No conforme con haber diluido la calidad deportiva del Mundial, fragmentado su organización, multiplicado partidos de escaso interés y convertido el torneo en una maquinaria comercial cada vez más aparatosa, Gianni Infantino pretende ahora dar el siguiente paso: vender a inversionistas privados una participación en la estructura empresarial encargada de explotar comercialmente la Copa del Mundo y otras competiciones de la FIFA. Primero ampliaron el producto; ahora quieren vender una parte de él.
La FIFA estudia crear una filial comercial valuada en alrededor de 20 mil millones de dólares y transferir hasta 20% de sus acciones a capital privado. La organización conservaría formalmente el control, pero quienes inviertan semejante cantidad no lo harán por amor al futbol ni por solidaridad con las federaciones pequeñas. Exigirán rentabilidad, crecimiento, reducción de costos y mayores ingresos.
El Mundial ya genera fortunas mediante derechos de televisión, patrocinios, boletaje, hospitalidad, licencias, publicidad y comercialización digital. La diferencia es que ahora no se pretende vender únicamente lo producido por el torneo, sino una participación en la empresa que administraría su explotación. Eso cambia la naturaleza del negocio.
Un patrocinador paga para asociar su marca con el campeonato. Una televisora compra derechos para transmitirlo. Un inversionista que adquiere una parte de la estructura comercial se convierte, aunque sea minoritariamente, en propietario de un vehículo cuya obligación fundamental será generar rendimientos. Cuando la rentabilidad privada entra en la conducción permanente de una competencia deportiva, las decisiones dejan de responder solamente al interés del juego.
Más equipos, más encuentros, calendarios más extensos, entradas más caras, paquetes exclusivos, nuevas plataformas de cobro y sedes elegidas por su capacidad para producir ingresos pueden presentarse como innovaciones o mecanismos de inclusión. En realidad, corren el riesgo de convertirse en exigencias financieras.
La reciente ampliación de 32 a 48 selecciones fue presentada como una democratización del futbol. Permitió que más países participaran, abrió oportunidades históricas y produjo algunas sorpresas verdaderamente favorables. Cabo Verde, República Democrática del Congo, Marruecos y Egipto demostraron que las selecciones emergentes pueden competir, desafiar pronósticos y aportar frescura a un torneo dominado habitualmente por las mismas potencias.
Esos equipos no llegaron a hacer turismo. Compitieron con dignidad, entusiasmaron a sus pueblos y ofrecieron partidos que justificaron plenamente su presencia. Su desempeño constituye uno de los mejores argumentos en favor de ampliar oportunidades a regiones tradicionalmente relegadas, y eso debe reconocerse.
Pero unas cuantas historias exitosas no borran el balance general. Numerosos equipos llegaron sin capacidad suficiente para competir seriamente, varios partidos despertaron poco interés y la fase inicial se extendió para sostener una maquinaria de 104 encuentros. Hubo cotejos que parecían formar parte de una eliminatoria clasificatoria y no de la fase culminante del principal torneo deportivo del planeta.
Durante décadas, los procesos regionales de clasificación cumplían precisamente esa función: separar a los mejores equipos antes de llegar al Mundial. Cada continente disputaba eliminatorias largas, exigentes y con enorme carga emocional. La fase final concentraba a las selecciones más competitivas y garantizaba, salvo excepciones inevitables, un nivel deportivo elevado.
La clasificación no era un trámite menor, sino parte del propio Mundial. Los partidos decisivos en Sudamérica, Europa, África, Asia, Norteamérica y Oceanía generaban rivalidades, dramatismo y enormes audiencias. No era necesario trasladar todos esos encuentros a la fase final para que la Copa del Mundo produjera interés.
En México 1970 participaron 16 selecciones y en 1986 fueron 24. Eran torneos más compactos, intensos y comprensibles. Cada partido tenía un peso enorme y la posibilidad de avanzar o quedar eliminado se sentía desde el comienzo.
