¿Cuál será la razón de que, de repente, nos encontremos enfrascados en discusiones absurdas o que pensábamos ya superadas en redes sociales? Tan solo en las últimas semanas regresamos a una ridícula discusión acerca de quiénes deberían poder votar, incluidas las mujeres, o sí los argentinos son racistas y los mexicanos unos resentidos.

Así estamos también ahora en una extraña discusión sobre el privilegio a propósito de la crisis que atraviesa la UNAM por las irregularidades detectadas en la primera aplicación del examen de admisión en línea. Pero, ojo, de discutir si es un privilegio el pase reglamentado (que pudiera serlo); de si es un privilegio que el mayor filtro sea un examen de conocimientos en una lógica meritocrática (que también pudiera serlo); de si es un privilegio la centralización de la oferta educativa (que sin duda lo es); o de todas las contradicciones y problemas que hay en una de las mejores universidades del continente; la conversación terminó desviándose hacia una afirmación inverosímil: que vivir en la Ciudad de México constituye, por sí mismo y en cualquier circunstancia, un privilegio.

Me parece sumamente comprensible la sensación de injusticia que genera, proceso tras proceso, el rechazo de miles de aspirantes, así como la idea de que quienes no tuvieron la posibilidad de estudiar en una preparatoria de la UNAM parten de una desventaja real. Esa desigualdad existe y merece discutirse.

Lo preocupante es que terminamos discutiendo entre nosotros, los sujetos que tendríamos que beneficiarnos del ejercicio de nuestros derechos educativos, en lugar de hablar de la institución. En vez de preguntarnos por qué nuestro sistema educativo genera esas desigualdades, preferimos discutir quién merece la etiqueta de privilegiado para obligarlo a disculparse. René Girard sostenía que las sociedades suelen resolver conflictos complejos desplazando la culpa hacia grupos fácilmente identificables (el famoso chivo expiatorio). Es más sencillo encontrar culpables que discutir el problema en toda su complejidad. Amartya Sen advirtió, por su parte, que uno de los grandes errores políticos consiste en reducir a las personas a una sola identidad.

El riesgo aparece cuando el chilango deja de ser una persona con una historia particular y se convierte en la encarnación del privilegio.

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Evidentemente aquí hay cierta situación de privilegio para quienes vivimos en la capital y pudimos ingresar desde la secundaria a una preparatoria de la UNAM. No obstante, hay que separar esa realidad de la afirmación categórica de que vivir aquí te convierte automáticamente en una persona privilegiada, como si fuera una verdad absoluta aplicable a todos los casos y como si una persona privilegiada en un rubro lo fuera en automático en todos los demás, reduciendo la complejidad de la vida humana a una sola categoría: el lugar de nacimiento. Para quienes hemos vivido desde la infancia las violencias de la ciudad, carencia y despojo de la vivienda, falta de agua, acoso sexual y asaltos en el transporte, horas de traslado, contaminación, y todos los problemas relativos a las colonias de la periferia, sencillamente es hasta ofensivo pensar que vivir aquí es un privilegio. Una situación de privilegio en un rubro no lo hace en automático en todos. No olvidar que no todos los capitalinos entran a la UNAM.

Partiendo de esa premisa, se afirma que alguien que vive en Tláhuac o Iztapalapa, aun con todas las carencias que pudiera tener, es un privilegiado frente a alguien que vive en San Simón Zahuatlán, Oaxaca, uno de los municipios más pobres del país por el simple hecho de vivir en Ciudad de México.

Bajo esa lógica, el peor escenario de vida en la Ciudad de México siempre sería mejor que el peor escenario de cualquier otra entidad del país. Lo ridículo de esta forma de ver las cosas es que incluso alguien que perdió la vida por la negligencia en la construcción de la Línea 12 seguiría siendo un privilegiado únicamente por haber vivido en la capital antes que alguien que vive en San Pedro Garza García, el municipio con mayor ingreso del país.

Me parece que este abuso de la retórica del privilegio es una excelente oportunidad para hablar de los falsos esencialismos, porque terminan enturbiando nuestra comprensión de la desigualdad y de sus múltiples formas de violencia, y lo peor, enfrentando horizontalmente unos grupos frente a otros.

