En su momento, al presidente Richard Nixon lo derrumbó un escándalo político tras descubrirse un espionaje indebido del gobierno desde el edificio Watergate; pero a Donald Trump podría terminar hundiéndolo algo muchísimo más oscuro: un fantasma social. Y ahí reside quizá la diferencia más brutal entre ambos momentos históricos. Watergate destruyó a Nixon como presidente, más no lo hundió como ser humano; Epstein empieza lentamente a corroer a Trump como figura humana. Porque Nixon cayó por abuso de poder y encubrimiento institucional. Fue un terremoto gigantesco… pero todavía pertenecía al viejo mundo de los escándalos clásicos del poder estadounidense. Lo de Epstein pertenece a otro territorio. Mucho más tóxico. Mucho más repulsivo. Mucho más emocionalmente devastador.

Trump puede llegar a generar tal nivel de repudio social que las protestas frente a sus edificios o a su paso terminen convirtiéndose apenas en el inicio del fenómeno. Porque llega un momento en que ciertos liderazgos dejan de provocar respeto… y empiezan a provocar rechazo visceral. Abucheos. Escupitajos. Hostilidad abierta. Y entonces aparece el viejo fantasma del ostracismo: la necesidad de esconderse del espacio público, de huir hacia un Mar-a-Lago cada vez más lejano y más aislado, intentando escapar no ya de adversarios políticos… sino del desprecio social.

Por eso el caso jamás termina de morir. Porque ya no funciona solamente como expediente criminal. Funciona como símbolo contemporáneo de degradación moral de las élites occidentales. Y el problema para Trump es que su nombre vuelve inevitablemente a orbitar alrededor de ese agujero negro político, mediático y psicológico justo cuando el trumpismo empieza a mostrar señales cada vez más visibles de desgaste, ansiedad interna y pérdida progresiva de control narrativo. Porque el problema ya no es solamente Jeffrey Epstein. El verdadero problema es todo lo que Epstein simboliza: poder, dinero, sexo, privilegios obscenos, élites protegidas, redes opacas, protección institucional y la sospecha permanente —que para muchísima gente ya dejó incluso de ser simple sospecha— de que durante décadas existieron personajes capaces de operar bajo reglas completamente distintas al resto de la sociedad.

Por eso el tema produce algo mucho más peligroso que indignación política: produce asco moral. Y las sociedades reaccionan distinto frente al asco que frente al desacuerdo ideológico. A un político corrupto todavía pueden tolerarlo. A uno agresivo incluso pueden admirarlo. A uno autoritario pueden justificarlo. Pero cuando una figura empieza a quedar asociada socialmente con degradación moral extrema, perversión de élites, cinismo obsceno y sensación de monstruosidad ética… entra en otra dimensión psicológica. Ahí ya no hablamos solamente de popularidad. Hablamos de repulsión colectiva. Y eso resulta muchísimo más difícil de contener.

Porque además empiezan nuevamente a circular versiones sobre videos, grabaciones y materiales audiovisuales donde supuestamente aparecerían figuras políticas, empresarios y personajes cercanos al viejo círculo de Epstein. Entre ellos, inevitablemente, vuelve a mencionarse a Trump. Y aunque hasta ahora no exista confirmación pública verificable de un material definitivo que lo incrimine directamente en delitos específicos, el problema político ya no depende solamente de pruebas judiciales. Depende de percepción. Depende de contexto. Depende del desgaste psicológico acumulado. Y depende también de algo todavía más delicado: la erosión progresiva de la capacidad pública para seguir separando al personaje político… del personaje humano.

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Porque Trump construyó gran parte de su fuerza política vendiéndose como enemigo del establishment, destructor del “pantano”, perseguidor de élites corruptas y figura antisistema. Pero Epstein representa exactamente el corazón simbólico de ese pantano: multimillonarios, fiestas privadas, relaciones oscuras, protección institucional, excesos, conexiones políticas, empresariales y sociales… y esa vieja sensación obscena de que ciertos personajes parecían vivir convencidos de que jamás serían tocados por las reglas normales que sí aplicaban para el resto de los mortales. Por eso el tema resulta tan tóxico. Porque revive precisamente aquello que Trump prometió destruir.

