Claudia Sheinbaum tiene gobierno. Tiene popularidad, tiene mayoría legislativa, tiene capacidad de comunicación y conserva una enorme fuerza política. Lo que le falta, desde mi punto de vista, es política. O, para decirlo con mayor precisión: le falta alguien que haga política por ella.
Una presidenta de la República no puede ser al mismo tiempo jefa del Estado, jefa del gobierno, jefa de su movimiento, vocera, negociadora, operadora política y primera línea de defensa cada vez que surge un conflicto. Y, sin embargo, demasiadas veces vemos exactamente eso.
Cuando aparece una crisis política, sale Claudia. Cuando hay que responderle a la oposición, sale Claudia. Cuando existe una controversia dentro de Morena, sale Claudia. Cuando un gobernador genera un problema, sale Claudia. Cuando hay que fijar posición frente a algún actor político, sale Claudia. La presidenta siempre termina defendiendo a la presidenta.
¿Entonces para qué existe la Secretaría de Gobernación? No cuestiono aquí la honestidad, capacidad administrativa o trayectoria de Rosa Icela Rodríguez. Mi cuestionamiento es estrictamente político.
Gobernación necesita volver a ser Gobernación. México necesita un secretario de Gobernación que tenga peso propio, que conozca gobernadores, diputados, senadores, dirigentes partidistas y empresarios; que pueda sentarse con la oposición; que conozca las entrañas de Morena; que sepa negociar antes de que los conflictos lleguen a Palacio Nacional y, sobre todo, que entienda perfectamente dónde termina su poder y dónde comienza el poder presidencial.
Yo propondría a Ricardo Monreal Ávila.
Y precisamente por algunas de las razones por las que otros desconfiarían de él. Monreal es político. Político en el sentido más tradicional de la palabra. Ha pasado por distintas fuerzas políticas. Ha sido gobernador, diputado, senador, coordinador parlamentario y operador de algunas de las negociaciones políticas más complejas de los últimos años. Conoce el sistema. Conoce sus cañerías. Sabe quién habla con quién, quién representa realmente a quién, cuándo una amenaza es verdadera y cuándo forma parte de una negociación.
Y, sobre todo, conoce el poder presidencial.
Lo conoce y le teme. Y no utilizo la palabra “teme” como sinónimo de miedo personal, sino como el reconocimiento de la dimensión del poder político e institucional que representa la Presidencia de la República en México.
Monreal sabe algo que algunos políticos de las nuevas generaciones parecen haber olvidado: en el sistema presidencial mexicano puede haber muchos hombres y mujeres poderosos, pero solamente existe una persona que porta la banda presidencial. Eso importa. Por eso creo que Monreal podría ser un extraordinario secretario de Gobernación de Claudia Sheinbaum.
Y aquí está la frase que resume mi argumento: “Ricardo Monreal quizá no le sería leal a Claudia Sheinbaum. Le sería leal a la presidenta de México”.
Y existe una diferencia enorme. La lealtad personal depende de afectos, amistades, grupos y complicidades. La lealtad institucional depende del poder legítimamente constituido. Monreal conoce esa diferencia.
Ha sobrevivido políticamente durante décadas precisamente porque entiende dónde está el poder, cómo se ejerce y cuándo hay que disciplinarse frente a él. Además, tiene algo que hoy hace falta en Gobernación: interlocución. Puede hablar con un priista porque conoce perfectamente ese mundo. Puede entender a la izquierda porque ha vivido dentro de ella. Puede negociar con el PAN porque lleva décadas negociando con sus dirigentes. Puede hablar con gobernadores porque fue gobernador. Puede entender a los senadores porque fue senador. Y conoce perfectamente a los diputados porque ha conducido políticamente a la mayoría en San Lázaro.
Eso es hacer política.
Y ésa debería ser una de las principales funciones de Gobernación. Un buen secretario de Gobernación no necesariamente es aquel que aparece todos los días en televisión. Muchas veces es exactamente lo contrario. Es aquel que consigue que el problema no llegue a la conferencia presidencial. El que habla con el gobernador antes de que estalle el conflicto. El que llama al dirigente opositor antes de que rompa el diálogo. El que negocia con los legisladores antes de perder una votación. El que escucha al empresario antes de que publique el desplegado. El que recibe al inconforme antes de que cierre una carretera. El que detecta una rebelión interna antes de que se convierta en una fractura.
