Durante años permitimos que un aparato de quince centímetros entrara al salón y comenzara a competir con el maestro, el libro, los compañeros y hasta con la capacidad del alumno para aburrirse, imaginar, pensar y concentrarse. Perdimos casi todos. Hoy México discute regular con mayor firmeza el uso de celulares en las escuelas y la pregunta ya no debería ser si incomodaremos a niños y adolescentes pidiéndoles que guarden el teléfono durante una clase. La pregunta correcta es por qué tardamos tanto en recuperar el salón para aquello que fue creado: aprender.
La discusión llega en un momento oportuno. El gobierno federal prepara una estrategia nacional para ordenar el uso de dispositivos móviles en las escuelas, mientras distintas entidades ya han comenzado a establecer restricciones o reglas específicas. No estamos frente a una ocurrencia improvisada ni tendría sentido convertirla en una guerra contra la tecnología. Estamos frente a un problema cotidiano que padres, maestros y alumnos conocen perfectamente: el teléfono se convirtió demasiadas veces en el verdadero centro de atención dentro del aula. Y conviene dejar algo establecido desde el principio: no estamos en contra de la tecnología. Sería absurdo pretenderlo. Nunca habíamos dispuesto de herramientas tan poderosas para acceder al conocimiento, investigar, aprender idiomas, consultar bibliotecas de cualquier parte del mundo, conocer culturas, resolver problemas, obtener información científica o utilizar instrumentos de inteligencia artificial capaces de enriquecer extraordinariamente la formación. La tecnología es una de las grandes conquistas de nuestra época y los niños deben aprender a manejarla con profundidad, criterio y destreza porque el mundo en el que vivirán será todavía más digital que el nuestro.
El problema no es utilizar tecnología. El problema es no saber cuándo dejar de utilizarla. Todo tiene su tiempo, su espacio y su límite. Una computadora, una tableta o un teléfono pueden ser excelentes instrumentos de aprendizaje cuando existe una finalidad pedagógica y un maestro que conduce su uso, pero dejan de ser herramientas cuando interrumpen continuamente la atención, sustituyen la lectura profunda por estímulos de segundos o provocan que el estudiante deje de decidir qué quiere mirar porque un algoritmo comienza a decidirlo por él.
El objetivo no debe ser sacar la tecnología de la escuela, sino sacar la distracción de la clase. Si el profesor decide utilizar el teléfono para investigar, consultar una fuente, realizar un ejercicio, acceder a una aplicación educativa o trabajar con inteligencia artificial, debe poder hacerlo; pero cuando no existe una finalidad académica concreta, el dispositivo puede y debe permanecer guardado. Cuarenta o cincuenta minutos sin WhatsApp, TikTok, Instagram, videojuegos o notificaciones no constituyen una violación de derechos, sino entrenamiento de la concentración y del autocontrol.
La disciplina también consiste en aprender que no todos los impulsos tienen que satisfacerse inmediatamente. Durante demasiado tiempo confundimos libertad con ausencia de límites, cuando una parte esencial de la educación consiste precisamente en adquirir hábitos: llegar a tiempo, escuchar, respetar turnos, terminar una tarea, leer varias páginas sin interrumpirse, resolver un problema difícil y mantener la atención aunque exista algo más atractivo a pocos centímetros de distancia.
El celular altera profundamente esa dinámica porque tampoco debemos engañarnos pensando que se trata de una herramienta completamente neutral. Muchas plataformas digitales están diseñadas expresamente para capturar atención. Los algoritmos aprenden qué emociona, sorprende, irrita o entretiene a cada usuario y perfeccionan continuamente la manera de mantenerlo mirando una pantalla. Su rentabilidad depende en buena medida del tiempo que consiguen retenernos. Pretender entonces que un niño o un adolescente compita sólo mediante fuerza de voluntad contra algunas de las tecnologías más sofisticadas de persuasión jamás creadas resulta ingenuo.