Guadalajara recibió en aquellos campeonatos encuentros de máxima calidad, estadios llenos y visitantes de distintos lugares del mundo. México demostró entonces —y volvió a demostrar ahora— que posee capacidad, pasión, infraestructura, ambiente y experiencia para organizar grandes espectáculos deportivos. Sin embargo, en 2026 se le reconoció como coanfitrión en el discurso y se le trató como sede secundaria en el calendario.
México y Canadá recibieron apenas 13 partidos cada uno, mientras Estados Unidos concentró 78. La enorme mayoría de los encuentros, las etapas decisivas y el gran negocio quedaron del lado estadounidense. La distribución resultó desproporcionada.
México no era un invitado simbólico ni un país incorporado para adornar el logotipo. Había organizado por sí solo dos Copas del Mundo exitosas y su afición ofrecía garantías que pocas naciones pueden igualar. Los estadios mexicanos se llenan, la gente viaja desde distintas regiones, convive en las calles, consume, celebra y convierte los partidos en verdaderas fiestas populares. Las sedes han demostrado capacidad para recibir selecciones, aficionados, medios y patrocinadores sin mayores contratiempos y con un ambiente difícilmente reproducible en otros lugares.
Incluso con la reducida cantidad de partidos asignados en 2026, México respondió. Hubo entusiasmo, organización, presencia internacional y una afición que sostuvo el carácter mundialista de las sedes. Canadá también cumplió con los pocos encuentros que recibió.
En Estados Unidos, en cambio, el impacto económico no siempre alcanzó las expectativas anunciadas. Los estadios registraron asistencias importantes y las grandes fases despertaron audiencias masivas, pero varias ciudades, hoteles, aerolíneas y negocios no obtuvieron necesariamente la derrama prometida. Los precios elevados, las restricciones migratorias, las distancias, la complejidad logística y el carácter menos arraigado del futbol redujeron parte del efecto esperado.
La FIFA confundió capacidad económica con pasión futbolística. Estados Unidos posee el mercado más grande, los patrocinadores más poderosos, una infraestructura monumental y la posibilidad de pagar cantidades extraordinarias. Pero organizar un Mundial no consiste únicamente en disponer de estadios, aeropuertos y tarjetas de crédito. También requiere identidad, y México la tiene de sobra.
Por eso resultó todavía más absurda la nueva ocurrencia de Donald Trump de plantear que Estados Unidos debería recibir pronto otro Mundial por sí solo, excluyendo a México y Canadá. Como si el torneo de 2026 hubiera sido una concesión personal, como si la FIFA pudiera recompensarlo nuevamente por su cercanía con Infantino y como si los países vecinos no hubieran aportado historia, afición y legitimidad al campeonato.
Trump ya había intervenido excesivamente en el torneo. Apareció como protagonista político, condicionó discursos y convirtió la cercanía con Infantino en una exhibición permanente. La FIFA, que históricamente presume neutralidad frente a los gobiernos, aceptó esa intromisión con una complacencia inquietante.
Infantino pareció más interesado en satisfacer al presidente estadounidense que en preservar la autonomía institucional del futbol. El espectáculo alcanzó niveles de vacilada cuando Trump comenzó a insinuar la utilización política y diplomática del Mundial, mezclándolo con ocurrencias alrededor de organismos internacionales y con su deseo de apropiarse simbólicamente del torneo.
La FIFA no solamente toleró esa conducta, sino que la alentó mediante fotografías, ceremonias, gestos y reconocimientos que reforzaron la idea de una organización subordinada al poder político del anfitrión principal.
La cercanía entre Infantino y Trump no fue el único factor que deterioró la credibilidad del campeonato. También quedaron las polémicas arbitrales, los errores, las decisiones disciplinarias inconsistentes y una percepción extendida de favoritismo hacia ciertas selecciones y figuras. En las redes, medios y espacios deportivos se documentaron y discutieron jugadas, sanciones, omisiones y criterios difíciles de explicar.
Argentina y Lionel Messi estuvieron en el centro de muchas de esas sospechas. No existe base suficiente para afirmar que el torneo haya sido arreglado y sería irresponsable sostenerlo como un hecho probado. Pero la acumulación de decisiones controvertidas, gestos políticos y tratamientos diferenciados alimentó legítimamente la percepción de parcialidad.
