“No actúes como si fueras a vivir diez mil años. La muerte pende sobre ti. Mientras vivas, mientras puedas, sé bueno”.
Marco Aurelio; Libro VII de Meditaciones
“El hombre debe mantenerse recto, no ser enderezado”.
Marco Aurelio; Libro VII de Meditaciones
Citamos a Marco Aurelio por aquello de que al senador le gusta improvisar de filósofo en redes sociales, mientras se atrinchera en Badiraguato…
Mas el estoicismo exige carácter y Enrique Inzunza no lo tiene. Si acaso exhibe miedo. ¿Ya se le olvidó “el que nada debe, nada teme” que nos recetaba su líder moral a la gente de a pie cada dos por tres?
Pretextos sobran cuando no se tiene el valor de enfrentar las consecuencias de los propios actos. Como dice el dicho: la retórica siempre aparece cuando el coraje desaparece. Así que no hay que darle demasiadas vueltas: Enrique Inzunza es un cobarde.
Es, además, la única de las autoridades mexicanas —señaladas al momento por el gobierno estadounidense por presuntos vínculos con el narcotráfico— que continúa cómodamente instalado en su cargo, protegido por el fuero constitucional y por el silencio disciplinado de Morena. No acudió a la sesión permanente del Senado, aunque apenas unos días antes había asegurado —se había mofado del pueblo bueno, de hecho— que sí lo haría. Desde Badiraguato —esa geografía convertida ya en símbolo político del poder criminal en México— publicó una larga perorata digital intentando disfrazar lo evidente: no pide licencia, no se presenta y no da la cara porque tiene miedo.
Naturalmente, intentó vender la ausencia como un gesto de “responsabilidad” para evitar un espectáculo opositor. Sinvergüenza.
El argumento es casi enternecedor. Miren ustedes el nivel de la tergiversación que se avienta este señor: Morena controla el Senado, domina la agenda legislativa, reparte cargos, silencios y blindajes. Nadie iba a linchar políticamente a Inzunza. A lo sumo, tendría que soportar algo que en el obradorismo suele considerarse persecución: preguntas incómodas. Pero incluso eso parece demasiado para quien durante años ejerció poder desde Sinaloa con absoluta impunidad.
Ni siquiera se trata ya solamente del señalamiento estadounidense, suficientemente grave por sí mismo. Aquí nos referimos al patrón. Ahí está el video de 2017 donde el hoy senador aparece desnudo y masturbándose en una grabación enviada presuntamente sin consentimiento a una jueza que trabajaba bajo sus órdenes en el Poder Judicial de Sinaloa. La denuncia por acoso sexual llegó desde 2018. No prosperó. No pasó nada.
El feminismo oficialista de la 4T, tan estridente para unas cosas y tan silencioso para otras, decidió mirar hacia otro lado. (Tome nota señora presidenta Sheinbaum). La víctima era jueza y mismo así el aparato institucional le falló de cabo a rabo. O quizá no falló: quizá funcionó exactamente como funciona el poder en México cuando el acusado pertenece al grupo “correcto” llamado “Regeneración” Nacional.
El caso Inzunza no es una anomalía; es una metodología patentada por este régimen que nos desgobierna. Cambian los nombres, permanece la estructura. Félix Salgado Macedonio. Cuauhtémoc Blanco. Funcionarios denunciados, protegidos, reciclados y después reivindicados desde la narrativa oficial. Morena convirtió el discurso anticorrupción en una especie de cosmética moral: se usa para campañas, no para rendición de cuentas. Y cuando alguno de los suyos queda atrapado entre escándalos de corrupción, presuntos nexos criminales o acusaciones de violencia sexual, el movimiento activa su reflejo condicionado favorito: cerrar filas y llamar “ataque político” a cualquier intento de escrutinio.
Ahí está precisamente el verdadero deterioro institucional. Las democracias levanta dedos vacían los mecanismos de control y sustituyen la responsabilidad pública por lealtades personales. México lleva años avanzando en esa dirección: el poder ya no se utiliza para someterse a la ley, sino para escapar de ella.
Por eso Inzunza no se mueve de Badiraguato. No es solamente prudencia jurídica; es cálculo político. Pretende conservar el escaño, aferrarse al fuero y evitar cualquier posibilidad de ser entregado a autoridades estadounidenses. Resulta incluso grotesco observar cómo un senador de la República parece actuar bajo la lógica de un prófugo anticipado. Como si la justicia federal mexicana fuera una molestia administrable y la estadounidense un peligro real.
Y quizá ahí aparezca la parte más obscena de toda esta historia: el miedo no es —como debiera ser— a la opinión pública mexicana. El pavor es a perder la protección política que durante años convirtió la opacidad y el crimen en una extensión natural del poder.
Mientras tanto, en el Senado que corta micrófonos a Lilly Téllez y abuchea a víctimas incómodas como Grecia Quiroz, ningún correligionario parece dispuesto siquiera a pedirle al senador sinaloense que se comporte como representante popular y no como un cobarde que se esconde detrás de la falda del cargo. Ni dignidad institucional ni pudor político ni responsabilidad mínima. Apenas el blindaje tribal de siempre.
Y quizá eso explique mejor que cualquier encuesta el momento político del país: Morena prometió acabar con los privilegios, pero terminó administrando el fuero como franquicia de protección personal. La “transformación” reducida a esto: políticos que citan a los estoicos mientras se esconden del mundo real.
Giros de la Perinola
Hoy, adivinanzas:
¿Cuál es la diferencia entre Carlos Manzo y Rubén Rocha Moya?
Pues que a uno le escatimaron la escolta que necesitaba, aun cuando existían alertas sobre el riesgo que corría su vida. Al otro, señalado por presuntos vínculos con el narcotráfico, el Estado mexicano le despliega protección militar financiada con recursos públicos. A Manzo lo dejaron solo; a Rocha lo rodean de seguridad como si el verdadero riesgo no fuera un atentado, sino la posibilidad de que algún día decida hablar fuera de México.
¿Quién es el árbol que nace torcido y jamás su tronco endereza? La pista la da la cita de Marco Aurelio compartida por Inzunza —“hay que mantenerse recto, no enderezado”. Y es que ocurre algo curioso: existen frases que no dignifican a quien las pronuncia, sino que exhiben todavía más sus contradicciones. Sobre todo cuando son utilizadas por alguien que anda bien chueco y no parece dispuesto a enderezarse.