Por eso también hace falta supervisión. El mundo digital permite acceder en segundos a cantidades extraordinarias de información útil, pero exactamente por la misma puerta puede llegar información falsa, violenta, sexualmente inadecuada, manipuladora o simplemente tóxica para una edad determinada. Ningún padre, maestro o gobierno podrá impedir por completo que un menor encuentre contenidos inconvenientes, y tampoco sería sano construir una burbuja artificial. Lo que sí podemos hacer es acompañar, filtrar cuando sea posible, establecer edades, horarios y límites, conversar sobre lo que reciben y procurar que las dosis de información sean adecuadas para cada etapa de desarrollo. Un niño no necesita conocer todo inmediatamente por el simple hecho de que técnicamente pueda acceder a ello. La formación consiste también en aprender progresivamente a interpretar el mundo. Si dejamos esa tarea exclusivamente a plataformas cuyo criterio de selección no es educativo sino conseguir clics y permanencia, estaremos cediendo una función que corresponde primero a familias y maestros.
La responsabilidad, por tanto, no puede descargarse exclusivamente sobre los menores. Somos los adultos quienes les entregamos teléfonos cada vez más temprano, pagamos sus planes de datos y muchas veces damos exactamente el ejemplo contrario al que pretendemos enseñar. Un padre que cena mirando WhatsApp, una madre que interrumpe continuamente una conversación para revisar notificaciones o un maestro que consulta su teléfono frente al grupo difícilmente pueden exigir autocontrol digital a un adolescente. Si queremos recuperar espacios sin pantallas, tendrán que existir también en casa. La comida familiar, determinadas horas de estudio, conversaciones, reuniones y quizá incluso algunos momentos de ocio deberían poder transcurrir sin que cada integrante permanezca aislado dentro de su propio dispositivo. No se trata de regresar artificialmente a un mundo que ya desapareció, sino de impedir que la pantalla colonice hasta el último minuto de nuestra vida.
Y aquí hay otro aspecto que hemos descuidado: el niño tiene derecho al esparcimiento. Tiene que jugar, divertirse y disponer de tiempo libre. La solución no consiste en quitarle el celular para llenar inmediatamente cada minuto con obligaciones académicas. Los niños necesitan ocio, pero no todo ocio tiene por qué venir empaquetado dentro de una aplicación. Hay que recuperar también el juego tradicional: correr, patear una pelota, andar en bicicleta, jugar escondidas, inventar reglas, construir algo con las manos, dibujar, armar rompecabezas, reunirse con amigos o simplemente imaginar. Muchos de quienes hoy somos adultos aprendimos capacidades extraordinarias sin darnos cuenta mientras jugábamos: negociar reglas, resolver conflictos, perder y volver a intentarlo, compartir, competir, inventar personajes y encontrar diversión donde aparentemente no había nada preparado. Aquellos juegos exigían creatividad precisamente porque no entregaban cada estímulo terminado. Una caja podía convertirse en automóvil, fortaleza o nave espacial; una calle servía para organizar un partido y un grupo de niños tenía que acordar por sí mismo cómo jugar. El entretenimiento digital ofrece posibilidades maravillosas, pero si ocupa todo el espacio puede privar al niño de algo muy valioso: la necesidad de inventar.
También debemos recuperar el libro impreso. No porque leer en pantalla sea intrínsecamente malo ni porque debamos convertir papel y tecnología en enemigos. Una biblioteca digital puede poner miles de libros al alcance de un estudiante que nunca tendría físicamente todos esos volúmenes, y eso constituye un avance extraordinario. Pero leer un libro de principio a fin, pasar páginas, subrayar, regresar, detenerse y sostener durante un tiempo prolongado una sola narrativa o argumento desarrolla una forma de atención que difícilmente puede sustituirse saltando continuamente entre pestañas, enlaces y notificaciones. En ese sentido resulta especialmente interesante lo que está ocurriendo en algunos de los sistemas educativos nórdicos que durante años estuvieron entre los más entusiastas de la digitalización. Suecia ha decidido reforzar oficialmente los libros impresos, la escritura manual y el tiempo de lectura, reduciendo el uso de pantallas especialmente entre los más pequeños. Finlandia también ha establecido límites más firmes al uso de teléfonos durante las clases y algunas comunidades escolares han regresado deliberadamente a libros, lápiz y papel después de observar que computadoras y teléfonos podían convertirse en fuente permanente de distracción.
