“피, 땀, 눈물” (Sangre, sudor y lágrimas)
BTS
Las prioridades no están en chino. Están en coreano. De hecho, deberían estar en español… y en petróleo. Pero bueno.
Ayer, mientras el país amanecía con una noticia finalmente reconocida por el propio gobierno —México dejará de enviar petróleo a Cuba—, la presidencia de la 4T decidió explicar, desde la mañanera, que había enviado una carta al primer ministro de Corea del Sur. ¿El motivo? Pedir su intervención para que BTS abra más fechas de conciertos en México, luego de que miles de fans se quedaran sin boleto.
No es broma, aunque lo parezca.
El anuncio del fin del subsidio petrolero a Cuba no fue el resultado de una política exterior responsable ni de una decisión estratégica largamente pensada. Fue control de daños. Un movimiento apresurado para contrarrestar la torpeza pública del episodio BTS y el ruido innecesario que la propia 4T generó. Mal sacado, mal explicado y, para colmo, colocado en el momento equivocado. Si el gobierno hubiera querido darle peso, lo habría reservado para una mañanera “seria”, con narrativa, contexto y datos. No como parche.
La 4T no está gobernando: está administrando contradicciones. Entre lo que puede decir —para no incomodar al expresidente— y lo que debería hacer —para que el país no se le deshaga en las manos— hay un abismo que cada día se vuelve más visible. Y más incómodo.
La carta a Corea del Sur no fue solo frívola. Fue sintomática. Revela a un gobierno que aún no decide si quiere comportarse como jefatura de Estado… o como gestor emocional de su base política.
Tal vez la prioridad era mostrarse cercana, empática, “cool”.
Tal vez era evitar que Marcelo Ebrard capitalizara políticamente el anuncio de la llegada de BTS a México.
Tal vez ambas cosas.
Pero mientras la 4T jugaba a ser ARMY, el país seguía acumulando sangre, sudor y lágrimas.
Blood, Sweat & Tears no es una metáfora pop: es la realidad de las madres buscadoras que excavan con las manos, de las fosas que crecen sin nombre, de un territorio convertido en cementerio. Sangre derramada sin justicia, sudor invertido sin respuesta, lágrimas normalizadas por un Estado que ya ni siquiera finge sorpresa.
Dynamite describe mejor a México que cualquier informe oficial. Violencia, inflación, desempleo, desabasto de medicinas, incertidumbre financiera, improvisación jurídica. Todo mezclado. Todo inestable. Un polvorín al que se le sigue prendiendo fuego con ocurrencias y distracciones.
Butter. Así se les resbalan los problemas a los gobiernos de la 4T: las pifias, los señalamientos, las omisiones. Como si nada fuera urgente. Como si nada fuera responsabilidad propia. La diferencia es que la mantequilla de BTS genera millones y entusiasmo global; la mantequilla gubernamental solo provoca agruras… y desgaste institucional.
Fake Love. Tan falso como la austeridad republicana que convive con togas carísimas, ropa de diseñador, casas de descanso y vidas de mirreyes versión 4T. Tan falso como decir que aman al pueblo mientras recortan vacunas, perpetúan el desabasto de medicinas y normalizan la violencia.
DNA. El priismo que juraron erradicar corre por sus venas. En su ADN están los vicios del viejo régimen: clientelismo, simulación, impunidad y culto al líder. Cambiaron los discursos, no las prácticas.
No More Dream. El sueño prometido terminó en pesadilla. No somos Dinamarca en salud. Perdimos competitividad, seguridad y credibilidad. El Tren Maya devastó selva y cenotes sin detonar el turismo prometido. El Transístmico se descarriló —literal y simbólicamente—. El AIFA sigue vacío. Mexicana es un barril sin fondo. Pero el expresidente permanece intocable, blindado por su propio relato.
Y la presidencia de la 4T —la científica, la que prometía liderazgo ambiental, presencia internacional, negociaciones inteligentes del T-MEC y una voz fuerte en Davos— prefirió no ir a la cumbre y sí escribirle al primer ministro surcoreano para interceder por un concierto.
Ahí está el contraste brutal.
Mientras se anuncia, a regañadientes, el fin del petróleo a Cuba —una decisión con implicaciones económicas y geopolíticas reales—, la conversación pública fue desviada hacia el K-pop. No por gusto musical, sino por cálculo político. Porque la 4T gobierna mirando hacia atrás: cuidando no incomodar al pasado, aunque eso implique no mirar de frente al país.
Tiene razón Carlos Loret de Mola: están bailando. Bailando entre lo que pueden decir y lo que deberían hacer. Entre la herencia del sexenio anterior y las exigencias de la realidad.
Cada día, ese baile es más torpe. Y el país ya no está para conciertos.





