Aprendo bastantes cosas escuchando la estación de música clásica del gobierno de México, Opus 94.5 del IMER. Anoche, poco antes de las 19:30 horas, al llegar a la casa de un buen amigo que me invitó a cenar con otra persona muy apreciada y respetada, decidí que contra mi costumbre –aunque nadie lo crea, soy fanático de la puntualidad– valía la pena llegar con unos minutos de retraso. Me quedé en mi vehículo terminando de escuchar la explicación que daba el comentarista de la radiodifusora acerca de un disco grabado por un ensamble italiano llamado “Presumiblemente Beethoven” (en inglés, “Presumed Beethoven”).
Lo que entendí es que este proyecto surgió a partir del descubrimiento de ciertos manuscritos anónimos que algún musicólogo consideró que eran obras experimentales del Beethoven adolescente. El conductor del programa lanzó algo así como un reto a quienes le escuchábamos para decidir si el cuarteto que iba a presentar era o no del compositor nacido en Bonn, Alemania. No soy experto en música, pero de lo poco que he escuchado de Ludwig van Beethoven sí me pareció de su autoría.
Esto de “Presumiblemente Beethoven” lo ligué de inmediato con aquellas frases más que célebres con las que se identificaba al superhéroe de superhéroes: ¿Es un pájaro? ¡No! ¿Es un avión? ¡No! ¡Es Superman! Es decir, lo que parece, es; y esta es una verdad particularmente irrefutable en política.
Querido embajador Ronald Johnson:
Quisiera partir de los apuntes de los párrafos precedentes para recordarle que en política “percepción es realidad”. Usted tiene una percepción de lo que está ocurriendo en la relación entre México y Estados Unidos, la suya, que seguramente es la de su gobierno. Desde luego, respeto la visión que usted tiene de lo que está sucediendo entre ambos países. Para usted, señor embajador, la verdad es la que planteó ayer en un mensaje de redes sociales: que la lucha contra el narco que afecta a ambas sociedades no debe politizarse.
Es usted un hombre inteligente y con experiencia diplomática, así que se cuidó de no mencionar el discurso del pasado domingo de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, una alocución que a mí me pareció absolutamente patriótica y brillante, pero que, dado el contexto de su post en X, usted consideró una politización indebida de la lucha binacional contra el crimen organizado.
Puedo entender que esa sea su percepción; desde luego, no es la mía. Desde un punto de vista irrebatible, el evento de Sheinbaum en el Monumento a la Revolución tuvo un profundo contenido político, esto es, de política de la buena: la defensa de la soberanía mexicana que muchas personas en mi país vemos amenazada por un proceso judicial estadounidense que percibo –sí, es mi percepción– y considero lamentablemente politizado desde que se dio a conocer que el Departamento de Justicia de su país solicitó con carácter urgente la detención con propósitos de extradición de tres funcionarios mexicanos electos en las urnas, un gobernador, un senador y un presidente municipal, además de otros siete funcionarios administrativamente nombrados.
Sin discutir la culpabilidad o la inocencia de los diez sinaloenses, no tengo la menor duda de que una petición de esa magnitud implica, más allá de la legalidad sobre la procuración de justicia en ambos países, consecuencias políticas de enorme envergadura.
Todavía más politizada percibo la solicitud de detención con propósitos de extradición porque entre los argumentos dados a conocer por las autoridades de su país destaca uno, en mi opinión terrible, señor embajador: el poner el acento en algo que no fue cierto cuando se supone ocurrió, porque las encuestas de entonces claramente expresaban que Morena iba a ganar las elecciones con gran facilidad. Ese argumento, falso a la luz de los estudios demoscópicos, es el de que el partido de izquierda ganó las elecciones de gobernador de 2021 en Sinaloa gracias a operativos realizados por las mafias del narcotráfico. Falso.
Mencioné encuestas, embajador Johnson, porque tengo la percepción –un fenómeno de la filosofía del conocimiento bastante complejo, ya que implica una carga elevada de subjetividad–, repito que tengo la percepción de que esa idea de la intervención electoral del crimen organizado surgió a partir de dos encuestadores que trabajaban para la oposición y que fallaron horriblemente en sus pronósticos; por cierto, ahora mismo uno de tales encuestadores colabora con un empresario que dice que no, pero que sabemos que sí busca la candidatura presidencial en 2030, Ricardo Salinas Pliego.
Esos encuestadores, en vez de admitir sus errores, se fueron a los medios de comunicación, siempre hostiles respecto de la izquierda, a defenderse diciendo que sus mediciones no habían fallado, sino que las mafias habían operado tanto en las urnas que modificaron en muchísimos puntos los resultados electorales. Esto es, que habían de alguna manera manipulado a tantos votantes que lograron el milagro de alcanzar récords de robo de sufragios que ni el PRI en sus tiempos de gloria podía conseguir con su perfeccionada alquimia electoral.
Esta fábula, absolutamente increíble dado lo que todas las encuestas serias decían, algún fiscal en Estados Unidos la conoció, la paladeó, le gustó su sabor y decidió utilizarla para preguntar a delincuentes mexicanos encarcelados en su país, señor embajador, quienes estuvieron más que dispuestos a dar todo tipo de detalles acerca de un operativo electoral que no tenía sentido. Si les hubieran preguntado por el asesinato del añorado presidente Kennedy, le aseguro, querido embajador, que habrían contado historias interesantísimas acerca de lo que hicieron en la ciudad de Dallas, Texas, en aquel lamentable magnicidio de 1963.
En fin, señor embajador, estamos atrapados en el viejo problema de la percepción que nos lleva a ver el mismo hecho de manera diferente. Usted asegura, sin mencionarla porque es usted un muy hábil diplomático, que la presidenta Sheinbaum politiza en forma indebida la lucha contra el narco. Yo pienso que ha sido el Departamento de Justicia de su país el que ha politizado el asunto de las extradiciones no concedidas de políticos sinaloenses. Aquí aplica aquello de qué fue primero: ¿el huevo o la gallina? Sí, la presidenta Sheinbaum encabezó un acto político, desde mi punto de vista muy necesario para defender a nuestra patria mexicana, pero solo después de la terrible politización de una acusación estadounidense que ha puesto el acento en procesos electorales mexicanos, lo que yo creo que no se vale.
Estará usted de acuerdo conmigo, embajador Johnson, en que lo peor de la politización de las famosas extradiciones es que la comentocracia mexicana y la oposición las han usado en mi país como explicación de sus derrotas electorales.
Los deportes son bien interesantes, y a usted, Ronald, lo veo en buena forma física, así que alguna disciplina atlética practicará; sabrá entonces que en las competencias nada es más desagradable que el mal perdedor. Pésimos perdedores tenemos en México en esa oposición y en esos medios que no terminan de aceptar el hecho de que la inmensa mayoría del pueblo decidió, después de décadas de fracasos de gobiernos de derecha, recorrer el sendero de un proyecto distinto desde la izquierda.
Posdata: Tan no ha politizado indebidamente la situación la presidenta Sheinbaum, que ayer manifestó con toda claridad tener la certeza de que las pretensiones injerencistas no las origina el presidente Trump, con quien nuestra mandataria mantiene una relación cordial y productiva. Viene lo mejor para ambos países, el entendimiento en temas comerciales, tecnológicos, ambientales, y la maravilla que pronto iniciará del Mundial de la FIFA.
Lo saludo con afecto.


