Hay una frase que cada cuatro años vuelve a escucharse en millones de casas, bares, plazas, oficinas y calles: “hoy juega México”.
Y qué bueno que así sea.
El futbol emociona. Une generaciones. Suspende por noventa minutos la rutina. Hace que un país entero grite al mismo tiempo, abrace a desconocidos, saque la bandera, cante el himno y vuelva a creer, aunque sea por un instante, que todavía hay algo capaz de juntarnos.
Pero mientras muchos esperan el silbatazo inicial con ilusión, miles de mujeres lo esperan con miedo.
Porque hay otra frase que casi nadie quiere decir en voz alta, pero que demasiadas mujeres conocen demasiado bien: “Si pierde su equipo, pierdo yo”.
Pierde ella cuando la derrota se convierte en gritos.
Pierde ella cuando el alcohol se convierte en insultos.
Pierde ella cuando un penal fallado termina en golpes.
Pierde ella cuando una noche de futbol se transforma en una noche de terror dentro de su propia casa.
Esa es la parte del Mundial que casi nadie quiere mirar.
Mientras los reflectores apuntan a las canchas, mientras las redes se llenan de pronósticos, memes, festejos y análisis deportivos, hay mujeres calculando el estado de ánimo de su pareja. Hay niñas encerrándose en su cuarto. Hay familias caminando de puntitas para no provocar una explosión de violencia.
Y no, no es exageración.
Diversos estudios internacionales han documentado incrementos en los casos de violencia de pareja durante eventos futbolísticos de alta intensidad, especialmente cuando hay derrotas, tensión deportiva o consumo elevado de alcohol. El Banco Interamericano de Desarrollo ha señalado aumentos cercanos al 30% en episodios de violencia de pareja asociados a partidos de futbol.
En México, el contexto vuelve esta realidad todavía más grave. Las cifras del INEGI muestran que siete de cada diez mujeres han experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida. La violencia ejercida por la pareja sigue siendo una de las formas más frecuentes, más normalizadas y más silenciosas.
Por eso es profundamente irresponsable seguir romantizando conductas violentas bajo la excusa de la “pasión”.
No es pasión romper cosas porque tu equipo perdió.
No es pasión gritarle a tu pareja porque fallaron un penal.
No es pasión aventar objetos porque el árbitro marcó una falta.
No es pasión descargar frustración contra una mujer, una niña, un niño o cualquier integrante de la familia.
Eso no es futbol. Eso no es carácter. Eso no es emoción.
Eso es violencia.
Y la violencia no se justifica con una camiseta, con una derrota, con una cerveza, con un mal arbitraje ni con un marcador en contra.
La pasión termina donde empieza el miedo.
Hay una realidad incómoda que tenemos que decir con todas sus letras: pareciera que algunos agresores necesitan un Mundial perfecto para no violentar a las mujeres en sus propias casas. Como si la tranquilidad de una familia dependiera de que entre un gol. Como si la seguridad de una mujer estuviera condicionada a que gane una selección. Como si el control emocional de un hombre pudiera delegarse al resultado de un partido.
Pero la violencia no nace en la cancha.
No nace en el marcador.
No nace en el silbatazo final.
La violencia nace en quien decide ejercerla.
Quien golpea después de una derrota, probablemente habría encontrado cualquier otra excusa para hacerlo. Quien insulta porque perdió su equipo, mañana insultará por la comida, por el tráfico, por el dinero, por los celos o por cualquier pretexto que le sirva para imponer miedo.
El problema nunca ha sido el futbol.
El problema es una cultura machista que durante años enseñó a muchos hombres a creer que su enojo vale más que la tranquilidad de una familia. Que su frustración puede caer sobre el cuerpo de una mujer. Que su ira merece comprensión, mientras el miedo de ellas debe guardarse en silencio.
No más.
El deporte no es el enemigo. El futbol puede ser alegría, convivencia, comunidad, identidad y orgullo. Lo que no puede ser es una licencia temporal para el abuso.
Disfrutar un Mundial no puede significar que las mujeres tengan que sobrevivirlo.
Desde la transformación que impulsa nuestro movimiento, se ha colocado en el centro de la agenda pública la lucha contra la violencia de género. Falta mucho por hacer, sin duda, pero también es cierto que hoy existe una discusión nacional mucho más profunda sobre los derechos de las mujeres, la igualdad sustantiva y la obligación del Estado de protegerlas. El silencio ya no puede ser la respuesta.
Si, todavía falta mucho.
Falta que el grito de gol no tape el grito de auxilio.
Falta que la fiesta no sea excusa para ignorar el miedo.
Falta que la casa sea un lugar seguro, no una zona de riesgo cuando hay partido.
Falta entender que la violencia familiar no es un asunto privado: es una emergencia social.
Porque mientras algunos discuten alineaciones, hay mujeres planeando rutas de escape. Mientras algunos celebran goles, hay niñas escondiéndose en sus habitaciones. Mientras algunos lloran una derrota deportiva, hay familias enfrentando derrotas mucho más profundas. Y mientras algunos justifican al agresor diciendo que “estaba tomado”, “estaba enojado” o “se le pasó la mano”, hay mujeres cargando golpes que nunca debieron existir.
Digámoslo claro: el alcohol no golpea. El futbol no golpea. El marcador no golpea. El que golpea es el agresor.
Por eso, este Mundial debe ser también una oportunidad para hablar de lo que incomoda. Para recordar que ninguna emoción deportiva vale más que la vida, la dignidad y la seguridad de una mujer. Para decirle a cualquier agresor que su frustración no es argumento, su enojo no es permiso y su violencia no será normalizada.
Gritemos los goles. Abracemos a nuestras familias. Pongamos la bandera en la ventana. Cantemos el himno con orgullo. Vivamos el Mundial con alegría.
Pero entendamos algo elemental: ningún marcador justifica una agresión.
Ninguna derrota autoriza un insulto. Ningún gol fallado permite un golpe. Ningún partido vale más que una vida. Ninguna camiseta está por encima de la dignidad de una mujer.
Porque cuando la violencia entra a una casa, ya no importa quién ganó el partido.
Pierde la familia. Pierde la comunidad. Pierde el país.
Y cuando una mujer tiene miedo de regresar a su hogar por la ira de alguien más, no estamos hablando de futbol. Estamos hablando de una sociedad que todavía tiene mucho que cambiar.
Que este Mundial nos emocione, sí. Pero que también nos obligue a mirar de frente una verdad que no puede seguir escondida detrás de una pantalla, una porra o una bandera: la pasión se celebra. La violencia se denuncia.
Y ningún agresor puede esconderse detrás del futbol.
María Teresa Ealy Díaz, Diputada Federal LXVI Legislatura.
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