Nacido un 5 de diciembre, José Antonio Alcaraz falleció un 1º. de octubre. Existe poca información disponible en internet sobre este músico, crítico musical, actor, riguroso director de escena y maestro mexicano. Aunque lo conocí personalmente desde 1996 (lo leía desde antes en Reforma y Proceso; lo vi como actor en La conspiración de la cucaña, obra montada por la Compañía Nacional de Teatro en 1989), cuando dirigió la escena de la ópera La mulata de Córdoba, de José Pablo Moncayo, en Bellas Artes -obra que fue propiamente mi debut como solista en ese escenario en un bello cuarteto-, mi amistad con él vino a partir de la puesta en escena en 1999 de The Visitors, de Carlos Chávez, donde él fue el responsable de realizar comentarios críticos de la obra previo a las funciones en el Festival Cervantino en Guanajuato. Sostuvimos frecuentes conversaciones personales y telefónicas por ese tiempo.

Dada esa carencia de información, siento el compromiso de reproducir el texto que, invitado por José Octavio Sosa, escribí para el libro José Antonio Alcaraz. A través de sus textos (Conaculta; 2008), como un homenaje al maestro fallecido en 2001. De hecho, con el propio Sosa y Alcaraz conversé en algunos gratos momentos en el Teatro Juárez de Guanajuato; quizá de ahí se derivó la invitación del compilador del libro. Es un volumen que contiene artículos, crónicas, críticas y entrevistas de José Antonio, y testimonios de sus amigos; aunque por lo leído, algunos parecen sus enemigos.

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José Antonio Alcaraz a través de sus textos; 2008.

Agregando información, existe un buen video en YouTube, “Nuestro ogro amoroso”, donde Alcaraz habla de su biografía y su formación. Afirma que nació en medio de la “atroz y reaccionaria fatídica burguesía mexicana, conservadora de golpe de pecho y santo y santo, que soñaba con Maximiliano e Iturbide”, que durante los estudios básicos estuvo en “las garras de los lasallistas”, por lo cual ingresar a la UNAM fue un “shock” brutal, “reducto maravilloso donde tuve contacto con la inteligencia sobre todo la de mi generación. José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Miguel Sabido, Hugo Argüelles, Sergio Pitol, Margarita Peña”, entre otros.

Considera que estudió música por oposición a la familia, porque en realidad debió haber sido actor. Ingresó en 1956 al Conservatorio Nacional de Música donde tuvo estudios y relaciones de amistad con los compositores mexicanos más importantes, sobre todo, con Moncayo. Posteriormente obtuvo una beca de la UNESCO. Así vivió y realizó estudios en Europa (1961-66) durante cinco años capitales para su posterior desempeño profesional en México.

A José Antonio le caracterizó siempre un gran sentido del humor, seco, profundo y aun cruel. Podía transitar de lo más serio a lo más infantil de forma natural. Era temido u odiado y quizás también amado. Mi trato con él fue breve, con gran respeto y encantadora conversación artística e intelectual. Es por ello que reproduzco, en el 21 aniversario de su fallecimiento y 83 de su nacimiento, ese texto de 2008, “José Antonio Alcaraz: El hombre niño terrible”.

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Alcaraz en La conspiración de la cucaña; 1989.

José Antonio Alcaraz: El hombre niño terrible

Primera noticia de su existencia: Escuché de sus detractores decir que detestaba a Verdi y Beethoven.

Segunda: Que odiaba a los Grupos Artísticos de Bellas Artes.

Tercera: Que era un grosero y altanero.

Cuarta: Lo miro interpretar a Salvador Novo en La conspiración de la Cucaña.

Quiero conocer a este hombre, me dije.

El primer contacto que tuve con su persona fue cuando acompañé a Bellas Artes al pianista Edilberto López, quien tocaría durante un homenaje al centenario de David Alfaro Siqueiros que José Antonio Alcaraz coordinaba y dirigía. Durante el ensayo lo escuché dar instrucciones y órdenes a través del micrófono. Repentinamente titubeó en una fecha de la biografía del homenajeado. Uno de sus múltiples asistentes trató, solicito, servicial y sabiondo, de corregirlo. Gritó un dato incorrecto. Y Alcaraz, sofocado y molesto por la equivocación del otro, recordó el dato exacto y presto lo fulminó con una palabra favorita del vocabulario mexicano “¡1974, pendejo!”. Lo que le había molestado no era que el muchacho osara corregirle, sino que hubiese errado.