No debemos interpretar esos movimientos como renuncia a la modernidad. Precisamente sociedades muy avanzadas tecnológicamente están reconociendo que digitalizar todo no necesariamente significa educar mejor. Eso merece celebrarse. La verdadera modernidad consiste también en rectificar cuando la experiencia demuestra que una herramienta extraordinaria fue utilizada en exceso. Suecia no está quemando computadoras ni Finlandia regresando al siglo XIX. Están intentando recuperar equilibrio: libros cuando el libro ofrece mejores condiciones para aprender; tecnología cuando la tecnología añade valor; lápiz y papel cuando escribir ayuda a comprender y recordar; dispositivos digitales cuando permiten alcanzar aquello que un material tradicional no puede ofrecer. Ésa parece una lección bastante más inteligente que escoger fanáticamente un bando.
México puede aprender de esa experiencia sin copiarla mecánicamente. Nuestra realidad educativa es muy distinta y, además, existen enormes desigualdades de acceso digital. Para millones de alumnos, un teléfono puede ser prácticamente la única computadora disponible en casa. Precisamente por eso sería equivocado prohibir indiscriminadamente una herramienta que en ciertos contextos abre oportunidades educativas fundamentales. Lo que hace falta es criterio pedagógico. Un dispositivo utilizado bajo supervisión para ampliar conocimiento es una herramienta; el mismo dispositivo interrumpiendo una explicación cada treinta segundos es una distracción. La diferencia no está en el aparato, sino en quién controla su utilización y para qué.
Durante demasiado tiempo dejamos al maestro competir prácticamente solo contra esa economía de la atención. Después nos sorprendimos porque un adolescente prefería mirar un video perfectamente diseñado para entretenerlo antes que escuchar una explicación de matemáticas. La competencia era profundamente desigual. El profesor debe recuperar autoridad sobre el espacio pedagógico: si el teléfono no forma parte de la actividad, se guarda. La regla puede ser firme sin convertirse en castigo humillante, y debe existir respaldo de padres y autoridades. Nada funcionará si un profesor pide guardar el aparato mientras la familia reclama porque su hijo no contestó inmediatamente un mensaje. Las escuelas necesitan mecanismos de comunicación para emergencias reales, por supuesto, pero una posible emergencia no justifica mantener durante seis horas una línea permanente entre el pupitre y el chat familiar.
La educación digital tampoco puede reducirse a restricciones. El objetivo final no es conseguir estudiantes obedientes mientras alguien vigila, sino jóvenes capaces de autorregularse cuando nadie los esté supervisando. En la universidad, en el trabajo y durante su vida adulta tendrán que decidir por sí mismos cuándo abrir una pantalla y cuándo cerrarla. La escuela debe prepararlos para ejercer esa autonomía responsable, y eso requiere también formar mejor a los maestros. No podemos pedir que aprovechen inteligencia artificial, plataformas educativas, bibliotecas digitales y nuevas herramientas si no reciben capacitación suficiente para conocerlas. Un profesor preparado puede integrar tecnología extraordinariamente bien; quien no tiene herramientas puede terminar entre los dos extremos más fáciles: prohibir todo o permitir todo. México necesita exactamente lo contrario: utilizar más y mejor la tecnología cuando sirve para educar, y utilizarla menos cuando simplemente distrae.
