Durante varias semanas, millones de personas suspendieron momentáneamente sus preocupaciones para seguir partidos, discutir resultados, acompañar a sus selecciones y entregarse a la euforia del espectáculo. El Mundial consiguió aquello que sólo los grandes acontecimientos deportivos pueden producir: alterar rutinas, congregar sociedades distintas, construir conversaciones comunes y ofrecer un paréntesis emocional frente a una realidad cada vez más áspera.
Pero se retiraron las banderas, se desmontaron los escenarios, se apagaron las luces y la vida volvió a mostrar su rostro habitual.
El mundo reapareció exactamente tan imbricado, revuelto y amenazante como estaba antes de la euforia mundialista; quizá incluso en peores condiciones, porque durante esas semanas muchos problemas no solamente permanecieron: se agravaron.
El Mundial no detuvo la historia. Únicamente consiguió que durante algún tiempo miráramos hacia otro lado.
Y al regresar la vista, descubrimos que la manada de elefantes seguía dentro de la casa.
Ahí continúa el elefante de la guerra, destruyendo ciudades, provocando muertes y amenazando con extender conflictos que ya nadie parece capaz de contener. Ahí está el elefante de la incertidumbre económica, empujando el precio de la energía, alterando mercados y colocando nuevamente a millones de familias frente al riesgo de inflación y pérdida del poder adquisitivo. También permanecen el elefante de la violencia criminal, el de la migración perseguida, el del autoritarismo, el de la pobreza, el de la desigualdad y el de gobiernos que sustituyen soluciones con propaganda.
Ninguno salió de la habitación mientras rodaba el balón.
Estados Unidos acumula noches consecutivas de ataques contra objetivos en Irán, mientras Teherán y sus aliados responden y amenazan algunas de las rutas marítimas y energéticas más importantes del planeta. El crudo Brent superó nuevamente los cien dólares por barril y Naciones Unidas advirtió que la crisis regional se aproxima a un punto extraordinariamente peligroso. Donald Trump, quien durante años construyó parte de su discurso denunciando las llamadas “guerras eternas”, vuelve ahora a hablar de una ofensiva mucho mayor.
La contradicción es brutal. Quien prometía evitar nuevas aventuras militares se encuentra conduciendo otra escalada cuyas consecuencias humanas, económicas y geopolíticas pueden resultar devastadoras. Las guerras suelen comenzar con discursos sobre operaciones limitadas, golpes quirúrgicos y objetivos precisos; después se prolongan, multiplican enemigos, afectan a poblaciones civiles y generan crisis que nadie sabe cómo terminar.
El espectáculo futbolístico ofreció durante unas semanas una imagen de convivencia internacional: selecciones de culturas distintas compartiendo estadios, aficionados viajando entre países y banderas coexistiendo en las calles. Al mismo tiempo, fuera de ese escenario, las potencias continuaban resolviendo sus diferencias mediante misiles, bloqueos, amenazas y represalias.
La contradicción no podría ser más evidente: mientras el futbol celebraba la unidad del mundo, la política profundizaba sus fracturas.
También reaparece con toda su fuerza la incertidumbre económica. Trump anunció nuevos aranceles para decenas de socios comerciales y volvió a demostrar que utiliza el comercio como instrumento de presión política. México mantiene una negociación particularmente delicada con Washington en torno al futuro del T-MEC, la integración productiva, la industria automotriz, el acero, la agricultura y la relación económica con China. Las conversaciones continúan, pero la falta de definiciones mantiene a empresas, inversionistas y trabajadores bajo una incertidumbre que ya comienza a producir ajustes en las cadenas de producción.
México no puede reducir su estrategia a esperar la siguiente decisión de Trump. La dependencia comercial con Estados Unidos constituye una realidad imposible de ignorar, pero precisamente por ello se requiere una política económica más sólida, diversificación de mercados, fortalecimiento del mercado interno, inversión en infraestructura, seguridad jurídica y una defensa firme de los intereses nacionales.
Cada amenaza arancelaria recuerda que la integración económica no garantiza una relación equilibrada cuando una de las partes está dispuesta a convertir su poder comercial en mecanismo de intimidación.
El elefante de la inseguridad tampoco desapareció durante el Mundial. Apenas terminada la celebración, los gobiernos de México y Estados Unidos anunciaron una ofensiva financiera de gran alcance contra el Cártel Jalisco Nueva Generación. La acción coordinada alcanzó a 55 personas y entidades presuntamente relacionadas con redes de narcotráfico, lavado de dinero y estructuras empresariales utilizadas para ocultar recursos ilícitos.
La noticia confirma algo que debería preocupar profundamente: las organizaciones criminales ya no operan únicamente mediante hombres armados, laboratorios clandestinos o rutas de tráfico. También utilizan empresas, gasolineras, comercios, desarrollos inmobiliarios, estructuras financieras y prestanombres. Se incrustan en la economía formal, contaminan actividades legítimas y construyen redes de influencia que pueden alcanzar instituciones y comunidades enteras.
Durante el Mundial, la violencia dejó temporalmente de ocupar el centro de la conversación pública. Pero no desaparecieron los homicidios, las desapariciones, la extorsión, el cobro de piso, el reclutamiento de jóvenes ni el control territorial ejercido por grupos criminales.
