Hay fechas que no necesitan estar marcadas en el calendario para regresar a nuestra memoria. Ayer, 13 de septiembre, se cumple un aniversario más del paso del huracán Gilberto por la Península de Yucatán, aquel gigantesco ciclón que en 1988 dejó una huella profunda en quienes lo vivimos.

Han pasado 38 años, pero para muchos yucatecos los recuerdos siguen intactos. Gilberto fue un monstruo. Uno de esos huracanes que cambian para siempre la manera en que una generación entiende la fuerza de la naturaleza. Los vientos golpearon con una violencia difícil de describir. Árboles arrancados, postes derribados, techos que volaban, calles bloqueadas, viviendas destruidas y una ciudad que, poco a poco, fue quedándose a oscuras. Y después vino algo que hoy, en la era de los teléfonos celulares, internet y las redes sociales, resulta difícil imaginar: Yucatán quedó prácticamente incomunicado.

No había WhatsApp. No había Facebook. No había teléfonos celulares al alcance de todos. No existía la posibilidad de abrir una aplicación para conocer la trayectoria del huracán o enviar un mensaje para avisar a la familia que estábamos bien. La radio era entonces mucho más que entretenimiento. Era compañía, era información y en momentos como aquel, podía convertirse en el único vínculo entre miles de personas aisladas por la tormenta.

Tengo además una razón profundamente personal para recordar aquellas horas. En medio del desastre, cuando prácticamente todas las comunicaciones habían caído, solo hubo una antena que se mantuvo de pie, una estación de radio del Grupo SIPSE que permaneció al aire y detrás de aquel micrófono estaba mi padre.

Transmitió utilizando el seudónimo de Ricardo Jordan. Mientras afuera Gilberto golpeaba con toda su fuerza, él permaneció frente al micrófono informando, acompañando y tratando de llevar serenidad a quienes estaban encerrados en sus casas escuchando un pequeño radio de pilas. Para mí, ese recuerdo tiene inevitablemente un significado especial. Imagino hoy aquellas casas oscuras, familias reunidas alrededor de un radio, escuchando una voz que les decía qué estaba sucediendo afuera.

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En circunstancias normales, una voz en la radio puede simplemente informar. Durante un huracán, puede significar mucho más. Puede hacer que alguien se sienta acompañado. Puede tranquilizar. Puede orientar. Puede incluso salvar vidas. Pero si algo dejó Gilberto, además de destrucción y miedo, fue una extraordinaria demostración de lo que somos capaces de hacer los yucatecos cuando enfrentamos juntos la adversidad.

Cuando pasó el viento y comenzamos a salir de nuestras casas, apareció otro Yucatán. El de los vecinos ayudando a los vecinos. El de quienes compartían agua, comida, velas, herramientas o un espacio donde dormir. El de las personas que, antes de preguntarse cuánto habían perdido ellas mismas, preguntaban cómo estaba el de al lado. No importaban apellidos, posiciones económicas, preferencias políticas ni diferencias sociales. Había que levantar árboles. Había que limpiar calles. Había que ayudar a quien había perdido el techo. Había que encontrar hielo, agua y comida. Había que empezar otra vez. Y se empezó. Entre todos.

Quizá por eso quienes vivimos en la península hemos desarrollado una relación muy particular con los huracanes. Los respetamos. Sabemos lo que significan. Aprendimos desde niños a seguir las trayectorias, asegurar puertas y ventanas, llenar recipientes de agua, comprar alimentos, tener lámparas y radios con baterías. Los nombres cambian. Gilberto, Isidoro, Wilma y tantos otros. Cada generación de yucatecos tiene el nombre de algún ciclón guardado en la memoria. Los huracanes, de alguna manera, se han convertido en parte de nuestra vida en la península. Pero hay algo todavía más constante que los huracanes. La solidaridad.

Porque cada vez que la naturaleza nos pone a prueba vuelve a aparecer esa característica extraordinaria de nuestra sociedad. Nos ayudamos. Nos buscamos. Compartimos. Nos organizamos. Y nos levantamos.

Por eso, 38 años después, recordar a Gilberto no debería significar únicamente recordar su categoría, la velocidad de sus vientos o la magnitud de los daños. También debemos recordar la humanidad que apareció después de la tormenta. Hoy recuerdo especialmente a mi padre frente a aquel micrófono, bajo el nombre de Ricardo Jordan, haciendo lo que sabía hacer: comunicar. Pero también recuerdo a miles de yucatecos anónimos que hicieron exactamente lo mismo desde sus posibilidades. El médico que atendió. El policía que permaneció en servicio. El trabajador que salió a despejar una calle. El comerciante que ayudó. El vecino que compartió. La familia que abrió su casa. El desconocido que tendió una mano. Ellos también fueron los protagonistas de Gilberto.

Treinta y ocho años después, vivimos en un Yucatán diferente. Tenemos mejores sistemas de comunicación, tecnología para anticipar los fenómenos meteorológicos y una cultura de protección civil mucho más desarrollada. Pero ninguna tecnología puede sustituir aquello que verdaderamente permite que una sociedad sobreviva a una tragedia: la capacidad de reconocernos en el otro.

Los huracanes ya son algo normal en la península. Pero, afortunadamente, hay algo todavía más normal entre nosotros: la solidaridad de un pueblo que, cuando llega la adversidad, deja de ser un conjunto de desconocidos y vuelve a reconocerse como una familia.

Porque podrán caer los árboles. Podrá irse la electricidad. Podrán fallar las comunicaciones. Podrá soplar el viento con toda su fuerza. Pero mientras los yucatecos sigamos siendo capaces de tenderle la mano al que tenemos al lado, ninguna tormenta será más fuerte que nosotros.