Creo en el imperio del idioma y en su validez normativa, construida a base de su práctica incesante. De su probidad a niveles axiomáticos y de su observancia forzosa para construir en sí, una ‘Teoría General de la Convivencia’ entre hispano-descendientes.

Creo, más que en la existencia de un “Imperio Español” pasado o presente… en la supervivencia de un “Imperio del español”, vigente, como lengua indestructible e inmersa en un proceso permanente de autocorrección y autorreconocimiento.

Creo en el español como lengua viva y reconozco en él, al auténtico y quizá único de los tesoros, cuyos dones, beneficios y aprovechamientos, han sido supuestamente distribuidos democráticamente entre todos sus practicantes sobre la faz de la Tierra… toda vez que no por el hecho de que el ‘Premio Cervantes de literatura’ lo entregue la Casa Real del Reino Español, a nombre del Ministerio de Cultura del Gobierno de España, le pertenece a este órgano de autoridad la facultad de designarlo o entregarlo… sino a todos los hispanohablantes por igual.

Desde el “Cantar de Mío Cid” de autor anónimo, a la “Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España”, del soldado Bernal Díaz del Castillo, creo en la narrativa de furia y carácter de los combatientes hispanos, que constituye en sí misma una liturgia evangélica de textos narrados para darnos a las posteriores generaciones, la “buena nueva” de haber encontrado nuevos mundos; de nuevas propuestas de vida ofrecidas por el Creador al hombre, a través de aquellos que fueron los pioneros del ‘colonialismo’… pero a la vez, los precursores de los viajes en busca de otras formas de civilización y de ‘otros mundos’; reconocidos como distintos por el militar hispano, pero también indefectiblemente humanos y cercanos, a la vista del religioso peninsular europeo. Aquellos que fueron quizá, los últimos soldados descendientes de romanos, con ‘morrión’ y armadura, reconociendo y construyendo el mapa del “mundo conocido” y sus rutas, pero a la vez, los primeros viajeros en el espacio de lo desconocido.

De Fray Bernardino de Sahagún, creador del ‘Códice Madrid’ y del ‘Códice Florentino’, útil para entender -en lenguaje español- los primeros relatos sobre la cultura mexica y la Conquista del Reino de Castilla.

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De Alfonso X a Gregorio Robles Morchón, creo firmemente en los avances hallados por estos autores paradigmáticos y distantes entre sí, en el sentido de construir con base en el empirismo y el método, respectivamente, una categoría definitoria al sistema de normas que rigen al mundo social, teniendo como soporte a la comunicación misma entre los hombres.

Del propio Miguel de Cervantes Saavedra a Antonio Machado, creo en ese paroxismo progresivo al que nos traslada su prosa narrativa abundante en detalles… y en la belleza de su métrica contundente y exacta.

Y creo también en Ortega y Gasset, en Unamuno, en Gustavo Adolfo Bécquer… como en la rebeldía desprendida de sus constructos, capaces de sembrar la duda en sus lectores sobre la pertinencia y funcionalidad de los mandatos sociales de sus respectivas épocas.

Creo en Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, Nellie Campobello, Jorge Ferretis, Agustín Yáñez, Rodolfo Usigli… y en su capacidad de exhaltar la indignación de todo un pueblo ante cualquier régimen tirano y autocrático, con una simple narrativa rica en ejemplos.

Creo en Borges y en su enorme capacidad para formular agudos logaritmos literarios y espléndidas alegorías fantásticas.

Creo en Neruda y en su gran compromiso con la poesía ‘vitalista’; creo en Octavio Paz y en su intento de descubrir la identidad mexicana y explorar el erotismo en sus trabajos. Creo en Gabriel García Márquez (Colombia), el autor extranjero más mexicano, como en su prolífica obra que refleja con elegancia y puntualidad quirúrgica, la realidad social de la región latinoamericana. Creo en Vargas Llosa y el “boom latinoamericano”. Creo en Andrés Henestrosa, en Miguel León-Portilla y en su gran aportación a la cultura universal, al permitirnos conocer -mediante la traducción y edición- la inmensa obra de autores precolombinos en lengua náhuatl, como Netzahualcóyotl, Cuacuauhtzín y Aquiauhtzín, a nosotros, sus lectores en español.