Además, el salón no es únicamente un lugar para adquirir información. La escuela enseña convivencia. Allí se aprende a escuchar a otra persona, discutir, colaborar, resolver diferencias, hacer amigos, tolerar frustraciones y descubrir que no todo el mundo piensa igual. Durante los recreos resulta cada vez más frecuente observar grupos físicamente juntos pero individualmente encerrados en sus pantallas. Una generación puede estar hiperconectada y, paradójicamente, conversar cada vez menos frente a frente. Por eso también debemos reivindicar algo que parece anticuado: el aburrimiento. No todo minuto de un niño necesita estar ocupado por un estímulo. Aburrirse obliga a buscar qué hacer, imaginar, conversar, observar y crear. Durante generaciones fue precisamente en esos espacios vacíos donde surgieron juegos, dibujos, historias y amistades.
Hoy cualquier silencio puede ser eliminado instantáneamente deslizando un dedo, y no estoy seguro de que eso sea siempre una ganancia. La capacidad de permanecer unos minutos sin recibir estímulos externos es también una forma de libertad. Si una persona necesita continuamente una pantalla para no sentirse incómoda, quizá ya no domina completamente al dispositivo. Y ésa es precisamente la relación que debemos evitar desde la infancia.
No necesitamos niños enemigos de la tecnología ni padres aterrados frente al mundo digital. Necesitamos niños capaces de aprovechar una computadora, una tableta, un teléfono y una inteligencia artificial sin convertirse en dependientes de ellos. Necesitamos jóvenes que puedan investigar en internet y también leer un libro completo; utilizar un videojuego y también patear una pelota; hablar con alguien al otro lado del mundo y también conversar durante una hora con quien está sentado enfrente. Todo tiene su momento, su espacio y su límite. Familias, maestros y autoridades comparten la responsabilidad de establecerlos, especialmente mientras los niños todavía no tienen madurez suficiente para hacerlo solos. Supervisar no significa espiar ni controlar cada pensamiento. Significa acompañar y asumir que el acceso ilimitado a cualquier contenido, a cualquier edad y durante cualquier cantidad de tiempo no puede considerarse automáticamente una forma de libertad.
La SEP hace bien en abrir una discusión nacional y escuchar a los docentes. Pero el resultado no debería ser simplemente otra circular burocrática. Necesitamos reglas sencillas, adaptables por edades y contextos, que otorguen autoridad al profesor, permitan utilizar la tecnología cuando tenga verdadero valor pedagógico, protejan el derecho de los niños al esparcimiento y devuelvan también espacio a libros, escritura, deporte, convivencia y juego creativo. No es tecnología contra libros, pantalla contra papel ni modernidad contra pasado. Es aprender a escoger qué sirve mejor para cada cosa.
La tecnología seguirá avanzando y debemos celebrarlo. La inteligencia artificial apenas comienza a transformar la educación, y sería absurdo formar a una generación incapaz de utilizarla. Pero una herramienta es verdaderamente útil sólo mientras permanece bajo control de quien la utiliza. Ésa es la pregunta fundamental: ¿quién manda? Si el alumno domina el dispositivo y sabe cuándo usarlo, tenemos una extraordinaria herramienta de información y formación. Si el algoritmo domina la atención del alumno y decide cada pocos segundos qué debe mirar, tenemos un problema educativo.
La escuela no necesita declarar una guerra al celular. Necesita recuperar algo mucho más importante: el derecho y la capacidad del estudiante para decidir dónde coloca su atención. Porque una generación que conozca todas las pantallas pero no pueda leer un libro, concentrarse, crear un juego, conversar sin teléfono o permanecer cuarenta minutos pensando habrá ganado acceso a una cantidad infinita de información y perdido algo mucho más difícil de recuperar. La tecnología puede ampliar extraordinariamente la inteligencia humana; lo que no debemos permitir es que termine sustituyendo nuestra capacidad de pensar, imaginar, convivir y elegir.
Hay tiempo para conectarse y tiempo para desconectarse; tiempo para aprender en una pantalla y tiempo para abrir un libro; tiempo para utilizar inteligencia artificial y tiempo para resolver algo con nuestra propia cabeza; tiempo para jugar en línea y tiempo para correr, ensuciarse, inventar y simplemente ser niño. Ése es el equilibrio que debemos recuperar.
El celular puede entrar al salón de clases. Lo que no puede volver a hacer es gobernarlo.
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