“Los Estados no tienen amigos permanentes; tienen intereses permanentes”.
Lord Palmerston
¡Qué bueno que Claudia Sheinbaum haya sido invitada a la final del Mundial! Mejor aún que haya decidido asistir. Representa al Estado mexicano y México fue uno de los tres países anfitriones. Rechazar una invitación de ese nivel, en este momento de la relación bilateral, habría sido una descortesía diplomática difícil de justificar.
Precisamente por eso, la discusión no es si debía ir. Lo importante es otra cosa: ¿qué cambió para que un viaje presentado como casi impensable terminara convirtiéndose, de pronto, en una prioridad de Estado?
Durante meses nos explicaron que la soberanía mexicana no se negociaba. Que México hablaba de tú a tú con Washington. Que no aceptaba injerencias. Que el gobierno defendía su dignidad frente a cualquier presión externa.
Sin embargo, bastaron unos cuantos días para pasar de las cartas de protesta por los operativos del ICE —devueltas por Estados Unidos por no cumplir los canales diplomáticos correspondientes— al anuncio de un viaje relámpago a Nueva York, acompañado de videos explicativos, cambios de logística y una inusual necesidad de justificar cada paso.
Explicación no pedida… culpabilidad manifiesta.
La misma presidenta que alguna vez descalificó este tipo de eventos como espacios “fifís” ahora ocupará el palco principal junto a Donald Trump, ¿Javier Milei?, Felipe VI e Gianni Infantino, el mismo dirigente de la FIFA que hace apenas unos días atribuyó a Trump buena parte del éxito organizativo del torneo.
Hace apenas unas semanas el discurso oficial giraba alrededor de la defensa de los migrantes frente a las acciones del ICE. Hoy el gobierno celebra la importancia de la “coordinación” con Estados Unidos.
¿Coordinación?
La coordinación bajo la cual Washington mantiene abiertas disputas comerciales, presiona con revisiones periódicas del T-MEC, endurece su política migratoria, impone aranceles, cancela visas y devuelve notas diplomáticas.
Si eso es coordinación, no quiero imaginar cómo luce un desacuerdo.
Hay quien sostiene que la invitación demuestra una relación extraordinaria entre ambos gobiernos. Confunden una fotografía con un tratado internacional. Los palcos duran 90 minutos; la desconfianza entre dos países sobrevive administraciones completas.
En política exterior existen invitaciones… e invitaciones. Algunas son una cortesía protocolaria. Otras son de esas que ningún jefe de Estado considera prudente rechazar.
¿Cuál de las dos recibió Claudia Sheinbaum? No lo sabemos.
Pero la velocidad con la que se organizó el viaje, la cantidad de explicaciones ofrecidas y el súbito cambio de narrativa permiten, cuando menos, formular la pregunta. Ya que si todo marchaba tan bien, ¿por qué ofrecer tantas explicaciones?
Si el viaje era únicamente deportivo, ¿por qué semejante revuelo político, si la relación bilateral atravesaba un momento de absoluta normalidad?, ¿por qué la urgencia?
Y ya que la presidenta compartirá palco con Donald Trump durante más de hora y media, quizá encuentre oportunidad para abordar algunos de los temas que tanto ocupan las conferencias mañaneras.
Podría preguntarle quién pilotó realmente el avión en el que Ismael El Mayo Zambada terminó en territorio estadounidense. Podría insistir en conocer las evidencias sobre las acusaciones contra Rubén Rocha Moya. Incluso podría interesarse por el estado de las investigaciones estadounidenses relacionadas con distintos actores políticos mexicanos, asunto sobre el que abundan versiones pero escasean las certezas.
También podría aprovechar para hablar del T-MEC. Después de todo, ese tema tendrá consecuencias infinitamente más importantes para millones de mexicanos que el resultado de una final de futbol.
Porque para eso sirven, precisamente, estos encuentros.
Otra de las contradicciones quedó exhibida con el avión.
Se nos explicó durante meses que la presidenta debía viajar en vuelos comerciales por razones de austeridad. Bastó este viaje para descubrir que la seguridad presidencial, la logística y la responsabilidad de un jefe de Estado seguían siendo exactamente las mismas de siempre. El vuelo comercial terminó cancelado y, finalmente, abordó una aeronave de la Fuerza Aérea Mexicana. Como debió ocurrir desde el primer día. Lo demás era demagogia.
Y, de paso, volvió a ser evidente lo caro que sigue saliendo “la venta” del TP-01. El avión presidencial desapareció del discurso. Los vuelos oficiales jamás desaparecieron de la realidad.
Quizá Claudia Sheinbaum sí vaya a disfrutar un gran partido. O quizá el futbol sea apenas el escenario más visible de conversaciones mucho más relevantes.
Después de todo, el balón rodará poco más de 90 minutos. Las fotografías durarán apenas unos segundos, pero las conversaciones verdaderamente importantes casi nunca aparecen en la transmisión oficial.
La pregunta, entonces, dejó de ser a qué va. La pregunta es qué obligó al gobierno mexicano a cambiar tan abruptamente el libreto.