Al final me animé y acerqué para felicitarlo por su trabajo. Pensó que se trataba de otro aspirante a asistente y me habló con cierta distancia y altanería. Le di las gracias afectado por su reacción y me retiré en enérgico movimiento al tiempo que escuchaba: “Oye, ven acá, discúlpame, ¿cómo te llamas? Estoy muy alterado por el ensayo. Te invito a que me acompañes a tomar un café después de la función y allí platicamos”.

Así inició una breve pero, en cierto sentido, intensa amistad. La intensidad de lo que ha de tener pronto término. Para entonces ya lo leía en Proceso y Reforma. Se mostró sorprendido a la vez que complacido de que yo, un aspirante a cantante de ópera, hubiera leído uno de sus libros. Ese en que reproduce la entrevista que realizó a Carlos Chávez en un hotel de Manhattan y que hace acento en el célebre conflicto Revueltas-Chávez (Carlos Chávez, un constante renacer). “¿Pero aclárame algo, por qué quieres ser cantante de ópera? Bueno, entiendo que de algo hay que vivir”. Tenía para sí la certeza de la abrumadora ignorancia de la mayoría de los cantantes de ópera. Entonces, como reparo, le hacía yo memoria de mi amigo Fernando López, barítono, compositor y amplio conocedor de la poesía francesa del siglo XIX. “¡Ah, a ese sí le funcionaba la azotea! Pero a ver, dame otro nombre”. Silencio. Luego le pregunté qué pensaba del hecho de que muchos lo criticaran por sus actitudes supuestamente contrarias hacia ciertos sectores de los Grupos Artísticos, de que algunos consideraran que los odiaba, que los despreciaba. Respondía con el gracejo acostumbrado: “Mira, ellos no merecen ni mi amor ni mi desprecio, sólo mi desdén”.

Convivir con él fue una fuente constante de encanto, sorpresa e hilaridad. Cierta ocasión le traje su encargo del segundo tomo de una biografía sobre Mahler desde Nueva York. Se sorprendió tanto de que lo hiciera –”le he encargado a otros y nunca encuentran nada”-, como yo de que me cubriera el costo del mismo –otros nunca te pagan los encargos. Cuando le comenté que acababa de adquirir un disco compacto con grabaciones de Leonard Bernstein con la Filarmónica de Nueva York, Fiesta Latinoamericana, se dijo humillado porque no era posible que él no lo tuviera. Le ofrecí grabárselo pero se opuso. Poco después me telefoneó para decirme que acababa de regresar de España: “Pero antes pasé por Nueva York sólo para comprar ese disco de Bernstein que me presumiste”.

En Guanajuato, durante un Festival Cervantino, acudimos a la representación de The Visitors, la ópera de Carlos Chávez. Debatimos sobre el porqué del compositor para utilizar el idioma inglés para su obra. Si se trataba de una arrogancia, si un sentido de posteridad puesta en la esperanza del idioma del nuevo imperio, si… Mientras tanto, él exponía sus conferencias previas a las funciones. Y también desbordaba maravillosas anécdotas que no han lugar aquí. Sólo mencionaré la inolvidable escena en ocasión del concierto de Kurt Moll presentado en un templo encaramado en la cima de un cerro guanajuatense. Asomaba el deseo de que el famoso bajo alemán cantara algo más que las canciones de Schubert que el programa anunciaba. Tan siquiera una canción distinta, un aria, algo que expresara la supuesta grandeza operística del cantante (y ya que había venido desde tan lejos). Llegó el intermedio animando a los espectadores desvelados, aletargados. Al salir del recinto para estirar el cuerpo alcancé a ver a José Antonio a una distancia considerable ya cuesta abajo y dispuesto a subir a un automóvil auxiliado como siempre de sus asistentes. “¿Qué, ya se va Maestro? –lo de maestro era una formalidad referida más al respeto por su obra y personalidad que a la acostumbrada facilidad con que se prodiga en los pasillos de Bellas Artes-, ¿no le gustó el concierto? ¿Cómo que no me gustó? Me resisto a contestar tu pregunta. Bueno, ¿no le agradó? Ya ves cómo sí existen otras palabras alternas. Ya ves cómo no tenemos que reducirnos al lenguaje común y barato. Ahora sí te respondo. A mí me chocan las canciones rancheras, cuanto más si las cantan en alemán”. La estentórea reacción fue sorpresivamente formidable porque no solía festejar abiertamente su propio humor.

