En días pasados, después de preparar una conferencia sobre “la historia de las corrientes psicológicas en México”, tuve que hacer algunas omisiones y observaciones críticas y autocríticas sobre los puntos que abordaría durante la presentación (Ver: “Historia de la Psicología en México”, 23 de abril, 2026: https://www.youtube.com/live/Wn1mT-UAyoI?si=ykFVKSPoUr84c_RG). Y justo una de las reflexiones que dejé de lado, por el momento, como consecuencia de esas omisiones, para no engancharme en un territorio pantanoso y evitar la entrada a caminos sinuosos, fue el proceso o los procesos de rupturas, confrontaciones, tensiones y conflictos que suelen caracterizar a las comunidades científicas y académicas.
En efecto, se trata de una fenomenología de las comunidades de este tipo que habría que ponderar y explorar con mucho más cuidado, porque los procesos específicos de ruptura, separación o contradicción no necesariamente constituyen movimientos de cambio en un sentido lineal ni armónico. Generalmente, dichos cambios son complejos, porque se dan, sobre todo, en núcleos sociales donde hay intereses, principios, valores y juegos de poder en disputa y en el fondo (o en la superficie y a flor de piel), y donde hay historias iniciales de identidad y cohesión, pero que por alguna razón se resquebrajan.
Por otra parte, hay que analizar, en un sentido historiográfico, los ámbitos en que se generan estos fenómenos de cambio, que no son triviales. Están los cambios en los paradigmas o en los núcleos teóricos de los posicionamientos científicos, que muchas veces traen aparejadas rupturas en las relaciones personales. Pero también existen las rupturas de los núcleos de unión o asociación institucional (no teórico ni metodológico) de los miembros de una comunidad de docentes, investigadores y directivos de determinados programas o proyectos académicos. Las rupturas y las confrontaciones, entonces, no sólo se dan en los ámbitos científicos y de lealtades académicas institucionales, sino también en los planos ideológico-político y de relaciones personales o interpersonales. Esto es de verdad muy complejo de comprender y explicar.
En el caso de la comunidad de la psicología, en México, se observan historias de rupturas de ambas clases: las que se han derivado de diferencias en los paradigmas y las convicciones científicas, y los choques de trenes o confrontaciones que se han producido, casi irreversibles, por motivos de jerarquías, lealtades y discrepancias en el terreno institucional y en lo más básico o esencial de las relaciones personales o interpersonales.
Adicionalmente, como lo señalé en la conferencia celebrada el pasado 23 de abril, los conflictos que caracterizan a las comunidades científicas y académicas se presentan en contextos sociohistóricos determinados o caracterizados por coyunturas políticas, culturales y sociales definidas o determinadas, tanto en los planos nacionales como en los estatales o locales.
La comunidad de psicólogas y psicólogos, de nuestro país, ha atravesado por coyunturas de cambios profundos en los ámbitos nacional o regional, y en el seno de las propias instituciones de educación superior, y ello ha traído como consecuencia cambios radicales en las posiciones teóricas, metodológicas, filosóficas e ideológico-políticas de los integrantes de esta singular comunidad.
Son historias y micro historias sobre las cuales se ha escrito poco (cuestión a indagar en lo sucesivo), y menos aún se han registrado puntualmente los episodios de rupturas o separaciones, por ejemplo, que se han dado al interior de la Facultad de Psicología de la UNAM; así como de las pequeñas comunidades de docentes, estudiantes y directivos de las Facultades de estudios superiores (antes ENEP) de Iztacala y Zaragoza de la misma UNAM. Historias que han pasado de la identidad social y la cohesión a la movilidad, la crisis y la ruptura.
Debido a que las historias de las comunidades científicas y académicas no se pueden analizar y estudiar desde un enfoque lineal y de “puras relaciones de armonía”, porque sería una simplificación, convendría poner más atención a los significados de los cambios históricos con rupturas, tensiones y contradicciones puesto que forman parte sustantiva y adjetiva de este tipo de comunidades.
El caso que mejor conozco es el de la comunidad de Iztacala y, como lo he dicho en otros textos, es un secreto a voces que ahí hubo una ruptura científica y académica (o institucional), que puso en entredicho a la cohesión, la unidad y la armonía que se vivió durante los primeros 8 o 10 años de vida del proyecto educativo y curricular de la Carrera de Psicología.
En dos o tres textos he expuesto mis ideas en torno a los rasgos de las rupturas que se vivieron en Iztacala. Por cierto, uno de los puntos anotados en ellos, es el que se refiere al hecho de que falta recuperar las voces de la disidencia del conductismo en esa unidad académica de la UNAM. Particularmente, sobre los hechos y las narrativas que se dieron o generaron durante el periodo 1975-1986.
En un texto publicado hace siete años, que lleva por título: “Historias sobre la Psicología “Conductista” (“la ruptura”)”, (SDP Noticias.com, 30 de julio, 2019) me referí a las alusiones que se podrían desprender de algunos textos de quienes formaron parte de la comunidad académica de la carrera de psicología, en Iztacala, durante sus inicios, y que a través de sus textos manifiestan, directa o indirectamente, las huellas de la ruptura experimentada durante el periodo antes mencionado. (Ver:www.sdpnoticias.com/columnas/conductista-psicologia-historias-ruptura.html)
Ese es uno de los temas o enfoques pendientes de revisar en la necesaria construcción y reconstrucción de la historia de la psicología en México.





