Terminó la fiesta mundialista y México volvió a una realidad menos brillante: una economía que crece poco, inversión cautelosa y una relación con Estados Unidos sujeta al capricho político y comercial de Donald Trump.
Los economistas han recortado nuevamente sus expectativas. Para 2026, el crecimiento se estima en apenas 1.1%. No es una crisis, pero sí confirma un problema persistente: el país está estancado. En la última década, México ha promediado crecimientos cercanos al 2% anual, muy por debajo del 4 o 5% que registró en los años noventa tras la apertura comercial, o del 6% que alcanzaron economías asiáticas comparables. A ese ritmo actual, tomaría más de 30 años duplicar el ingreso per cápita.
México no cae, pero tampoco avanza. Evita el colapso, pero se instala en la mediocridad.
Y sobre esa fragilidad reaparece Trump.
El presidente estadounidense ha convertido los aranceles en su principal herramienta de presión. Ya no son solo un mecanismo económico, sino un instrumento político para imponer condiciones y recordar el peso de su mercado, que absorbe más del 80% de las exportaciones mexicanas —una dependencia mucho mayor que la de Canadá (alrededor del 75%) o Alemania respecto a cualquier socio individual.
México volvió a ser afectado. Estados Unidos impuso un arancel de 10% a exportaciones fuera del T-MEC, en medio de tensiones en sectores clave como el automotriz y el acero. El sector automotriz por sí solo representa cerca del 30% de las exportaciones totales del país y emplea directa e indirectamente a más de 3 millones de personas. México es el séptimo productor mundial de vehículos y el principal exportador hacia Estados Unidos, con más del 80% de su producción destinada a ese mercado. Cualquier alteración en reglas de origen o aranceles impacta de inmediato en cadenas productivas completas.
El gobierno mexicano minimiza el impacto, y quizá lo sea en comparación con otros países. Pero el problema no es el porcentaje, sino la incertidumbre.
Una economía no prospera cuando las decisiones dependen de la próxima señal de Washington. Ninguna empresa invierte a largo plazo sin reglas claras. La inversión fija bruta en México representa alrededor del 21% del PIB, por debajo del promedio de economías emergentes que supera el 25%. Además, tras la caída de más del 18% en 2020 por la pandemia, la recuperación ha sido irregular y aún no alcanza una trayectoria sostenida de expansión. Cada episodio de tensión comercial añade un nuevo freno.
Los mercados toleran aranceles; lo que no soportan es la arbitrariedad.
Hoy es el sector automotriz; mañana puede ser cualquier otro. Trump ha convertido todos los temas en una sola negociación, usando el peso económico de Estados Unidos para exigir concesiones.
México ya no negocia con un socio previsible, sino con un presidente que amenaza, presiona y luego concede treguas que presenta como victorias.
Nos hemos acostumbrado a celebrar que el golpe sea menor.
Celebramos prórrogas, llamadas, reducciones de castigo. Celebramos evitar lo peor, aunque la amenaza siga presente.
Eso no es estabilidad, es supervivencia.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha actuado con prudencia y eficacia, evitando una confrontación abierta que sería perjudicial. Pero la diplomacia no basta.
México no puede basar su política económica en la esperanza de moderar a Trump ni depender de excepciones temporales.
Trump presiona porque puede.
Puede hacerlo porque más del 80% de nuestras exportaciones van a Estados Unidos, porque confundimos integración con dependencia y porque no fortalecimos suficientemente nuestras capacidades internas: productividad, innovación, infraestructura y seguridad jurídica. Mientras Corea del Sur invierte más del 4% de su PIB en investigación y desarrollo, México apenas supera el 0.3%.
No toda la responsabilidad es externa.
México permitió esa vulnerabilidad. Durante años se celebró el crecimiento exportador —que pasó de representar menos del 20% del PIB en los años ochenta a más del 40% hoy— sin prever que el acceso al mercado estadounidense podría convertirse en un instrumento de presión.
Ese momento llegó.
La revisión del T-MEC debió prepararse como una estrategia de Estado. Lo que está en juego no es solo comercio, sino el modelo económico del país para las próximas décadas.
Estados Unidos busca aumentar el contenido nacional en la producción regional, especialmente en el sector automotriz, donde actualmente las reglas de origen exigen un 75% de contenido regional. Washington presiona para elevar el componente específicamente estadounidense, lo que reduciría la participación de proveedores mexicanos y encarecería la producción. México se opone porque afectaría inversiones por miles de millones de dólares, cadenas productivas integradas durante más de 25 años y cientos de miles de empleos en autopartes y ensamblaje.
Pero el fondo es otro: Washington intenta reconfigurar la economía regional en su favor. Para Trump, el comercio no es cooperación, sino competencia.
México enfrenta esta negociación con bajo crecimiento, inversión incierta y debilidades estructurales.
No estamos condenados, pero tampoco podemos negociar solo con buenas intenciones.
Se requiere estrategia.
México debe defender el T-MEC y reducir su dependencia. Diversificar mercados no implica abandonar a Estados Unidos, sino equilibrar la relación. Hoy, menos del 20% de las exportaciones mexicanas se dirigen al resto del mundo, a pesar de contar con más de 50 acuerdos comerciales. También exige fortalecer el mercado interno, apoyar a las pymes —que generan más del 70% del empleo pero apenas acceden a una fracción del financiamiento—, garantizar energía competitiva y ofrecer certeza jurídica.
La confianza se construye.
Hoy los inversionistas ven demasiadas dudas: el futuro del acuerdo, posibles nuevos aranceles y la estabilidad de las reglas internas.
Por eso México vive en vilo.
A la espera de la siguiente amenaza o decisión desde Washington.
No podemos normalizar esta dependencia ni celebrar cada alivio como triunfo. Un país serio se prepara para no ser vulnerable.
Trump usa los aranceles como un derecho de piso comercial. Pero el problema no es solo quien cobra, sino quien ha aceptado pagar.
Y aquí va la advertencia: si México no corrige esta dependencia estructural, no solo seguirá expuesto a presiones externas, sino que perderá oportunidades históricas como el nearshoring. Mientras México ha captado una parte relevante de nuevas inversiones manufactureras, países como Vietnam han incrementado sus exportaciones a Estados Unidos en más de 150% en la última década, aprovechando tensiones comerciales que México no ha capitalizado plenamente.
México debe dejar de reaccionar con temor.
Un país que vive pendiente de la próxima amenaza no dirige su economía ni controla su destino.
Simplemente vive en vilo.
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