El expresidente Andrés Manuel López Obrador aseguró que reaparecería públicamente solo en tres escenarios: si se atentaba contra la democracia, si se intentaba desestabilizar a la presidenta Claudia Sheinbaum o si una potencia extranjera ponía en riesgo la soberanía nacional.

Desde que dejó la presidencia el 1 de octubre de 2024, sus apariciones han sido escasas, controladas, y sobre todo, irrelevantes en términos políticos. Lejos quedaron las mañaneras, el contacto directo y la narrativa que marcaba agenda. El líder que monopolizaba la conversación pública parece refugiarse en Palenque.

Omnipresencia

Sus reapariciones han sido más simbólicas que influyentes: la primera, al acudir a votar en la elección de jueces y magistrados evidenció una desconexión con el ánimo ciudadano. Después vinieron mensajes en redes sociales. Un video de 45 minutos para promocionar su libro y posicionarse sobre política internacional.

Condenó la intervención de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro y luego expresó su respaldo a Cuba, incluso promovió una cuenta para donativos. En ambos casos recibió más críticas que apoyo.

Ahora, lo verdaderamente llamativo es su silencio.

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Hoy, cuando Morena y el gobierno federal argumentan que las acusaciones contra Rubén Rocha Moya representan un ataque a la soberanía nacional, López Obrador no ha dicho una sola palabra. Ni liderazgo, ni narrativa, ni confrontación.

El mismo que prometió salir en defensa del movimiento frente a cualquier amenaza, parece preferir la distancia, mientras sus operadores intentan desvincularlo de la crisis.

Sus contradicciones pueden terminar hundiendo a Morena

El ascenso de AMLO no se explica por ser un brillante estadista ni por resultados de gobierno, sino por su capacidad de crear una narrativa en torno a los errores reales o supuestos de sus adversarios. Consiguió construir una imagen de víctima frente a “la mafia del poder” y capitalizó el desgaste de sus contrarios.

Pero, nada más llegó al poder, apareció el verdadero personaje: un líder egocéntrico, polarizante y profundamente incapaz de cumplir sus promesas.

Además, el expresidente enfrenta algo inédito en la historia reciente de México, es mencionado por presuntos vínculos de su entorno político con el crimen organizado, y mientras enmudece, Morena y el gobierno hacen circo, maroma y teatro para proteger su figura y evitar que la narrativa del escándalo lo atrape.

Todo aquello que criticó de sus adversarios le regresa como un bumerang. Cuando tomó como bandera el “gasolinazo” de Peña, prometió gasolina barata y no ocurrió. Ofreció autosuficiencia energética con Dos Bocas, tampoco cumplió.

Ofreció una reducción drástica de la violencia y crecimiento económico del 4%, y su sexenio terminó con el más bajo en décadas recientes y con los niveles de violencia más altos en términos absolutos. En salud, llegó a prometer un sistema como el de Dinamarca, pero a la fecha persisten el desabasto y las carencias hospitalarias.

El combate a la corrupción y la impunidad tampoco resistió el paso del tiempo. Existen múltiples señalamientos relacionados con contratos, familiares y operadores políticos.

Sus obras emblemáticas no son más que símbolos de propaganda costosos, construidos a sobreprecio y operando por debajo de lo prometido.

Pero quizá la contradicción más evidente es cuando se compara su postura: defendió a Julian Assange y celebró las filtraciones de WikiLeaks como actos de transparencia. Sin embargo, cuando el hackeo de “Guacamaya” expuso información sensible de su gobierno habló de conspiración, minimizó el contenido y atacó a periodistas.

El silencio

La victimización, la confrontación y la denuncia pública que utilizó durante años, parece haberse agotado. El líder que hablaba durante horas, evita pronunciarse en el momento más delicado para su movimiento.

Su silencio revela dos cosas: que cada palabra que diga puede comprometerlo más y que la narrativa ya no le alcanza para controlar y manipular la realidad

Que se encuentra en una posición de debilidad y las opciones son pocas: o enfrenta la justicia, cosa que no sucederá o en lo oscurito entrega a sus cómplices a cambio de impunidad para él y su familia

Mientras Morena y el gobierno federal intentan contener la crisis, el líder enfrenta su propia lógica: la del escrutinio que él mismo normalizó. Pero hoy, quizá por primera vez, no tiene “otros datos”.

X: @diaz_manuel