Y desde luego, creo en Gonzalo Celorio, prolífico autor en español, con el que me críe y crecí en aquel México de 1970 a 1982, gobernado por Luis Echeverría y José López Portillo y, cuyo sistema de educación básica pública, fue acremente criticada en su tiempo, por cierto, gracias a una supuesta carga ideológica desmedida -e inusual para esos tiempos del ‘desarrollo estabilizador’- hacia el ‘progresismo cultural’.

Situación que, hay que aclararlo, en nada se aproxima o se parece (ni por error) a la intentona de la administración lopezobradorista y atenuada en alguna medida por fortuna, en esta administración en curso encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum, en las que un sujeto de origen venezolano, de nombre Marx Arriaga, que fue nombrado desde el sexenio de AMLO, como responsable de una importante dirección general de la SEP, se aventó la ‘puntada’ (por decirlo cortésmente) de materializar en los programas educativos del nivel de educación primaria, el supuesto derecho de los estudiantes de ambos sexos, menores de 6 o 7 años que cursan educación primaria, a elegir -en ambos casos- llevar como uniforme escolar, una faldita o un pantalón, bajo el argumento de que “ya son suficientemente maduros para reconocer su preferencia sexual” y en el marco de esa ‘apertura’ a la posibilidad de que un chico de 12 o 13 años ya sea capaz de promover un procedimiento para escoger -formal o legalmente- su género.

Suprimió la repetición de curso para el caso del aprovechamiento ‘insuficiente’ en algunos niños, en una medida claramente ‘populista y demagógica’, pues hay niños que necesitan madurar y asimilar el conocimiento que no pudieron en ese ciclo que transcurrió… y favoreció las condiciones para la ‘colectivización del aprendizaje’… lo que aquí y en mi rancho no es otra cosa que la “normalización de la mediocridad”.

El estudio de la sexualidad, en estos años de experimento de lo que fue llamado como “la escuela mexicana”, fue llevado a los extremos de la vulgarización y hasta se volvió propedéutico para encaminar a los menores a malos hábitos como la masturbación… o a peores prácticas, como el sexo temprano (en niños y adolescentes) lo cual es una forma también de sexo irresponsable.

Ciertamente, en los tiempos de Echeverría y López Portillo, los libros de texto con los que personas de la edad del suscrito fuimos eficazmente instruidos, contenía en una de sus lecciones del libro de Ciencias Naturales de quinto grado de Primaria, gráficas claras sobre el aparato reproductor, tanto masculino como femenino. Y a lo más a que se llegaba, era a nombrar, con su nombre científico a los órganos de ambos sexos por su nombre científico: pene y vagina.

Sin embargo, lo intentado por Marx Arriaga desde la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP no tuvo parangón. Afortunadamente está fuera de la administración desde febrero pasado.

Son plenamente rescatables los textos de Don Gonzalo Celorio, que formaban parte de la plantilla estelar de prolíficos autores que, con sus trabajos, inducían en los libros de texto gratuitos de aquellos años, a la lectura científica o a la poesía en los niños y adolescentes de los niveles básico y medio básico.

Celorio fue invitado a colaborar por el titular de la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos de la época, Don Martín Luis Guzmán.

Eran textos escritos con la claridad y la sencillez que requiere un niño: cuentos, estrofas de poesías y relatos cortos.

Algunos títulos que el suscrito puede evocar son: ‘El Cienpiés’, ‘La Zorra y el Cuervo’ y ‘Chapete’.

En esa época prolífica de la educación pública en México, hubo otros grandes que aportaron a la calidad de los libros de texto gratuitos mexicanos, como la maestra normalista, de origen sonorense, Armida de la Vara y la también desaparecida diplomática y profesora chilena, Gabriela Mistral.

Pero a esas grandes firmas habría que sumarle que se publicaban en los libros de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (CONALITEG), estrofas de cuentos clásicos con autores de la más diversa orientación filosófica e ideológica… sin prejuicio alguno: en sus páginas podían convivir estrofas de cuentos de Máximo Gorki con otras de Antoine de Saint-Exupery… por ejemplo.

