiga acompañó a su hija a aperturar una cuenta y salió con un plástico que tenía de crédito quince mil pesos. Ninguna tenía empleo, ni historial crediticio. Los bancos no sabían si podrían pagar, pero les dieron su tarjeta. Ambas están endeudadas.

¿Cómo llegaron a ese punto, al igual que miles de jóvenes? No es solo falta de educación financiera. Es cierto que también es falta de sentido común y no frenar el deseo de salir corriendo a gastar un dinero que no es tuyo, pero a veces el sistema los empuja al abismo.

Vivimos en un entorno donde las aplicaciones de crédito digital operan, muchas veces, en una zona gris o directamente al margen de la ley. Se presta con una facilidad insultante, sin evaluar capacidad real de pago, bajo condiciones opacas y con tasas de interés usurarias que duplican o triplican la deuda en cuestión de meses, incluso semanas. La falta de regulación ha permitido que estas plataformas actúen como verdaderos depredadores, aprovechando la urgencia económica y la inexperiencia de quienes apenas comienzan a caminar en la vida adulta.

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Y el problema no termina en el adeudo. La pesadilla se agudiza con las prácticas de cobranza. En Facebook ya se multiplican los grupos de apoyo contra los llamados “montadeudas”, espacios donde se comparten consejos para resistir hostigamientos, amenazas y extorsiones que violan cualquier derecho humano.

Hay también páginas de Facebook que suben fotos de las y los deudores con sus datos personales. Peor aún, algunas imágenes son alteradas mediante inteligencia artificial, mostrando a las personas sin ropa, en actos sexuales que nunca existieron. Es una violencia digital alarmante que ocasiona problemas de salud mental muy graves. Hemos sabido incluso de jóvenes que atentan contra su vida. Es lamentable, pero nadie, o casi nadie está poniendo los ojos en un problema que requiere soluciones inmediatas.

No se debe culpar solo al usuario, hay que exigir leyes claras, estrictas y aplicables. No puede ser posible que abrir una aplicación signifique firmar una sentencia de por vida. Necesitamos límites a las tasas, transparencia real y castigo severo a la cobranza ilegal. Mientras no se ponga orden en este salvaje mercado digital, seguiremos viendo a una generación entera nacer libre y terminar atada a una deuda impagable.