A Messi se le llegó a llamar irónicamente “la princesa de la FIFA”, expresión difundida entre aficionados convencidos de que el organismo buscaba protegerlo, exhibirlo y prolongar su centralidad comercial. La FIFA podrá rechazar esas acusaciones, pero no puede fingir que la confianza permanece intacta.
La credibilidad arbitral no depende solamente de que las decisiones sean técnicamente defendibles. También exige transparencia, uniformidad, independencia y la convicción pública de que todas las selecciones reciben el mismo trato. Cuando las reglas parecen aplicarse de manera distinta según el nombre del jugador, el peso comercial del equipo o el interés televisivo, el torneo deja de sentirse como competencia y comienza a parecer un producto dirigido.
También hubo conductas violentas, expresiones políticas y actitudes que en otros contextos habrían provocado sanciones más severas. La FIFA actuó con criterios variables, toleró situaciones graves y evitó decisiones que podían afectar a selecciones, figuras o mercados importantes. La disciplina deportiva pareció ceder frente al cálculo comercial.
No es nuevo que la FIFA enfrente escándalos. Su historia reciente está marcada por corrupción, sobornos, sospechas alrededor de sedes, negocios opacos y dirigentes que confundieron al futbol con patrimonio personal. Infantino prometió una renovación, pero terminó construyendo una FIFA todavía más centralizada, expansiva y obsesionada con producir dinero.
Cada reforma aumenta el tamaño del torneo, cada nuevo campeonato satura el calendario y cada discurso sobre inclusión desemboca en más partidos, patrocinios y derechos televisivos. Ahora incluso se analiza ampliar el Mundial de 2030 hasta 64 selecciones.
Sería un despropósito. Con 48 equipos ya se redujo la exigencia clasificatoria, se extendió la fase inicial y se multiplicaron partidos de interés limitado. Llevar el torneo a 64 selecciones convertiría prácticamente las eliminatorias en una formalidad para las potencias y trasladaría una parte excesiva de la competencia clasificatoria a la fase final.
El Mundial dejaría de reunir a los mejores para convertirse en una exposición universal. La inclusión es positiva cuando amplía oportunidades sin destruir la exigencia, pero pierde sentido cuando el criterio principal ya no es la calidad deportiva, sino el número de mercados que pueden incorporarse al negocio.
Infantino amplió el Mundial no solamente para democratizar el futbol, sino para agrandar el producto que ahora pretende ofrecer a inversionistas. Ésa es la secuencia que no puede ignorarse: primero aumentó el número de selecciones, después multiplicó los partidos, luego extendió el calendario, concentró la mayor parte del campeonato en el mercado estadounidense, permitió una injerencia política impropia, acumuló polémicas arbitrales y disciplinarias, y ahora pretende vender una participación de la empresa comercial que explota el torneo.
No se trata de una decisión financiera aislada, sino de la culminación de un modelo.
La FIFA sostiene que conservará el control y que los recursos obtenidos permitirán apoyar el desarrollo del futbol en sus 211 asociaciones. Es el mismo argumento utilizado cada vez que aumenta los torneos o modifica los calendarios: más dinero para los países pequeños, mejores instalaciones, programas juveniles, capacitación y crecimiento global.
El desarrollo del futbol necesita recursos, pero también necesita transparencia. ¿Cuánto recibirían realmente las federaciones? ¿Qué porcentaje se destinaría a estructuras administrativas, salarios, viajes, ceremonias y proyectos de los dirigentes? ¿Qué derechos adquirirían los inversionistas? ¿Qué capacidad tendrían para influir en calendarios, formatos, sedes, precios o estrategias comerciales?
La FIFA no ha aclarado suficientemente esas preguntas. La reacción internacional demuestra que la preocupación es seria. Las 55 federaciones de UEFA acordaron boicotear competiciones de la FIFA si el proyecto continúa. Concacaf rechazó la propuesta y la Confederación Asiática se sumó a las críticas. Incluso uno de los principales asesores de Infantino renunció en protesta.