Gobernación debería ser el amortiguador político de la Presidencia. No otra oficina administrativa del gabinete.
Claudia Sheinbaum ha demostrado que sabe ejercer el poder. Pero precisamente porque es presidenta debería reservar su intervención política para los grandes asuntos. Cada vez que ella tiene que salir personalmente a responder una polémica menor, el gobierno utiliza innecesariamente su activo político más importante.
La presidenta debe ser la última instancia. No la primera.
Para eso necesita operadores. Y necesita uno particularmente poderoso en Bucareli. Alguien con teléfono, oficio, memoria, cicatrices y autoridad política.
Alguien capaz de sentarse con adversarios sin sentirse traidor y de negociar con aliados sin convertirse en subordinado de sus intereses.
Ricardo Monreal tiene defectos. Muchos. Tiene adversarios dentro de Morena. También muchos. Tiene una larguísima historia política y carga con todos los costos que implica haber participado durante décadas en la vida pública mexicana. Pero precisamente por eso sabe hacer algo que no se aprende en un curso ni se improvisa desde un escritorio: Sabe operar políticamente. Y para operar políticamente no basta con ser inteligente. A veces hace falta algo más incómodo de admitir: colmillo, malicia y hasta cierta dosis de maldad política. Monreal la tiene.
Tiene la habilidad, pero también la maldad política necesaria para lidiar con personajes que no son precisamente ingenuos. Puede sentarse frente a López Obrador, Adán Augusto López, Gerardo Fernández Noroña o cualquiera de los pesos pesados de la 4T sin achicarse, sin perderse en el juego y, sobre todo, entendiendo perfectamente qué intereses representa cada uno.
Y eso puede ser particularmente importante para Claudia Sheinbaum. Porque el secretario de Gobernación que necesita la presidenta no sólo debe negociar con quienes están enfrente. También debe saber poner orden entre quienes están adentro.
El poder no solamente se cuida frente a los adversarios. Muchas veces los mayores problemas de un gobierno nacen dentro de su propia coalición. Ahí Monreal tiene una ventaja enorme.
Conoce a los personajes, conoce sus ambiciones, conoce sus grupos, conoce sus fortalezas y también sus debilidades. Ha competido con algunos, negociado con otros y sobrevivido políticamente a casi todos.
No necesitas mandar a un ingenuo a negociar con políticos que llevan décadas jugando al poder. Necesitas mandar a otro político que conozca el juego igual o mejor que ellos. Eso es Gobernación.
No se trata de confrontar a López Obrador, a Adán Augusto, a Alito, a Romero o a Noroña. Se trata de que exista dentro del gobierno alguien con el tamaño político suficiente para hablar con cualquiera de ellos sin obligar a la presidenta a intervenir personalmente cada vez que aparezca una diferencia.
Porque cuando la presidenta tiene que resolver todos los conflictos, deja de ser árbitro y termina convirtiéndose en jugador. Un buen secretario de Gobernación debe evitar precisamente eso.
México atraviesa momentos demasiado complejos para despreciar el oficio político.
Vienen las elecciones de 2027. Vendrán disputas por candidaturas dentro de Morena, tensiones con gobernadores, negociaciones legislativas, conflictos con la oposición y una inevitable lucha adelantada por la sucesión presidencial de 2030. La política va a aumentar, no a disminuir. Y si Gobernación no ocupa ese espacio, alguien más lo ocupará. O peor todavía: tendrá que seguir ocupándolo personalmente Claudia Sheinbaum. Ahí veo hoy una de las principales debilidades de su gobierno. No en la Presidencia. En la política alrededor de la Presidencia.
Por eso pondría a Ricardo Monreal en Gobernación.
No para hacerle sombra a Claudia Sheinbaum, no puede. No para construir una candidatura, tampoco puede. No para crear un poder paralelo. Exactamente para lo contrario. Para cuidar el poder presidencial.
Porque un buen secretario de Gobernación debe entender que puede ser el segundo político más poderoso del gobierno, pero nunca olvidar quién es el primero.
Y de algo estoy convencido: Ricardo Monreal jamás olvidaría quién porta la banda presidencial.


