En los últimos meses, las redes sociales se han inundado de un discurso tan seductor como peligroso. Influencers y comediantes, desde la comodidad de un micrófono y un set iluminado, repiten una frase que parece haberse convertido en el nuevo mantra del éxito: “El pobre es pobre porque quiere”.
Desde la Organización Nacional de la Defensa del Deudor, vemos a diario una realidad que desmiente categóricamente esta simplificación. Atendemos a miles de mexicanos que, lejos de ser “flojos” o carecer de visión, son personas que trabajan jornadas de 12 horas, que tienen dos empleos simultáneamente y que, aun así, se encuentran atrapados en una espiral de deudas que parece no tener fin.
La realidad que el algoritmo ignora
Decir que la pobreza es una elección personal no solo es una falta de empatía; es una ignorancia profunda de cómo funciona la estructura financiera de nuestro país. Los números hablan por sí solos, y la realidad que documentamos en nuestras oficinas es completamente distinta a la que promocionan los gurús del éxito en redes sociales.
La brecha salarial es el primer obstáculo. La inmensa mayoría de los hogares mexicanos vive al día, sin capacidad de ahorro. Muy pocas personas en México se pueden permitir usar parte de sus ingresos para inversión o crecimiento económico. Cuando el 70% de tu sueldo se va en renta, servicios y comida, no hay “mentalidad ganadora” que cierre esa brecha.
La falta de inclusión financiera agrava la situación. El sistema bancario tradicional suele dar la espalda a quienes más necesitan acceso a crédito justo, arrojándolos a los brazos de aplicaciones de préstamos depredadores o usureros con tasas de interés que superan el 200% anual. Cuando no tienes acceso a financiamiento responsable, no es porque no lo busques; es porque el sistema te lo niega.
Los eventos fortuitos son la razón más común de insolvencia. La mayoría de las personas que se acercan a nosotros llegaron a una situación de sobreendeudamiento no por comprar lujos o vivir por encima de sus posibilidades, sino por una enfermedad familiar, la pérdida de un empleo o una emergencia médica que agotó sus nulos ahorros. Una hospitalización, un accidente, una cirugía: cualquiera de estos eventos puede convertir a una familia de clase media en deudores crónicos.
El sistema está diseñado para perpetuar el endeudamiento
Para la Organización Nacional de la Defensa del Deudor, queda claro que la pobreza y el sobreendeudamiento no son accidentes; son características del sistema actual. Cuando una persona gana el salario mínimo, el crédito no se usa como una herramienta de inversión o crecimiento. Se convierte en un mecanismo de supervivencia, en una muleta que te mantiene de pie pero que, eventualmente, te quiebra las piernas.
No es una falta de ganas; es una falta de piso parejo. El sistema financiero actual está diseñado para que el deudor pague intereses sobre intereses, convirtiendo una deuda inicial de 5,000 pesos en una cadena perpetua de 50,000. Las tasas de interés compuesto, las comisiones ocultas, los seguros innecesarios: todo está pensado para que el deudor nunca salga adelante.
La meritocracia es un mito cuando no hay educación financiera
Es muy fácil hablar de “mentalidad de tiburón” y “emprendimiento” cuando se cuenta con una red de seguridad: una familia con recursos, acceso a educación de calidad, contactos profesionales. Sin embargo, para el grueso de la población mexicana, un error financiero no significa “una lección de vida”; significa quedarse sin comer o perder el patrimonio familiar que tardó generaciones en construirse.
Los influencers suelen ignorar deliberadamente que la movilidad social en México es una de las más bajas de la OCDE. Si naces en el quintil más bajo de ingresos, las probabilidades estadísticas de morir en él son abrumadoras, sin importar cuánto “le eches ganas” o cuántas horas trabajes. Los datos no mienten: la pobreza es heredada, no elegida.
Menos juicio, más soluciones reales
Desde esta tribuna, hacemos un llamado a dejar de romantizar el esfuerzo desmedido y a dejar de criminalizar la pobreza. El deudor no es un delincuente, ni un perezoso; es, muchas veces, una víctima de un sistema que no ofrece salidas claras ni equitativas.
En lugar de señalar con el dedo desde un pedestal de privilegios, deberíamos exigir mejores regulaciones financieras, tasas de interés justas y una educación financiera real que no se base en frases motivacionales vacías, sino en herramientas concretas para defender nuestro dinero y nuestro patrimonio.
La pobreza no se cura con ganas; se combate con justicia económica, regulaciones equitativas y defensa real de los derechos del ciudadano.
Si has sido víctima de este discurso mientras tus deudas siguen creciendo, o si necesitas asesoría sobre tus obligaciones financieras, te recomendamos acercarte a la Organización Nacional de la Defensa del Deudor. Estamos aquí para asesorarte de manera real, técnica y legal, sin promesas vacías. También te sugerimos contactar a las autoridades competentes en materia de protección al consumidor si consideras que has sido víctima de prácticas financieras abusivas.