No estamos ante la queja de unos cuantos románticos. Las propias confederaciones temen que el patrimonio del futbol mundial quede parcialmente condicionado por inversionistas privados.
La FIFA responderá que no vende el futbol, sino únicamente una participación comercial. Pero esa separación es artificial. El Mundial es valioso porque concentra historia, identidad, pasión, rivalidades y emoción. La empresa comercial no produce nada por sí sola. Su riqueza proviene del torneo, de los jugadores, de las selecciones y de los aficionados.
El capital no crea la Copa del Mundo. Se acerca porque ya existe y genera miles de millones. El Mundial produce dinero porque pertenece simbólicamente a todos. El día que pertenezca parcialmente a inversionistas empezará a existir también para producirles dinero a ellos.
Y los inversionistas siempre exigirán más: más partidos, más equipos, más sedes, más exclusividad, precios más elevados, contenidos cerrados y nuevas oportunidades de cobro.
El futbol profesional dejó de ser inocente hace mucho tiempo. Nadie pretende regresar a una época inexistente en la que no hubiera negocios, publicidad o intereses económicos. Pero existe una diferencia entre comercializar un torneo y convertirlo en un activo financiero.
La FIFA puede vender derechos de transmisión, espacios publicitarios, licencias y paquetes de hospitalidad. Lo que no debería vender es una participación patrimonial en el corazón comercial de la Copa del Mundo, porque después resultará imposible afirmar que las decisiones se toman exclusivamente por razones deportivas.
Cada cambio será sospechoso de responder a los accionistas, cada ampliación parecerá diseñada para aumentar ingresos, cada sede será evaluada por su rentabilidad y cada aficionado será visto menos como parte de la fiesta y más como consumidor cautivo.
Los jugadores también pagarán el costo. Los calendarios ya están saturados y las lesiones aumentan mientras clubes, ligas, selecciones, confederaciones y FIFA compiten por ocupar cada semana disponible. Un Mundial más largo y con más participantes exige concentraciones, viajes y partidos adicionales. La rentabilidad aumenta; el cuerpo del futbolista absorbe el desgaste.
También pierde el aficionado. Los boletos se vuelven prohibitivos, la hospitalidad desplaza a la gente común, las plataformas fragmentan las transmisiones y asistir a un partido importante termina siendo privilegio de corporativos, invitados y consumidores de alto poder adquisitivo. La fiesta popular se convierte en escaparate empresarial.
La FIFA ya vendió prácticamente todo cuanto rodea al Mundial: las transmisiones, las camisetas y los anuncios, la hospitalidad, las zonas exclusivas, los boletos a precios exorbitantes y hasta la posibilidad de acercarse a los jugadores y las selecciones. Ahora quiere vender una parte del propio negocio mundialista.
Infantino puede seguir hablando de modernización, crecimiento e inclusión. Puede prometer que el control permanecerá en manos de la FIFA y que el dinero beneficiará a todas las federaciones. Pero el Mundial no le pertenece.
No pertenece a Trump, a los fondos de inversión ni a los dirigentes que ocupan temporalmente los despachos de Zúrich. Pertenece a las selecciones, a los jugadores y a los pueblos que durante casi un siglo construyeron su grandeza. Pertenece a los aficionados que llenaron estadios en México, Brasil, Argentina, Alemania, Italia, Francia y tantos otros lugares. Pertenece a quienes ahorran durante años para viajar, a quienes celebran en una plaza, a quienes lloran una derrota y a quienes transmiten la pasión de una generación a otra.
El Mundial puede producir miles de millones, financiar federaciones, infraestructura y programas de desarrollo, pero no debe convertirse en propiedad parcial de capitales cuya obligación no será con el futbol, sino con sus rendimientos.
La FIFA puede administrar contratos, negociar publicidad y organizar campeonatos. Lo que no tiene derecho a vender es el alma del Mundial.
Porque el torneo genera fortunas precisamente porque todavía conserva una. El día que también venda el alma, solamente quedará el negocio.
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