Fue una época prolífica, aquella a la que nos remitió en comentarios esta feliz noticia para México y el mundo de las letras mexicanas: el hecho de que el Premio Cervantes de Literatura, en su edición 2026, fue entregado al maestro mexicano Gonzalo Celorio, el pasado viernes 24 de abril, en ceremonia presidida por los reyes de España.

Muy merecido galardón para el excatedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, exdirector general del Fondo de Cultura Económica (FCE) y expresidente de la Academia Mexicana de la Lengua.

Y ya como colofón, reitero:

Creo en el español, como vehículo, como fuente de capital social incalculable, como reservorio de energía vital plenamente renovable y capitalizable, como base de un modelo de intercambio económico y comercial… y hasta como una alternativa de solución política, en un momento dado.

El español, como la lengua insustituible de más de 635 millones de hablantes, de los cuáles, más de 520 millones la tienen como lengua materna, no solo une… sino que dirime, ayuda a resolver, propone, inventa y reinventa… y cuenta siempre con más de una alternativa viable. Por su riqueza, plenitud y vigor, en el español la paz, el diálogo y el entendimiento, tienen más de una denominación.

Su fuerza declarativa no solo puede servir para destruir implacablemente… sino también tiene muchas alternativas para denotar y connotar.

Es un vehículo idóneo para la negociación. Y hoy día, tras analizar su importancia, podemos decir que el español ha logrado lo que ninguna ideología ha podido lograr: consolidar en los hechos, la existencia y la viabilidad de la Nación Hispanoamericana (hispanoparlante).

Para esto, el idioma español no ha necesitado de ‘cumbrecitas’ ni ‘foros ridículos’, que congrega a sus empoderados dirigentes y representantes de países -de un bando y de otro- a reunirse para tocar temas banales; o para lucir el ‘boato’ y la superficialidad de sus principios como individuos y como gobiernos a los que representan.

Hoy, el español es capaz de reunir no solo a sus simples gobernantes… gracias a la tecnología y a la fuerza de su cultura, es capaz de reunir en pocos instantes, a decenas de millones de miembros de la ‘nación hispanoparlante’ en torno a un juego de futbol o alrededor del televisor que transmite una bella melodía en español o retransmite un viejo programa de humor blanco, de algún comediante de habla hispana.

Por eso el idioma español, no puede ser propiedad de nadie en lo particular; ni de un reino, ni de una casa real, ni de una academia especializada, ni de un ministerio de dultura, ni de una agrupación militar multinacional; ni de una sociedad universal de países, ni de un gran corporativo mundial; ni de un medio de difusión masiva electrónico o impreso en lo específico.

El español como idioma, es la moneda de curso más dinámica y eficaz del mundo; es la papeleta de accionista que rinde más alto rendimiento en cualquier bolsa de valores del mundo; la más fiel a su precio de cotización y/o de compra; el que la posee, en este caso… el que lo habla, es su auténtico propietario y tiene derecho a gozar del uso y el usufructo de una cultura por demás universal y más viva que nunca; donde ese universo que representa su valor, se expande a diario; que reconoce más de un término cada día… que recoge en su cultura original su infinita creatividad y su naturaleza democrática, incluyente; donde todo mundo tiene cabida, siempre y cuando se atenga a sus reglas, milenariamente esculpidas en la roca de la tradición hispana del abrazo y la convivencia fraterna, feliz y amistosa.

En buena hora el español -como ningún idioma- no ha sido objeto de mercantilización o de patente de propiedad alguna. Es el bien público más democrático que existe en el mundo.

Ningún magnate, mexicano, español o universal lo ha querido (ni lo ha podido) comprar para rentarnos su uso… afortunadamente.

¡Imaginemos nomás el día que nuestro idioma se vuelva un objeto mercantil o un bien de producción!

El precio de los sentimientos, de la comunicación, del amor y el desamor, del entendimiento mismo entre nosotros, haría colapsar la vida armónica que hemos conocido hasta hoy… con todas sus virtudes y defectos.

¡Vivamos y disfrutemos mientras se pueda de este gran bien cultural de la humanidad hispana!

¡Y enhorabuena al maestro Gonzalo Celorio, por este merecido galardón!

X: @pequenialdo o @CalderonHallal1