¿A qué me refiero con falsos esencialismos? A la idea de que existe una naturaleza indisociable o una identidad que define a todos los integrantes de un grupo. Decir que “las mujeres son sensibles y los hombres racionales”; que “los pobres son flojos”; que “los judíos son codiciosos”; o, como el caso que nos ocupa, que “los capitalinos son privilegiados”, termina por convertir una categoría social en una esencia.

Este tipo de ideas no solo resultan falsas porque basta un solo contraejemplo para desmentirlas, sino que ocultan la realidad y pluralidad de otros tipos de vidas, volviéndose incluso peligrosas, pues históricamente han servido para justificar discriminación, exclusión y violencia. Durante siglos se negó el derecho al voto a las mujeres apoyándose en supuestas diferencias naturales. Hoy el feminismo trans-excluyente cae en el mismo prejuicio biologicista aludiendo a que las mujeres trans no sufren igual porque no menstrúan o se embarazan, negando toda la violencia que viven de otras maneras. El antisemitismo europeo se construyó sobre la idea de que existía una esencia judía asociada al dinero, la conspiración o la deslealtad, y con ello se justificó el holocausto nazi. Hoy paradójicamente bajo la idea de ser el “pueblo elegido” Israel está exterminando al pueblo palestino en Gaza.

Por otro lado, el sufrimiento humano es inconmensurable. Esto significa que no puede medirse con una misma brújula moral. No tiene sentido afirmar que un hombre con cáncer terminal es “más privilegiado” que una mujer con diabetes o que el dolor de una víctima de desplazamiento forzado puede compararse con el de una víctima de violación mediante una escala universal del sufrimiento.

El análisis interseccional no debería funcionar para clasificar personas en unas olimpiadas del sufrimiento o en lo que los estudios de la psicología política han llamado competencia de victimización (competitive victimhood). Este es el argumento favorito de quienes niegan la violencia de género: decir que más hombres son asesinados. Nunca reparan en los motivos detrás de esos asesinatos, y de que no se trata de que una violencia importe más que otra. Las categorías como el género, la clase social, el lugar de origen o la orientación sexual deben servir para identificar posibles situaciones de discriminación y poblaciones en condición de vulnerabilidad, con el fin de construir mejores políticas públicas y acciones afirmativas; y no para negar unas precariedades frente a otras ni para establecer una jerarquía moral entre víctimas.

Pretender determinar quién es más privilegiado comparando situaciones tan distintas como vivir una guerra en Gaza, el desplazamiento forzado en Guerrero o una violación en Perú equivale a querer comparar el peso del sonido de un violín con el color azul. Son experiencias humanas que no pertenecen a una misma escala de medición, vaya, que ni siquiera pueden medirse así de manera objetiva.

Lo más desesperante es que mientras discutimos cuál de dos personas precarizadas es “más privilegiada” dejamos de ver lo que realmente está mal con el sistema. Terminamos enfrentando a quienes comparten muchas de las mismas dificultades materiales y dejamos intactas las lógicas institucionales y aparatos culturales que re-producen esas desigualdades. El resultado recuerda al viejo principio del divide et impera: una sociedad fragmentada en agravios y resentimientos horizontales cuestiona menos las estructuras que los originan. Como me lo hizo ver Mario Rodríguez parafraseando a David Harvey, las grandes metrópolis tienden a la fragmentación entre individuos y proscriben la no construcción de comunidades ante los problemas con los que les mantienen atados a la producción. ¿Vivir en una ciudad que tiende a fragmentarnos en la precarización es un privilegio?

La noción de privilegio puede ser una herramienta valiosa para comprender ciertas desigualdades estructurales, sin embargo, deja de ser útil cuando la convertimos en la esencia de todo un colectivo negando el sufrimiento personal de complejas experiencias de vida en una ciudad tan contradictoria como es la Ciudad de México. Cuando dejamos de revisar los diseños institucionales para empezar a buscar culpables, el privilegio deja de explicar la realidad y comienza a ocultarla.