Morena llegó al poder hablando de acabar con los grupos que se sentían dueños de los estados.

De esos políticos que se sienten dueños de un estado, de un partido, de las candidaturas y hasta del futuro político de quienes vienen detrás.

Pues resulta que ahora el problema está en casa.

Porque mientras Morena comienza a mover sus piezas rumbo a 2027, lo que estamos viendo no es solamente una definición de candidatos. Estamos viendo una pelea por algo mucho más importante: quién va a tener la última palabra.

Y ahí es donde las cosas empiezan a ponerse interesantes.

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Morena ya comenzó a definir a sus coordinadores estatales rumbo a las 17 gubernaturas que estarán en juego el próximo año. El discurso oficial es claro: las candidaturas se definirán mediante encuestas.

Hasta ahí, todo muy democrático.

El pequeño detalle es que en varios estados ya se empiezan a mover los grupos, los gobernadores y los personajes que quieren quedarse con la sucesión.

Y eso cambia completamente la historia.

Porque un gobernador puede decir que no está metiendo las manos.

Su grupo político puede decir que tampoco.

Pero cuando el candidato que aparece termina siendo alguien cercano a la estructura del gobernador, pues tampoco hay que descubrir el hilo negro para entender que hay intereses en juego.

Quintana Roo es un ejemplo.

Gino Segura, cercano a Mara Lezama, fue designado coordinador estatal.

En Baja California, en cambio, Morena eligió a Julieta Ramírez, una figura que ha tenido cercanía con Marina del Pilar, pero cuya designación también ha sido interpretada como una señal de que la gobernadora no necesariamente tendrá el control absoluto de la sucesión.

Y luego está Zacatecas.

Ahí la designación de Verónica Díaz volvió a poner sobre la mesa el peso de los grupos políticos y las dudas alrededor de las encuestas.

Porque esa es justamente la parte incómoda.

Morena dice que decide la gente. Los grupos dicen que tienen estructura. Los gobernadores tienen territorio. Y la dirigencia tiene las encuestas.

¿Quién manda?

La respuesta todavía no está del todo clara.

Pero Claudia Sheinbaum ya mandó un mensaje que sí lo está.

Después de la polémica provocada por Alejandro Armenta, la presidenta recordó que los gobernadores no son quienes deciden las candidaturas de Morena y que el método son las encuestas.

Y eso no es un detalle menor.

Porque cuando la presidenta tiene que salir a recordarles a los gobernadores quién decide las candidaturas, es porque alguien necesita que se lo recuerden.

No nos hagamos.

El verdadero pleito rumbo a 2027 no solamente va a estar entre Morena y la oposición.

También va a estar dentro de Morena.

Entre los gobernadores que quieren dejar sucesor, los grupos que quieren conservar posiciones, los partidos aliados que quieren su parte del pastel y una dirigencia nacional que necesita mantener el control de las decisiones.

Y aquí aparece otro ingrediente: el PT.

El partido ya expresó su molestia por la forma en que Morena está tomando algunas decisiones rumbo a 2027 e incluso ha dejado sobre la mesa la posibilidad de competir por separado.

Porque cuando hasta los aliados empiezan a decir “así no”, algo está pasando.

Y esto apenas empieza.

Todavía falta ver qué ocurrirá cuando lleguen las definiciones importantes. Cuando los grupos que hoy sonríen en las fotos descubran que su candidato no fue el elegido. Cuando una encuesta diga una cosa y una estructura territorial diga otra.

Ahí vamos a conocer realmente qué tanto pesan las encuestas.

Porque decir que Morena ya no funciona como antes es muy fácil.

Lo difícil es demostrarlo cuando llega la hora de repartir el poder.

Durante años, Morena criticó a los políticos que se sentían dueños de sus estados.

Ahora tiene gobernadores, estructuras y grupos políticos propios.

Y el riesgo es muy sencillo de entender: que los grupos de poder simplemente hayan cambiado de color.

Porque el poder no desaparece. Se acomoda.

Y rumbo a 2027 vamos a descubrir quién se acomodó dónde.