Me obsequió con sus escritos para niños. Los trabajos en que regocija la ternura infantil en el espíritu del hombre, y que también era, esta terneza, más allá de la leyenda negra del ogro irrefrenable, una cualidad intrínseca de su personalidad. Niño desparpajado habitando en el hombre. Porque me alcanzaba en lo personal, le comenté los Cuentos de la abuela. En particular esa narración en que un viejo profesor enseña a cantar no a una soprano, sino a una manzana, su alumna favorita. Las tribulaciones del profesor con una manzana cantante de ópera. “Has sido el único en entender mi cuento”, me dijo.

No le pesó el hecho en sí del seudodebate que sostuvo con Ramón Vargas a raíz de una nota crítica que hiciera al tenor. En este episodio sus palabras revelan autoridad, certeza, agudeza, ingenio y autoridad intelectual, ironía y humor refrescante. Lo que le molestó fue que a pesar de recibir solidaridad telefónica de parte de gente varia, nadie fue capaz de apoyarlo con un artículo, una Carta al Editor, o cualquier apoyo público. Lo abandonaron. Siempre sospechó que no fue el tenor, sino alguien más, un articulista del diario Reforma y antiguo funcionario del INBA, quien a nombre del cantante de ópera habría escrito la irascible réplica intolerante a la menor crítica. Aún conservo los originales de sus artículos respecto a dicho asunto que, por lo demás, son brillantes.

José Antonio Alcaraz no odiaba ni a Verdi ni a Beethoven. Lo que detestaba era que en las programaciones regulares de las orquestas mexicanas o de la ópera no se saliera del mismo repertorio. Que estuvieran ancladas en el siglo XIX y sin ninguna intención por arriesgar, por exponer al público obras de la nueva centuria y de los compositores últimos. De allí vino parte de la leyenda negra de su odio. Pero más que oponerse propiamente al repertorio tradicional, pugnaba por lo diferente, lo nuevo. Se quería un hombre, un contemporáneo de su propio tiempo. No era odio a Verdi o Beethoven o Schubert, o etcétera, era tedio, fastidio por la repetición incesante. Era la necesidad de lo diverso. Por eso prefería a Mahler, Strauss, Poulenc, Dallapiccola, Tavener, o cualquier compositor que despejara el obnubilado horizonte de las autoridades y el público mexicano. Ante la reiteración no quedaba más que una imagen que constante viene a nosotros: verle abandonar su asiento en el intermedio; demasiado había sido el esfuerzo hasta allí.

La última vez que conversé con él ante el pórtico del Teatro de Bellas Artes (el “Teatro Blancote”, solía desmitificar), lo observé muy pálido. En Nueva York tuve que lamentar al poco tiempo su prematura y desgraciada muerte. Súbitamente me vino la imagen que lo pinta entero y la carcajada final antes de verlo subir al auto en un cerro de Guanajuato: “No me agradan las canciones rancheras, ¡me chocan!, y mucho menos cantadas en alemán”.

P.d. Texto publicado en José Antonio Alcaraz a través de sus textos. José Octavio Sosa, CONACULTA, 2008.

Y en nuestro fin musical, Leonard Bernstein presenta a Aaron Copland para dirigir la Filarmónica de Nueva York y su obra “El salón México”, que viene en el disco Latin American Fiesta, del cual hablé en varias ocasiones con José Antonio Alcaraz:

Héctor Palacio en Twitter: @NietzscheAristo