En toda democracia madura existe una regla no escrita que debería ser comprendida por gobernantes y opositores por igual: nadie gana cuando un gobierno fracasa.
Sin embargo, con frecuencia observamos cómo sectores políticos y ciudadanos inconformes parecen apostar a que las administraciones en turno se equivoquen, acumulen problemas o enfrenten crisis, bajo la creencia de que eso les abrirá el camino al poder. Es una visión equivocada y, en muchos casos, perjudicial para la sociedad.
Cuando un gobierno falla, quienes pagan las consecuencias no son los políticos. Son los ciudadanos. Son las familias que esperan mejores servicios públicos, más seguridad, mejores oportunidades económicas o una atención eficiente de sus necesidades más básicas. Desear el fracaso de una administración equivale a desear que esos problemas se profundicen.
La oposición tiene una responsabilidad distinta. Su función no es sabotear ni apostar al deterioro institucional. Su función es vigilar, señalar errores, proponer alternativas y construir una opción política capaz de convencer a la mayoría en la siguiente elección.
Las democracias funcionan mediante las urnas. Si un sector de la población considera que el gobierno actual no está dando resultados, el camino legítimo no es promover la ingobernabilidad ni alimentar permanentemente la confrontación. El camino es trabajar desde ahora para presentar mejores propuestas, formar cuadros más preparados y postular candidatos con mayor capacidad, experiencia y autoridad moral.
La competencia política debería centrarse en quién ofrece las mejores soluciones, no en quién desea con más fuerza el tropiezo del adversario.
México necesita una oposición fuerte, pero también responsable. Una oposición que entienda que su principal tarea no es sacar a un gobierno por la fuerza de la presión social permanente, sino ganarle en las urnas demostrando que puede hacerlo mejor.
Del mismo modo, los ciudadanos deben comprender que el voto es la herramienta más poderosa de cambio. Si consideran que una administración merece continuidad, pueden respaldarla. Si creen que debe haber alternancia, tienen la oportunidad de impulsarla. Pero la ruta siempre debe ser democrática.
La verdadera apuesta no debe ser al fracaso del gobierno en turno. Debe ser al éxito de la democracia. Y eso implica que quienes aspiran a gobernar dediquen más tiempo a construir liderazgos sólidos, programas viables y candidaturas de calidad que a esperar que el adversario se desgaste.
Porque al final, cuando una elección se gana por mérito propio y no por el fracaso ajeno, quien realmente triunfa es la sociedad.





