Aspirar a convertirse en actor político parece, en México, un acto casi espontáneo. Como si bastara con desearlo para alcanzar el gobierno, como si estas figuras despertaran un día con una vocación súbita y secreta. Ahí están los ejemplos: Cuauhtémoc Blanco, Margarita Salinas, Sergio Mayer, Paquita la del Barrio o Erasmo Catarino, entre otros.

En el caso de Ricardo Salinas Pliego, su aspiración de convertirse en empresario-político parece haberse cocinado desde el momento en que consideró injusto pagar impuestos. Para él, lo peor que le puede ocurrir al país es que se toque su interés privado: está convencido de que todo lo que generan sus empresas debería pertenecerle exclusivamente. ¿Por qué retribuir algo al Estado si —según su lógica— todo proviene de su ingenio y su inversión, mientras que el gobierno apenas aporta infraestructura, talento humano y materia prima? ¿Acaso no basta con que ya les pague un sueldo para que encima quieran que pague impuestos?

El número 1,163 en la lista mundial de multimillonarios de Forbes ha utilizado su posición para emitir juicios sobre los gobiernos de la 4T, desde que López Obrador lo señaló por sus deudas con el fisco hasta el actual encabezado por Claudia Sheinbaum, como si todo se tratara de una narrativa de villanos y héroes. Ha llegado incluso a bautizar al SAT como “Satanás”. Si para Ricardo Salinas Pliego lo más terrible que puede ocurrirle a México es la fiscalización, queda claro que su obsesión está en protegerse de ella.

Lo irónico es que, en un país que atraviesa por momentos tan delicados como la precariedad laboral, la crisis de desaparecidos, la falta de acceso a la salud pública, y la corrupción en las fiscalías, alguien con su alcance mediático reduzca todo a la molestia de pagar impuestos. Y más aún: culpar a “la izquierda” de todos los males nacionales porque sostiene la idea de que la desigualdad es natural, que si alguien nace en la carencia debe permanecer ahí, pues no es posible —según su visión— que todos gocemos de las mismas oportunidades. Para el séptimo hombre más rico de México resulta inaudito que una persona que creció en Ecatepec se compare con alguien de Interlomas. Su discurso, en consecuencia, fabrica un chivo expiatorio fácil de memorizar: una explicación simplista que se retiene mejor en lo colectivo que la conciencia histórica capaz de comprender cómo un entramado multicausal nos condujo hasta este momento.

Cada día está más decidido a entrar en la arena política, y el Partido Acción Nacional lo ha respaldado con “Perfecta claridad” —como lo dijo su dirigente— varias ocasiones. En lugar de confrontarlo con la realidad, le inflan todavía más la burbuja de alienación: un entorno de privilegios donde él se convence de que actúa de manera extraordinaria y quienes lo rodean refuerzan esa ilusión, alejándolo aún más de la realidad que pretende gobernar.

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La estrategia comunicacional de Ricardo Salinas Pliego no es novedosa: ese tono irreverente y disruptivo se ha convertido en su estandarte. En entrevista ha declarado que quiere ser “lo mejor de Milei, Trump y Bukele”, confirmando que su estilo busca imitar a líderes que construyeron poder a partir de la confrontación y la provocación.

Lo llamativo es que la derecha latinoamericana parece replicar este patrón como si existiera un manual. Ahí está el caso de Abelardo de la Espriella en Colombia, quien ha seguido cada paso para autodenominarse candidato de ultraderecha: adoptar ese comportamiento y esa narrativa como requisito de pertenencia.

Quizá lo que atrae sea la seguridad con la que se expresan, las ideas sin fundamentos que se presentan como verdades absolutas, la energía desbordada o la aparente simplicidad con la que ofrecen soluciones a problemas complejos. Esa mezcla, tan seductora como engañosa, hace que parte de la ciudadanía los mire como si, por fin, se tratara de una solución universal.

La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿los mexicanos también queremos a alguien sin carrera política, que nos ofrezca espectáculos, que nos dé respuestas fáciles y que piense por nosotros para evitar el esfuerzo de participar activamente en la vida pública?

Nos vemos en el 2030.