Y el momento político no podría ser peor. El Senado comienza lentamente a mostrar grietas dentro de la famosa “pared roja”. Tulsi Gabbard —hasta hace poco directora nacional de Inteligencia de Estados Unidos, encargada de coordinar las dieciocho agencias del aparato de inteligencia estadounidense— abandona el gobierno en medio de tensiones delicadas. China proyecta estabilidad mientras Washington transmite ansiedad. Los BRICS —el bloque originalmente integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, hoy convertido en plataforma geopolítica y económica que busca reducir dependencia respecto al sistema occidental tradicional— siguen creciendo silenciosamente. Irán permanece congelado en una calma peligrosísima. Y dentro del propio trumpismo empiezan a percibirse movimientos de supervivencia política mucho más que verdadera cohesión estratégica.

Ahí es donde Epstein deja de ser solamente un fantasma político. Empieza a convertirse en fantasma social. Porque el deterioro ya no se limita al terreno electoral. Empieza a expandirse hacia el terreno cultural, emocional y humano. Y eso se nota cada vez más.

Trump ya llamó “cerditas” a comunicadoras. Ha convertido el insulto permanente en herramienta política. Y mientras más endurece ataques contra periodistas, artistas, programas críticos y voces incómodas, más empieza a proyectar la imagen de un liderazgo nervioso, obsesionado con controlar relatos y crecientemente incapaz de tolerar cuestionamientos públicos profundos. El problema es que los sistemas agotados suelen reaccionar exactamente así: intentando sofocar narrativas cuando ya no logran controlar completamente la percepción colectiva.

Y ahí las cosas empiezan a verse particularmente mal. Porque una cosa es confrontar medios. Y otra muy distinta parecer empeñado en destruir cualquier espacio cultural o periodístico que incomode demasiado.

El reciente golpe contra Late Show terminó funcionando casi como metáfora perfecta del momento político estadounidense. Un programa histórico, incómodo para el trumpismo, termina prácticamente liquidado… y la respuesta pública se convierte en un alud de solidaridad, indignación y audiencia masiva. La ironía resultó demoledora: uno de sus últimos grandes momentos —con Paul McCartney— terminó generando enorme simpatía precisamente hacia aquello que se pretendía debilitar. Los régimenes nerviosos suelen cometer exactamente ese error: creer que silenciar voces reduce descontento. Normalmente ocurre lo contrario. Multiplican el eco.

Y mientras tanto Bruce Springsteen continúa endureciendo públicamente sus críticas. Cada vez más figuras culturales abandonan prudencia diplomática. Son ya cientos de actores, músicos, comunicadores, intelectuales y líderes socioculturales que insisten en empujar algo mucho más peligroso que oposición política tradicional: absoluto repudio moral.

Y ahí aparece la ironía más brutal de todas: el movimiento político que prometió “drenar el pantano” podría terminar hundiéndose precisamente en el lodo simbólico del pantano que juró destruir. Porque cuando los sistemas comienzan a deteriorarse moralmente, ya ni siquiera importa únicamente la verdad jurídica. Importa la percepción colectiva. Importa la sospecha. Importa la sensación de hipocresía estructural.

Y Epstein se convirtió exactamente en eso: el símbolo perfecto de un mundo donde muchísima gente empieza a creer que existen personas demasiado ricas, demasiado conectadas y demasiado útiles para ciertas estructuras… como para permitir que toda la verdad salga realmente a la superficie.

Por eso el caso produce tanto nerviosismo. Por eso reaparece constantemente. Por eso sigue generando temor incluso años después. Porque el problema dejó hace mucho de ser solamente Epstein. El problema empieza a ser la sospecha creciente de que el sistema entero funciona bajo reglas distintas para quienes pertenecen a determinados círculos de poder. Y cuando una sociedad empieza a convencerse de eso… las instituciones comienzan lentamente a perder algo muchísimo más importante que credibilidad. Empiezan a perder legitimidad moral.

