El presidencialismo mexicano está lleno de ejemplos caóticos en los que el expresidente inmediato y el presidente en funciones han transitado desde sanas distancias hasta quiebres judiciales.

Bajo esa esfera, la comentocracia no ha cesado en «crear» —sinónimo de inventar— un hipotético rompimiento entre el expresidente Andrés Manuel López Obrador y la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo.

Tal hipótesis ha encontrado, en distintos momentos, diversos ejemplos. El más reciente y simbólico para este análisis reside en el caso Rocha Moya, donde editoriales novelescas, como las desarrolladas en Código Magenta, afirmaban que el gobernador con licencia, Rubén Rocha Moya, no había actuado individualmente, sino bajo el impulso de Palenque y del expresidente López Obrador.

Federico Arreola lo sintetizaba simbólicamente días atrás, haciendo una alegoría a la canción de Jacques Brel, Ne me quitte pas: la súplica angustiosa de un hombre que busca impedir que la mujer que ama lo abandone, ofreciéndole incluso lo imposible para retenerla, como aquellas «perlas de lluvia venidas de un país donde no llueve».

Y es que así de imposible resulta plantear, en términos de racionalidad, un posible rompimiento entre Andrés Manuel López Obrador y la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo.

Las columnas más leídas de hoy

Ese hipotético rompimiento, insisto, tendría como coprotagonistas a actores políticos dentro del gobierno federal que, naturalmente, participaron también en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador.

Y es que ¿a quién de los dos —al expresidente de México o a la presidenta de la República— le convendría pelearse con su propio espejo?

También ha sido dolosamente inexacta la oposición al definir qué es ser obradorista.

Si bien algunos funcionarios o exfuncionarios públicos tuvieron una participación relevante durante el sexenio de López Obrador y no todos han logrado afianzar, en esta transición, un rol de la misma relevancia con la presidenta Claudia Sheinbaum, ello es propio de los cuadros y equipos que, bajo el estilo personal de gobernar, acompañan al presidente en funciones.

Que alguno de esos cuadros obradoristas llegue a posicionarse, de algún modo, a contrasentido del mandato presidencial no implica que sea todo el obradorismo el que esté en contra de la presidenta Claudia Sheinbaum.

¿Qué es, entonces, el obradorismo?

El obradorismo no se reduce a aquellos funcionarios que desarrollaron su carrera política bajo el manto y la proyección de Andrés Manuel López Obrador y que ahora buscan continuar esa ruta política con la presidenta Claudia Sheinbaum.

El obradorismo es, sobre todo, el constructo filosófico y político de los valores, el programa y la filosofía de la Cuarta Transformación, englobados en el humanismo mexicano.

El obradorismo no puede descansar simbólicamente en personas o individuos identificados históricamente como más cercanos al liderazgo del expresidente López Obrador que al de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.

El obradorismo es, en realidad, la teoría política en la que la Cuarta Transformación fundamenta su intención y su acción.

¿Qué rompimiento podría haber de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo con el obradorismo si ha continuado esencialmente su ruta política y administrativa de gobierno bajo los preceptos del humanismo mexicano: priorizar la atención a los pobres; combatir el nepotismo, el influyentismo, la corrupción y la impunidad; y, desde los valores humanos, combatir también el clasismo y el racismo?

La presidenta mantiene congruencia en su actuar diario y lealtad a la Cuarta Transformación, defendiendo férreamente la soberanía nacional y pugnando, en todas las materias, por la no intervención y la no injerencia.

¿Qué mayor consecuencia obradorista podría exigírsele a la presidenta que defender a la patria y trabajar desde el amor por México?

Esos sueños de perlas de lluvia en un país donde no llueve resultan falaces cuando pretenden vincular al obradorismo con individuos aislados que crecieron y desarrollaron, como muchos dentro de Morena, su trayectoria política bajo el manto del expresidente López Obrador.

La presidenta, en su estilo personal de gobernar, construye con su equipo y sus cercanos la ruta del proyecto de nación, bajo los parámetros de la soberanía nacional, la no injerencia y la atención prioritaria a los pobres.

¿Qué rompimiento hay? ¿Qué quiebre hay? Ninguno.

Hay consecuencia. Hay lealtad al proyecto de nación y a la patria soberana.