¿Es posible volver a la “familia tradicional” que defienden los conservadores? Desde su óptica, los hombres deben proveer y las mujeres encargarse del hogar: en otras palabras, reinstalar los roles de género.
En ese contexto, la empresaria empresaria Erika Kirk —viuda de Charles Kirk, activista político conservador asesinado durante un evento universitario en Utah— tomó la palabra en la Women’s Leadership Summit 2026 para defender el llamado “voto por hogar”, una fórmula en la que el esposo concentraría el sufragio familiar.
La pregunta inevitable flota en el aire: ¿a quién cedería su voto Erika Kirk si un hombre fuera el encargado? Este planteamiento revela la fragilidad de ciertos discursos conservadores, que parecen sostenerse más en la provocación que en la reflexión.
En México, la polémica se avivó cuando la abogada priista Natalia Torres cuestionó la vigencia del voto universal. Sus argumentos, inconsistentes y poco reflexionados encendieron las redes sociales. Ante la crítica, intentó matizar su postura con un video en el que se excusaba: “lo dije en un podcast, no estaba haciendo una iniciativa”.
Por otro lado el panista Javier Albarrán, en su cuenta de Instagram subió un reel complementando o sumándose a la conversación en boga, en su video afirma: “yo creo que si votáramos por casa y por familia razonaríamos mejor, y tomaríamos mejor decisiones”. La gente lo cuestionó en los comentarios de la publicación y solo puso en evidencia lo frágil de su fundamento.
Lo inquietante de estos comentarios disfrazados de contenido es que exhiben una profunda falta de conciencia. Quienes los emiten suelen sentirse moral, académica, cultural o económicamente superiores, sin advertir que sus palabras carecen de sentido o, peor aún, pueden minar aquello que dicen defender: la democracia y el sistema económico que la sostiene.
Cuando Erika Kirk afirma que sería preferible que un hombre vote en lugar de una mujer, no solo relega a las mujeres al ámbito doméstico: erosiona la democracia y, con ella, el propio capitalismo. En el presente, las mujeres no pueden regresar al hogar como si se tratara de un destino natural. Además de ser económicamente inviable, —a menos que quisiéramos boicotear el capitalismo— tampoco existen políticas públicas suficientes que reconozcan el cuidado de hijos, personas mayores o dependientes como lo que realmente es: trabajo.
La ausencia de dignificación en estas tareas desembocaría en un incremento de la pobreza sistemática, pues las mujeres quedarían sin ingresos propios y dependerían de la asistencia de otros. Y no puede haber libertad sin independencia económica femenina.
Por otra parte, lo señalado por Javier Albarrán constituye una invitación al paternalismo: sugiere la existencia de una “cabeza del hogar” que concentraría la decisión política. Bajo ese esquema, grupos vulnerables quedarían invisibilizados, reducidos a sujetos sin voz dentro de la esfera pública.
Esta visión de la “familia tradicional” se presenta como un refugio seguro, pero en realidad es una imposición que busca responder a un contexto histórico marcado por desigualdades. Cuando las mujeres ingresaron al mercado laboral enfrentaron salarios menores, acoso, discriminación y escasas oportunidades de crecimiento. Ese caldo de cultivo explica, en parte, por qué el discurso de convertirse en tradwife ha ganado fuerza: se ofrece como una salida nostálgica frente a un sistema que nunca garantizó condiciones equitativas. La derecha se da un balazo en el pie y no se da cuenta.
A los estadounidenses les toca pensar si la democracia que quieren reside en el pasado y a los mexicanos si resulta sensato seguir mirando a nuestro vecino como brújula política.





