Hablar de la Escuela Normal Rural Mactumactzá es hablar de una institución con una profunda historia en Chiapas. Durante décadas representó una oportunidad para miles de jóvenes provenientes de comunidades indígenas y campesinas que encontraron en sus aulas la posibilidad de convertirse en maestros y transformar la realidad de sus pueblos. Negar ese legado sería desconocer una parte importante de la educación pública mexicana.
Sin embargo, también es imposible ignorar que, desde hace varios años, el nombre de la Mactumactzá aparece con mayor frecuencia en los titulares por bloqueos, enfrentamientos con las autoridades, retención de vehículos, actos de vandalismo y protestas que afectan a la ciudadanía, que por sus logros académicos o la formación de docentes.
Ese cambio de percepción pública no ocurrió de la noche a la mañana. La normal rural ha sido escenario de conflictos derivados de demandas estudiantiles, problemas presupuestales, disputas políticas y una histórica relación de confrontación con distintos gobiernos estatales y federales. Pero reconocer ese contexto no significa justificar cualquier método de protesta.
La protesta social es un derecho constitucional. La violencia, el daño a terceros y la destrucción del patrimonio público no lo son. Cuando una manifestación termina afectando a comerciantes, transportistas, trabajadores o familias que nada tienen que ver con el conflicto, el mensaje de la demanda pierde fuerza y la sociedad comienza a ver a los manifestantes con rechazo, independientemente de la legitimidad de sus reclamos.
Resulta preocupante que quienes aspiran a convertirse en educadores sean asociados con conductas que contradicen los valores que posteriormente deberán enseñar en un salón de clases: respeto, diálogo, responsabilidad y cultura de la legalidad. Un maestro no solo transmite conocimientos; también educa con el ejemplo.
Pero sería simplista atribuir toda la responsabilidad únicamente a los estudiantes. Durante décadas, los distintos gobiernos también han utilizado el conflicto como estrategia política: negociaciones tardías, promesas incumplidas, falta de inversión en las normales rurales y una incapacidad permanente para resolver de fondo los problemas educativos. Cada administración atiende la crisis cuando ya estalló, pero pocas construyen soluciones duraderas.
La Mactumactzá necesita recuperar su esencia. No puede seguir siendo conocida por enfrentamientos en las calles cuando su verdadera misión es formar docentes comprometidos con las comunidades más pobres de Chiapas. Tampoco el Estado puede conformarse con responder únicamente mediante operativos policiacos o mesas de negociación improvisadas.
La sociedad chiapaneca merece una normal rural que vuelva a ser motivo de orgullo. Una institución donde la disciplina, la excelencia académica y el compromiso social vuelvan a ocupar el primer plano. Las generaciones que hicieron grande a la Mactumactzá demostraron que era posible formar maestros con sensibilidad social sin convertir el conflicto permanente en una forma de identidad.
Hoy, más que nunca, la pregunta sigue vigente: ¿qué tipo de maestros necesita Chiapas para enfrentar los enormes retos educativos del estado? La respuesta difícilmente estará en la confrontación constante. Estará en las aulas, en la preparación académica, en la ética profesional y en la capacidad de formar ciudadanos, no de profundizar la polarización.
La Mactumactzá aún puede recuperar el prestigio que alguna vez tuvo. Pero para lograrlo se requiere voluntad de los estudiantes, responsabilidad de las autoridades y una firme convicción de que la educación debe ser siempre el camino, nunca el pretexto para la confrontación.
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