“Tener en quien recaiga la censura de los desaciertos”.

Baltasar Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia

“Parece la flor inocente, pero sé la serpiente que hay debajo”.

William Shakespeare, Macbeth

A Zoé Robledo todavía le tienen confianza. Qué inquietante. En el gobierno, la confianza puede durar exactamente lo que tarda un funcionario en recibir una encomienda que lo obliga a escoger cómo va a fracasar. La presidenta lo sostiene, le encarga resolver la crisis del IMSS y le pide encontrar dentro de la institución el dinero para hacerlo. Si yo estuviera en su despacho, empezaría a leer con mucho cuidado los elogios.

El 19 de octubre, Claudia Sheinbaum descartó que estuviera en duda su permanencia. El 20 explicó que le había encargado revisar gastos para mejorar la propuesta salarial, sin afectar los servicios. El ejercicio debe quedar esta semana. El respaldo viene con fecha de entrega; los recursos “adicionales”, por lo pronto, con una invitación a buscarlos.

Conviene precisar algo: pedir una redistribución interna no equivale a aprobar un recorte al presupuesto. Pero esa precisión contable no resuelve la encerrona política; tampoco el problemón que hay que resolver. Si para pagar mejor al personal hay que quitar dinero de otras tareas, la instrucción exige atender simultáneamente las carencias del hospital y encontrar qué parte de su funcionamiento puede esperar. La suficiencia de los recursos no se demuestra ordenando que alcancen. Todo lo contrario.

He trabajado suficientes años en el servicio público para saber que una renuncia también puede solicitarse mediante instrucciones. Te piden resultados, te estrechan el margen, te lo vuelven a estrechar, pero conservan intacta la exigencia. Después, si no pudiste, habrá quedado acreditada tu incapacidad. El superior no te echó: tú no diste el ancho. Una cortesía administrativa de las que dejan al despedido hasta debiendo las gracias.

Por eso leo lo de Zoé como una posible preparación de su salida. No porque ahorrar sea demencial en sí mismo, sino porque presentar el ahorro como respuesta a una crisis exige demostrar cuánto hay, dónde está y qué alcanza a resolver. Sin esas cuentas, pedir salarios mejores, abasto suficiente y atención oportuna con la misma bolsa se parece demasiado a poner un examen cuyo resultado ya se desea.

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La orden, además, le abre un problema cualquiera que sea su respuesta. Si encuentra gastos prescindibles suficientes, tendrá que explicar por qué sobrevivieron durante su gestión. Si no los encuentra, deberá explicar a los trabajadores por qué el aumento prometido tropieza con las instrucciones presidenciales. Puede haber ahorros reales; lo que no hay es una respuesta políticamente cómoda.

Y hay una dificultad que ninguna mañanera elimina: un aumento salarial se paga cada quincena. Cancelar una erogación por una sola vez no financia indefinidamente una nómina mayor. Hacen falta ahorros recurrentes, ingresos adicionales o una redistribución sostenible. Hacienda puede hacer esas cuentas. A Zoé le toca conseguir, además, que sus resultados parezcan suficientes ante médicos, enfermeras y pacientes.

O Claudia quiere hacerlo tronar o está probando si aguanta lo necesario para algo mayor. Si resuelve semejante encargo, podría ir solicitando su inclusión en la baraja presidencial: ya habría demostrado que sabe gobernar sin incomodar al presupuesto. Lo digo con ironía, no como información sucesoria. La hipótesis de su desgaste me parece bastante más sólida que la de su candidatura. Pero eso soy yo…

Ahora bien, llamarlo chivo expiatorio requiere una aclaración. Zoé no es un transeúnte al que sorprendieron junto al desastre. Dirige el IMSS desde mayo de 2019. Puede convertirse en el funcionario al que carguen responsabilidades ajenas y seguir teniendo las propias. Ser sacrificado no lo vuelve inocente; permite, eso sí, que otros intenten salir absueltos.

Ahí está la utilidad del relevo: ofrecer una cabeza reconocible para evitar una explicación demasiado extensa. Porque explicar el desastre obliga a volver al gobierno de López Obrador, a la alteración de las compras de medicamentos y a una transformación sanitaria que sustituyó instituciones y procedimientos sin garantizar que el paciente recibiera lo prometido. AMLO no inventó las deficiencias de la salud pública. Su gobierno agravó problemas que prometió resolver y convirtió sus decisiones en una virtud que no admitía examen.

Hoy empieza a resultar difícil mantener esa liturgia. El propio IMSS reconoce saturación, tiempos de espera y dificultades de abasto. Los funcionarios recorren hospitales para registrar necesidades de equipo, insumos y personal. Todavía prefieren hablar de “retos”, pero cada descripción se acerca más a la palabra que llevan años evitando. El desastre va obteniendo reconocimiento oficial, aunque sea por partes y sin acta de nacimiento.

El recorrido “Piso por Piso” llevaba, según las cifras recogidas por Salvador Camarena, 7 mil 474 requerimientos en 166 hospitales; 3 mil 122, de alta prioridad. No se trataba de caprichos decorativos: había necesidades de monitores, camillas, agujas, sondas, agua y oxígeno. Me interesa menos celebrar que por fin las registren que preguntar por qué una institución de ese tamaño necesitó una gira para hacerlas políticamente visibles.

Porque si los reportes ya existían, alguien dejó de atenderlos. Si no existían, fallaba también la manera de conocer y gobernar los hospitales. En cualquiera de los dos casos, descubrir la carencia no equivale todavía a resolverla. Presentar el diagnóstico como logro tiene una ventaja: permite que quien llevaba años al mando comparezca con el entusiasmo de un recién llegado.

Tampoco bastará con cerrar la negociación salarial. Los inconformes reclaman personal, insumos y cambios en su representación sindical; la nueva marcha fue convocada para este 21 de octubre. Hay algo especialmente incómodo para el gobierno: quienes sostienen la atención están explicando en público por qué no pueden prestarla como deberían. El conflicto laboral se ha vuelto una auditoría narrada por quienes trabajan dentro.

Y las jubilaciones vuelven todavía más estrecha la salida. El propio IMSS ha señalado que regresar al régimen reclamado requiere cambios legales fuera de sus atribuciones. No todas las demandas se resuelven desde la dirección del Instituto, ni todas las carencias de la salud pública pertenecen al mismo organismo. Conviene recordarlo antes de concentrar el desastre nacional en un nombre: una cosa es exigir responsabilidades y otra fabricar un responsable suficiente para todos.

Si la presidenta quiere removerlo, razones para evaluar su gestión hay de sobra. Pero que no presente su eventual salida como prueba de que la política sanitaria era acertada y únicamente falló el encargado. Ella lo ratificó hace dos años, después de todo. La continuidad también se gobierna y también se responde por ella. A estas alturas, la herencia ya lleva decisiones del segundo piso.

Puedo entender que Zoé resulte cada vez más útil como sacrificado que como director. Su relevo permitiría anunciar rectificación sin pronunciar una palabra ingrata sobre el fundador del desastre. Habría funcionario nuevo, nueva oportunidad y nueva solicitud de paciencia. Los pacientes tendrían que aportar, otra vez, la parte que el gobierno da por inagotable.

Sacrificar a Zoé puede salirles bastante barato. Lo caro sería admitir cuánto costó obedecer a López Obrador. Y mientras discuten quién paga esa factura política, a los enfermos les siguen pasando la otra.