Desde que nacemos sentimos la incomodidad de estar vivos, una condición básica de todo ser vivo es la irritabilidad. La luz es intensa, el frío nos estremece, el sonido resulta casi estruendoso, los pulmones se llenan de aire por primera vez y el peso de la gravedad nos aplasta contra el mundo. Ese primer encuentro con el afuera es abrumador, pero algo nos calma: reconocer la voz que nos acompañó durante la gestación y el contacto piel con piel de una caricia. Desde ese instante, hasta el último de nuestros días, estamos destinados a sentir, a incomodarnos, a enojarnos.

Este mes de mayo es, sin duda, un tiempo en el que se respira triunfo y se da un golpe con guante blanco a quienes sostienen que las movilizaciones sociales no sirven de nada. Desde que en redes comenzó a circular la iniciativa para frenar la obra “Perfect Day” de Royal Caribbean en Mahahual, Quintana Roo, el tema se convirtió en un fenómeno mediático que alcanzó gran parte del país. La noticia se expandió junto con la fuerza de los creadores de contenido, quienes aprovecharon su alcance digital para expresar su descontento y fijar una postura crítica frente a la megaobra.

¿Quién dedicaría su tiempo libre —o simplemente su tiempo— a caminar bajo el sol, gritando consignas y sosteniendo pancartas? A mi parecer, alguien inconforme, alguien a quien le importa, alguien que siente enojo, alguien profundamente humano y, sobre todo, alguien que ama.

Quienes no se manifiestan porque su vida parece estable o deseable suelen volverse indiferentes ante situaciones que creen que no los afectan. ¿A alguien que no vive cerca de donde se planea el parque acuático le impacta directamente que se construya en Quintana Roo? Tal vez no de manera inmediata, pero lo que nos mueve es la conciencia de que algo no está bien, de que puede ser legal pero resulta ilegítimo. Algunos incluso descalifican a los manifestantes, llamándolos revoltosos o flojos por “preferir” marchar en lugar de trabajar. Sin embargo, esa visión olvida que todos compartimos el mismo espacio social, que la política atraviesa cada ámbito de nuestra vida y que muchos de los derechos de los que hoy gozamos fueron conquistados por quienes se atrevieron a mostrar su rabia frente a la injusticia.

Tal vez no recordemos la primera vez que sentimos algo no por una irritación física, sino por una razón moral que nos llevó a actuar. Sin embargo, todos tenemos una historia marcada por la decepción. Detrás del enojo —que funciona como un mecanismo de defensa— está el amor, y ese amor se traduce en el dolor de no ser entendidos o considerados. De ahí surge la fuerza para exigir un cambio. Este fenómeno nos recuerda que somos conscientes, que sentimos indignación porque las 306 especies que habitan en Mahahual no pueden defenderse por sí mismas.

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Lo deseable sería que los canales creados para la resolución de conflictos funcionaran de manera efectiva, evitando que las personas tengan que buscar alternativas para ser escuchadas. Un diálogo abierto y pertinente debería conducir a soluciones reales. La historia demuestra que quien se enoja no pierde, sino que gana, porque colectivamente se logra orillar a las autoridades a hacer un cambio y que las generaciones futuras no tengan que demandar lo mismo o ser un ejemplo de que vale la pena luchar.

En el caso de Mahahual, lo interesante es que la Semarnat ofreció una conferencia de prensa en la que su titular, Alicia Bárcena, rechazó el proyecto Perfect Day con una frase contundente: “no se va a aprobar”. A veces, la voz de quien se queja resulta más transformadora que la pasividad de quien prefiere esperar sentado o voltear hacia otro lado para no ver. ¿Cuántas veces debe fallar el sistema antes de que la exasperación se convierta en acción colectiva?

Tras lo comunicado por la Secretaría, quienes seguimos este proceso exigimos que la decisión se vuelva oficial y se le otorgue la formalidad que corresponde.

Esa incomodidad primigenia —el cuerpo protestando contra lo que lo agrede— es la que, con el tiempo, nos enseña a dejar de pensar únicamente en las necesidades individuales para reconocer que somos parte de un todo. Esa conciencia nos impulsa a enfrentar las injusticias y nos empuja a miles de personas a ocupar las calles. Pienso que ahí ocurre la verdadera transformación: del simple hecho de ser un ser vivo al acto pleno de convertirse en persona.