Ayer sábado hubo fuertes tormentas eléctricas en la costa este de Estados Unidos. Las adversas condiciones meteorológicas causaron afectaciones severas en el área metropolitana de Nueva York, donde se presentaron inundaciones y la cancelación de más de 700 vuelos, además de cientos de demoras en sus tres principales aeropuertos: John F. Kennedy (JFK), LaGuardia (LGA) y Newark Liberty (EWR).
Dada la severidad del fenómeno atmosférico, las principales aerolíneas estadounidenses con operaciones en Nueva York —Delta, American, JetBlue y United—, lo mismo que las líneas aéreas extranjeras —entre ellas Aeroméxico—, activaron el protocolo New York City thunderstorms travel waiver.
Ese es un protocolo de excepciones por condiciones meteorológicas que permite a las personas viajeras afectadas cambiar sus vuelos sin pagar cargos por modificación e, inclusive, solicitar reembolsos si deciden ya no volar.
La presidenta Claudia Sheinbaum pensaba salir a Nueva York ayer sábado a las cinco de la tarde en el vuelo Delta 2973, desde el aeropuerto de Cancún hasta la Terminal 4 del JFK. Pero este se canceló por la emergencia meteorológica.
Sheinbaum se vio obligada a hacer lo que no quería: utilizar una aeronave del Ejército mexicano ante la urgencia de llegar a tiempo al importantísimo compromiso diplomático que la llevó a planear el viaje: la invitación personal y directa del presidente Donald Trump para estar en la final del Mundial.
La presidenta Sheinbaum y quienes la iban a acompañar en el vuelo de Delta Air Lines ya no utilizarán sus boletos. El gobierno mexicano tendrá que exigir los reembolsos correspondientes a la aerolínea, con base en el protocolo New York City thunderstorms travel waiver.
¿Habrá polémica, es decir, críticas porque Claudia viajó a Nueva York en avión militar?
Por supuesto que sí. Intentarán resucitar los argumentos —bien muertos, enterrados y aun incinerados— de que la persona gobernante de un país tan grande como México no puede ni debe viajar en aviones comerciales, menos aún en clase turista.
Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador demostraron que la imprescindibilidad del avión presidencial es un mito.
La presidenta ha realizado otros viajes en aerolíneas comerciales. No hace mucho recurrió a Aeroméxico para un trayecto más largo que el de ayer a Nueva York. En efecto, en clase turista voló de México a Barcelona, con escala en Madrid —si no me equivoco, el regreso fue en vuelo directo, comercial y en turista, de la ciudad condal a la capital de nuestro país—.
Si las aerolíneas comerciales no pueden cumplir con los itinerarios y el viaje es absolutamente necesario —como ha sido el caso de estar con Trump, el hombre más poderoso del mundo, en el estadio Nueva York / Nueva Jersey—, entonces es legítimo y justificado utilizar aviones del Ejército e, inclusive, en situación de extrema necesidad, rentar aeronaves privadas a empresas que garanticen mantenimientos adecuados.
Por cierto, los aviones presidenciales también fallan. El presidente Lula acudió a la toma de protesta de la presidenta Sheinbaum en avión oficial, y este presentó algún problema a la hora de volver a Brasil desde la Ciudad de México. El gobierno brasileño envió un segundo avión para trasladar a su gobernante.
Lula, desde luego, pudo haber recurrido a una aerolínea comercial para regresar a su país. Eso hizo Angela Merkel cuando el avión presidencial alemán se descompuso antes de volar a una cumbre en Argentina. La canciller recurrió a una aeronave de su ejército mucho más pequeña, viajó a Madrid y, desde la capital española, pudo tomar un vuelo comercial de Iberia a Buenos Aires.
La foto acompañando a Donald Trump a entregar la copa de la FIFA y las medallas a los futbolistas campeones.
La verdad de las cosas es que resulta una tontería discutir sobre si México necesita un avión presidencial: no lo necesita. También ha sido ridículo el debate de por qué Claudia Sheinbaum no asistió a la inauguración del Mundial en el estadio Azteca y sí estará en el partido final entre Argentina y España.
El juego inaugural era un acto de la FIFA, irrelevante en términos diplomáticos. Otra cosa es estar en la final con el presidente Donald Trump, con el rey de España, Felipe VI; con el primer ministro de Canadá, Mark Carney, y con el presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez.
Además, no hay duda de que la presidenta Sheinbaum acompañará al presidente Trump y al primer ministro Carney en la entrega de la copa de la FIFA al equipo ganador, que espero sea España —nada tengo contra Argentina, pero en los tiempos de Milei todo lo que la nación del tango pierda es ganancia para la humanidad—.
Cuando las imágenes de esos eventos circulen en todos los medios de comunicación del planeta, la opinión pública global entenderá que, si hay una gobernante que ha sabido relacionarse con Trump sin pelear de ninguna manera, pero también sin renunciar ni un milímetro a los límites que establece la soberanía mexicana, esa es Claudia Sheinbaum. Y esto es lo único que importa.



