En la distopía de Un mundo feliz, los niños dormían escuchando frases que los centros de condicionamiento del Estado repetía hasta que se convertían en pensamientos propios. Hoy, en la Ciudad de México, el slogan ‘La capital de la transformación’ suena en la radio y televisión con la misma cadencia hipnótica. La pregunta es inevitable: ¿se trata de un proyecto real de cambio o de una hipnopedia política que busca convencernos de que la transformación ya ocurrió?

A lo largo de las administraciones de la Ciudad de México, cada gobierno ha adoptado un lema distinto. Con Miguel Ángel Mancera se utilizó ‘La ciudad que lo tiene todo’; con Claudia Sheinbaum, ‘Ciudad Innovadora y de Derechos’. Aunque con enfoques diferentes, ambos compartían algo: carecían de carga partidista y estar orientados a proyectar a la ciudad como destino de turismo e inversión. En cambio, cuando Clara Brugada presentó en 2024 el nuevo logo y slogan ‘La capital de la transformación’, no dudó en que esa frase fuera parte del logo oficial a diferencia de los dos anteriores que optaron por un logo más sencillo y neutral, el giro fue evidente: se trata de un proyecto partidista, vinculado directamente al discurso político de Morena y alineado con la marca de la Cuarta Transformación. La ciudad dejó de anunciarse como destino y comenzó a repetirse como consigna.

En la novela de Huxley, los mensajes no se imponían con látigos ni fusiles: se sembraban en el sueño, como semillas que germinan en la inconsciencia. La clave estaba en la elección precisa de las palabras, repetidas hasta volverse verdad. En la Ciudad de México ocurre un ritual semejante: ‘La capital de la transformación’ se deslizapor las ondas de radio, se multiplica en los canales de televisión y se incrusta en los comunicados oficiales. No busca convencer con razones, sino instalarse como un eco constante, arbitrario y moralizador, que transforma la propaganda en hipnopedia política.

Cada palabra elegida por esta administración para nombrar a la Ciudad de México pretende convencernos de que la transformación ya está en marcha y que la capital es su ejemplo más visible. Sin embargo, la urbe respira entre paros del Metro, bloqueos de transportistas y colectivos, fugas de agua que convierten calles en ríos, contingencias ambientales, recortes en el suministro hídrico e inseguridad. Todo ello ocurre mientras parece que lo único que importa es maquillar la ciudad como sede del Mundial que se aproxima precipitadamente, aunque la primera impresión de los aficionados que aterrizarán en el AICM siga siendo la de un aeropuerto en mantenimiento y sin condiciones operativas plenas.

La pregunta que se impone por sí misma es si quienes habitamos la CDMX sentimos realmente esa transformación que se nos repite como mantra. La experiencia cotidiana en transporte, vivienda, salud, seguridad y medio ambiente contradice el relato oficial: la ciudad se nos presenta más como un escenario de siniestros que como un emblema de progreso. El slogan se pronuncia como un conjuro, pero se asemeja más a una fachada que a una ventana hacia lo que hoy es mi querida y dañada Ciudad de México.

Tal vez esta fuerza política confía en que la repetición pueda instalar una verdad colectiva, y que esa verdad —más ritual que real— se convierta en la identidad de la capital: ser, al menos en el discurso, la ciudad de la transformación. Esto solo es un espejismo que terminará en el olvido de la memoria colectiva porque fueron palabras vacías.