Ya después de ahogado el niño, cuando el fracaso en las negociaciones con Estados Unidos terminó por vaciar el sentido original del T-MEC y se perfila una relación arancelaría que en nada conviene a México. El gobierno de Claudia Sheinbaum intenta reposicionarse a través de un acercamiento con Canadá.

La misión comercial de alto nivel encabezada por Marcelo Ebrard llega tarde y debilitada. Acompañada por más de 240 empresas mexicanas, ha sido presentada como una estrategia para diversificar mercados y fortalecer la relación económica bilateral, algo que en el discurso suena razonable para reducir dependencia de Estados Unidos ante crecientes tensiones arancelarias y ante la reconfiguración global de las cadenas productivas, sin embargo, la realidad es mucho más compleja.

El T-MEC roto

México busca esta negociación después de haber cedido terreno frente a Washington por presiones arancelarias, disputas comerciales y acuerdos bilaterales que rompen el espíritu de integración regional del T-MEC. Donde, una vez más, el gobierno mexicano volvió a doblarse.

Las empresas estadounidenses instaladas en México, que son las que principalmente exportan, son las más expuestas frente a posibles medidas arancelarias. Pero claro que no se lanzan al vacío y lejos de permitir una competencia más abierta, el rediseño comercial termina favoreciendo nuevamente a los intereses norteamericanos frente a marcas y empresas de otras regiones.

Mientras tanto México queda atrapado negociando por separado, con acuerdos bilaterales, y peor aún, sin fuerza propia, dependiendo de decisiones tomadas en Washington.

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En ese contexto, pretender que una alianza con Canadá compensará el deterioro de la relación comercial con Estados Unidos, parece más un recurso discursivo que una estrategia económica viable.

Socios y competidores

El comercio entre México y Canadá es relativamente pequeño frente al volumen de intercambio con Estados Unidos. La balanza bilateral ronda entre 40 y 50 mil millones de dólares anuales con un ligero superávit para México en algunos años, concentrada principalmente en manufactura automotriz, autopartes, electrodomésticos y algunos productos agroindustriales.

El problema es que ambos países no son socios complementarios, compiten en el mismo mercado. Dependen de las cadenas productivas norteamericanas y prácticamente buscan vender lo mismo: automóviles, manufacturas, productos agroindustriales y, cada vez más, inversiones relacionadas con el nearshoring.

La diferencia es que Canadá llega con ventajas que México no tiene: mayor certidumbre jurídica, instituciones más sólidas, una imagen internacional más confiable, estabilidad regulatoria y una política energética consistente; además de mejores condiciones de acceso a mercados europeos y asiáticos bajo condiciones favorables que le permiten diversificar con mayor eficacia.

México, en cambio enfrenta incertidumbre regulatoria, falta de confianza de los inversionistas, desmantelamiento de organismos autónomos y una creciente percepción de debilitamiento institucional.

Entonces, ¿qué puede ofrecer México que Canadá necesite? Más allá de algunos nichos de manufactura de bajo costo o mano de obra más barata, la respuesta es limitada. Canadá no depende de México para su seguridad energética ni alimentaria, su estructura industrial es altamente competitiva y en sectores clave como energías limpias o innovación tecnológica, México ha perdido competitividad.

Diplomacia simbólica

Hay que reconocer las limitaciones que existen. El acercamiento con Canadá parece más un ejercicio de diplomacia simbólica que una apuesta económica transformadora.

Aunque el gobierno mexicano necesita proyectar una imagen de diversificación y fortaleza internacional, no se trata únicamente de voluntad política. Primero hay que fortalecer la competitividad interna. Y ahí es donde México enfrenta su mayor debilidad.

Sin Estado de derecho, sin infraestructura moderna y adecuada, y sin una política industrial coherente, cualquier negociación se debilita. Caro ha resultado para el país la falta de certeza jurídica, los conflictos con empresas extranjeras, la politización institucional y los cambios en las reglas del juego.

Todo lo anterior, sin olvidar que cualquier negociación bilateral en América del Norte seguirá condicionada por Estados Unidos como eje económico dominante de la región y que ningún acuerdo relevante puede construirse ignorando esa realidad.

El discurso de “diversificación” tiene límites. Sin infraestructura, seguridad, energía ni Estado de derecho, cualquier intento de reposicionar a México en el escenario global termina siendo superfluo.

El verdadero reto no está en sentarse a negociar con Canadá. Está en reconstruir la competitividad que el país ha ido perdiendo en los últimos años. Antes de precipitarnos a una subordinación disfrazada de alianza estratégica.

X: @diaz_manuel