El silencio mediático nunca debe confundirse con una solución.
La crisis migratoria tampoco se tomó vacaciones. México emprendió acciones legales y presentó denuncias después de las muertes de ciudadanos mexicanos bajo custodia migratoria o durante operativos de ICE en Estados Unidos. Los reportes conocidos hablan de por lo menos 14 mexicanos fallecidos bajo custodia y de otros casos ocurridos durante redadas y detenciones.
Durante el Mundial, Estados Unidos intentó proyectarse como territorio abierto al mundo, receptor de visitantes y anfitrión de una celebración multinacional. Pero, terminado el torneo, regresan al primer plano las redadas, las detenciones, las expulsiones, la criminalización del migrante y una política que trata a millones de personas como amenazas antes que como seres humanos.
Resulta difícil conciliar la imagen de un país que invita al mundo a sus estadios con la de otro que persigue en sus calles a quienes contribuyen diariamente a su economía y a su vida social.
No se puede afirmar que la Copa Mundial haya sido un acontecimiento frívolo o inútil. El deporte ofrece alegría, descanso emocional, convivencia, identidad colectiva e incluso esperanza. En sociedades sometidas a tensiones permanentes, esos espacios poseen un valor real.
El problema aparece cuando el espectáculo funciona como anestesia; cuando gobiernos, empresas y organismos aprovechan la fascinación pública para desplazar temporalmente asuntos incómodos; cuando la propaganda pretende convertir una celebración deportiva en demostración de éxito político y cuando los ciudadanos confundimos el paréntesis con una transformación de la realidad.
El Mundial no resolvió una sola guerra, no redujo la pobreza, no contuvo la inflación, no protegió a los migrantes, no debilitó por sí mismo a las organizaciones criminales ni volvió más responsables a los gobiernos.
Nos permitió respirar. Pero respirar no significa haber curado la enfermedad.
España se llevó la Copa, la FIFA contó sus ingresos y Trump intentó apropiarse de la celebración. Los organizadores presentaron cifras, los patrocinadores difundieron campañas y los aficionados conservaron recuerdos que seguramente acompañarán a muchos durante toda la vida.
Pero después del último silbatazo nadie pudo llevarse la guerra, la violencia, la pobreza, la migración ni la incertidumbre económica.
Todos esos problemas permanecieron esperando afuera del estadio.
Y no permanecieron inmóviles. Mientras el mundo discutía goles, alineaciones y arbitrajes, los conflictos siguieron acumulando víctimas; las amenazas comerciales continuaron modificando expectativas; los grupos criminales mantuvieron sus operaciones; los migrantes siguieron siendo perseguidos y los gobernantes continuaron utilizando el miedo como herramienta de poder.
La manada de elefantes sigue en toda la casa.
Uno se llama guerra y amenaza con incendiar regiones enteras. Otro se llama inflación y entra silenciosamente en los hogares para reducir lo que alcanza a comprar un salario. Otro se llama crimen organizado y transita entre la clandestinidad y la economía formal. Uno más se llama autoritarismo y se alimenta del miedo, la propaganda y la división social.
También están el elefante de la migración, que exhibe la incapacidad del mundo para tratar con humanidad a quienes huyen de la pobreza o la violencia; el de la desigualdad, que convierte el crecimiento económico en privilegio de unos cuantos; el de la corrupción, que consume instituciones; y el de la incompetencia gubernamental, quizá el más difícil de reconocer porque suele disfrazarse con discursos, estadísticas y ceremonias.
Todos ocupan espacio. Todos rompen algo. Todos dejan consecuencias. Y demasiados gobernantes actúan como si bastara con no mencionarlos para que dejaran de existir.
El Mundial fue una celebración legítima. Pero ninguna sociedad puede vivir indefinidamente dentro de una celebración.
Después de la fiesta llega la cuenta. Después de la emoción, la responsabilidad. Después del espectáculo, la realidad.
Y esa realidad exige mucho más que diagnósticos solemnes, conferencias, promesas y campañas de comunicación. Exige diplomacia para frenar guerras, políticas económicas que protejan a las familias, cooperación efectiva contra el crimen, respeto a los derechos de los migrantes, instituciones capaces de contener el abuso y gobiernos dispuestos a resolver problemas en lugar de administrarlos políticamente.
El deporte puede inspirar; no puede sustituir a la política pública. Un gol puede producir felicidad colectiva; no puede llenar una mesa vacía. Una final puede reconciliar momentáneamente a una sociedad; no puede reparar por sí sola sus fracturas. Un estadio lleno puede mostrar entusiasmo; no demuestra que un país haya solucionado sus problemas.
El Mundial terminó. Ahora toca volver a la realidad, mirarla sin filtros y exigir a quienes gobiernan que dejen de administrar propaganda y comiencen a resolverla.
Porque el verdadero desafío no consistía en llenar estadios, organizar ceremonias o proclamar el éxito de una competencia. Consiste en enfrentar a los elefantes que continúan dentro de la casa y que cada día ocupan más espacio.
Se apagaron las luces, terminó la música y se retiraron las banderas. La fiesta concluyó. La manada sigue ahí. Y ahora ya no tenemos el pretexto de decir que no la vemos.
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