“La política consiste en saber quién obtiene qué, cuándo y cómo”.

Harold D. Lasswell

Ni una fotografía cambia una negociación. Ni la del palco de honor durante la final del Mundial. Ni la de Claudia Sheinbaum sonriendo junto a Donald Trump. Ni la más reciente con Jamieson Greer, representante comercial de Estados Unidos.

Las fotografías sirven para las conferencias mañaneras, los boletines oficiales y las cuentas de X. Las negociaciones sirven para conocer la realidad.

Y la realidad es bastante menos fotogénica de lo que nos quiere hacer creer el gobierno de México.

Desde hace semanas, la narrativa oficial insiste en que la relación entre México y Estados Unidos atraviesa un buen momento. Se presume la invitación al Mundial, los elogios que Trump dedica a la presidenta mexicana y las reuniones de alto nivel como si cada imagen constituyera una prueba irrefutable del éxito diplomático.

No lo son. Nunca lo fueron. Por más veces que se compartan en redes sociales o se exhiban como trofeos diplomáticos.

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Llevo prácticamente dos años escribiendo en este espacio que con Donald Trump conviene analizar menos las fotografías y más las órdenes ejecutivas; menos los elogios y más las condiciones que impone. Porque Trump negocia exactamente igual que hace ocho años: primero halaga, después presiona.

No existe contradicción. Existe Trump.

Puede decir que Claudia Sheinbaum es una mujer “maravillosa”, amable y respetable. Cinco minutos después afirmar que está rebasada por los cárteles del narcotráfico. Puede estrechar manos frente a todas las cámaras y, antes incluso de que las fotografías lleguen a la portada de los periódicos, anunciar nuevos aranceles, endurecer inspecciones fronterizas, exigir acciones contra el fentanilo o convertir la revisión del T-MEC en un instrumento de presión política.

Una cosa son las cortesías. Otra muy distinta son los intereses nacionales.

Hablemos solo de las últimas semanas:

La primera fotografía fue la del Mundial. El discurso oficial habló de una invitación privilegiada y de una relación personal sólida entre ambos mandatarios. Apenas pasaron unos días y Washington volvió a endurecer la presión comercial. La imagen permaneció intacta. La política también. Lo único que cambió fue el álbum fotográfico del gobierno mexicano.

La segunda fotografía es la reunión con Jamieson Greer. Palacio Nacional habló de “avances” en la revisión del T-MEC. Del lado estadounidense, en cambio, el mensaje fue muy distinto: seguridad, narcotráfico, migración, agua, frontera, reglas comerciales y competitividad formarían parte de la conversación.

Da la impresión de que ambos gobiernos asistieron a reuniones distintas. O, cuando menos, de que leyeron minutas diferentes.

La tercera fotografía es quizá la más reveladora. Mientras México celebra el diálogo, Washington continúa acumulando instrumentos de presión: acero, aluminio, jitomate, reglas de origen, inspecciones, nuevas exigencias regulatorias y ahora otro arancel del diez por ciento para diversos países, entre ellos México.

Marcelo Ebrard sostiene que, en realidad, nada cambia demasiado porque el nuevo gravamen sustituye otro que ya existía. Técnicamente podrá tener razón. Políticamente, el mensaje es otro. Si uno escucha al secretario de Economía, casi habría que agradecer que el castigo no fuera mayor. Es una forma curiosa de medir el éxito de una negociación.

Quien sigue marcando el ritmo continúa siendo Estados Unidos.

Y ahí aparece el verdadero problema. No necesariamente que México negocie mal. El problema empieza mucho antes: en el diagnóstico. La administración de la 4T sigue confundiendo la cortesía de Trump con una alianza política. Como si una sonrisa modificara una estrategia. Como si un elogio alterara una relación de fuerza.

Pero esa nunca ha sido la discusión. La discusión tampoco consiste en determinar si los argumentos estadounidenses son ciertos. Muchos no lo son. Otros están claramente exagerados. Varios responden mucho más a la política interna norteamericana que a la realidad mexicana.

Eso importa, desde luego. Pero no cambia el hecho esencial.

En una negociación internacional no impone las condiciones quien tiene la razón. Las impone quien posee mayor capacidad para hacerlo.

Trump lo sabe. Vive, políticamente, de saberlo.

También sabe que más del ochenta por ciento de las exportaciones mexicanas tienen como destino el mercado estadounidense. Sabe que la revisión del T-MEC representa una oportunidad extraordinaria para incorporar asuntos que, estrictamente hablando, ni siquiera pertenecen al tratado: migración, fentanilo, seguridad, inversiones chinas, energía, agua, automóviles o nearshoring.

Jurídicamente podrá ser discutible.

Políticamente resulta perfectamente previsible.

Así negocia Trump.

Por eso sorprende que, a estas alturas, todavía haya quienes dentro de la administración pública y entre los seguidores de la 4T confundan una fotografía con una alianza política. Como si un elogio obligara al presidente estadounidense a moderar su estrategia. Como si una invitación alterara la lógica de una negociación comercial. Como si las buenas maneras sustituyeran las relaciones de fuerza.

Trump no negocia amistades. Negocia posiciones de poder. Los elogios son parte del protocolo. Las concesiones, no.

Mientras tanto, el discurso oficial mexicano parece resumirse siempre en la misma frase: “todo va bien”. Lo preocupante es que Washington parece no haberse enterado. Porque, conforme pasan las semanas, aumentan las presiones comerciales, aparecen nuevas exigencias y se amplían los temas que Estados Unidos pretende colocar sobre la mesa.

Si eso es una negociación favorable, convendría preguntarnos cómo luce una desfavorable.

Ni una fotografía.

Ni dos.

Ni tres.

Ni un palco mundialista.

Ni una reunión con Jamieson Greer.

Ni todos los elogios que Donald Trump quiera dedicarle a Claudia Sheinbaum modificarán una realidad elemental de la política internacional: los países no negocian con afectos. Negocian con intereses.

Las fotografías pertenecen al protocolo.

Las condiciones del acuerdo pertenecen al poder.

Y cuando la negociación comienza, las fotografías dejan de importar.

Lo único que realmente cuenta es quién termina escribiendo las condiciones del acuerdo.

Hasta ahora, las mejores fotografías parecen haberse tomado en México.

Las mejores negociaciones, no.