Y las democracias rara vez sobreviven intactas cuando sus ciudadanos comienzan a sospechar que existen élites protegidas jugando permanentemente bajo reglas distintas. Porque ahí el problema deja de ser un hombre. Un partido. O un escándalo. Empieza a convertirse en síntoma de algo muchísimo más profundo: la sensación creciente de que el sistema ya no funciona realmente para la sociedad… sino para protegerse a sí mismo.

Y quizá ahí empieza a surgir algo todavía más peligroso para Trump: que para sectores cada vez más amplios ya no se trate solamente de un presidente polémico, radical o desgastado, sino de una figura percibida como moralmente aberrante, obscena, monstruosa y profundamente vergonzosa para la propia investidura presidencial estadounidense. Y cuando una parte importante de la sociedad comienza a mirar así a un líder político… el problema deja de ser electoral. Empieza a convertirse en emocional. Y social.

Porque las sociedades pueden tolerar corrupción. Pueden tolerar abusos. Incluso pueden tolerar mentiras durante cierto tiempo. Lo que rara vez toleran indefinidamente… es la sensación de que existe una aristocracia moderna capaz de vivir eternamente blindada frente a las consecuencias mientras desprecia abiertamente cualquier límite moral.

Ahí el riesgo comienza a escalar peligrosamente. Porque cuando el desprestigio político se transforma en repulsión colectiva… las sociedades dejan de reaccionar racionalmente. Empiezan a reaccionar visceralmente. Y la historia demuestra que los liderazgos que terminan convertidos en símbolos extremos de degradación moral suelen enfrentar etapas donde el rechazo social deja incluso de expresarse solamente en las urnas o en los medios. Empieza a expresarse en hostilidad abierta. En repudio masivo. En furia acumulada.

Y llega un momento particularmente devastador para cualquier figura de poder: cuando deja de provocar respeto, incluso entre muchos que antes lo admiraban, y empieza a provocar vergüenza pública. Ahí los aplausos se transforman en abucheos. La admiración en bochorno. Y la investidura presidencial comienza lentamente a convertirse en objeto de rechazo social abierto.

Porque los imperios pueden soportar presidentes torpes. Incluso presidentes corruptos. Lo que rara vez soportan intactos… es convertir la propia presidencia en símbolo mundial de degradación moral.

Y quizá ahí reside el verdadero terror que el fantasma de Epstein vuelve a despertar en Washington. No solamente lo que pudiera saberse. Sino lo que millones empiezan lentamente a concluir por sí mismos… aunque las estructuras de poder jamás terminen de admitirlo completamente.

Porque Nixon cayó cuando Estados Unidos todavía confiaba en sus instituciones.

Trump podría empezar a hundirse precisamente cuando millones ya dejaron de confiar en casi todo.

Y eso vuelve esta crisis infinitamente más peligrosa.

No solamente para Trump.

Para el propio sistema estadounidense.

Porque cuando el repudio social alcanza cierto punto… ya no bastan discursos, propaganda ni aparatos políticos para contenerlo. Empieza el ostracismo. La huida del espacio público. La necesidad de esconderse de las miradas.

Y los liderazgos que alguna vez se sintieron intocables terminan descubriendo algo infinitamente más devastador que perder elecciones: convertirse en símbolos vivientes de vergüenza colectiva.

Porque los imperios no empiezan realmente a derrumbarse cuando pierden guerras.

Empiezan a pudrirse cuando millones dejan de sentir orgullo por quienes los gobiernan… y comienzan a sentir vergüenza de ser representados por ellos.

Y el día en que una sociedad deja de mirar a su líder con respeto y empieza a mirarlo con asco… el poder todavía puede conservar palacios, guardaespaldas, aviones y propaganda, pero ya perdió lo más importante: la legitimidad moral frente a su propio pueblo.

Ahí es donde los viejos imperios empiezan verdaderamente a morir por dentro.

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