Durkheim llamaba “efervescencia colectiva” a esos momentos en los que una sociedad deja de pensarse como individuos aislados para experimentarse como comunidad. Los Mundiales producen justamente eso, un estado emocional compartido capaz de modificar, aunque sea temporalmente, la percepción que un país tiene de sí mismo. Tanta alegría trajeron los resultados y la esperanza que Claudia Sheinbaum ha alcanzado su nivel más alto de aprobación según la más reciente encuesta de MetricsMx al mismo tiempo que la Selección alcanzó su mejor desempeño en la historia.
Intentando explicar los números, podríamos tener dos perspectivas. La primera, que la Selección Mexicana y la afición lograron una impactante sinergia por un estado de alegría previo que se tradujo en la maravillosa vibra de nuestro país como anfitrión del Mundial, con una convivencia y un jolgorio que ningún otro país sede ha podido replicar. Bajo esa lectura, la sinergia se logró por la felicidad y esperanza anterior, que no se habría podido tener en otro momento, y que entonces, esa felicidad se multiplicó impactando las métricas. La segunda perspectiva es que los ánimos en realidad, eran un poco escépticos, pero la esperanza y la unión le dio a México una colectividad que había olvidado, logrando que las barreras se diluyeran y que entonces, después del Mundial, las y los mexicanos expresen una mayor cohesión por la felicidad del resultado logrado, que ahora se refleja en la aprobación presidencial.
El hecho, es que los resultados y el Mundial han impactado positivamente a la presidenta igual en México que en el mundo. La anfitrionía de México ha sido tan especial, auténtica y cálida para el mundo durante la Copa Mundial que, en otros países, poco o nada se enteran de los pleitos domésticos. Lo que observan es a Claudia Sheinbaum como la presidenta que logró transmitir suficiente alegría a un país entero, en el que las aficiones fueron las grandes protagonistas de una hospitalidad memorable.
Hacia el interior del país aún hay goce, incluso los errores logísticos del gobierno de la Ciudad de México, que derivaron en personas fallecidas durante una estampida, quedaron relegados en la conversación pública. Claudia Sheinbaum registra hoy la aprobación más alta de su sexenio.
En el exterior, revistas internacionales escriben sobre un liderazgo singular que prefirió mirar los partidos frente a pantallas gigantes en el Estado de México y en distintas alcaldías de la Ciudad de México, a diferencia de otros mandatarios que optaron por dejarse acompañar por las élites políticas y económicas en los estadios sede. Como si discretamente Claudia Sheinbaum supiera que la FIFA es una institución frecuentemente señalada por prácticas de corrupción, su relación con el torneo ha sido institucional y estrictamente oficial. No se ha sentado a presenciar partidos desde los palcos presidenciales y sus interacciones con el organismo han sido limitadas.
Podríamos decir que nunca tuvo la desfachatez, como Donald Trump, de intentar obtener ventajas para la selección de su país, tal como hizo el presidente estadounidense al pedir que la tarjeta roja mostrada a uno de sus jugadores fuera anulada para que pudiera disputar el siguiente encuentro.
Aunque la Selección Mexicana tiene su propio ritmo, organización y méritos deportivos, algo cambió en el ánimo colectivo. Los mismos mexicanos que durante años parecían resignados al desencanto encontraron, por unos días, una causa común para celebrar. Y, al final, fueron ellos quienes ofrecieron la mejor imagen de México ante el mundo.
Más que tratarse de una política pública estrictamente medible, Claudia Sheinbaum demuestra que, cuando un país está de buenas, simplemente resplandece. La confianza también se contagia, la alegría también produce legitimidad y el prestigio internacional no siempre se construye con discursos grandilocuentes, sino con símbolos, gestos y estados de ánimo compartidos. Podríamos decir que esa es la mayor lección de este Mundial: un gobierno puede organizar, coordinar y garantizar condiciones, pero son las personas, el pueblo, quien terminan escribiendo la verdadera narrativa de una nación.
Randall Collins actualizó luego el concepto de Durkheim mediante su teoría de las cadenas de rituales de interacción enfocado en los grandes eventos deportivos que producen energía emocional, confianza, solidaridad, entusiasmo compartido. Todo ello fortalece temporalmente el tejido social.
Por una semana, adoptamos a Noruega como un país más de América Latina y nos convertimos en Erling Braut Haaland remando como vikingos en los espacios digitales, laborales, deportivos, etc. Todavía unidos en una sola afición, le apostamos ahora a Francia o Inglaterra, país del que terminamos siendo buenos amigos con todo y que nos hubieran eliminado del sueño compartido.
En esta ocasión, no hubo un “jugamos como nunca, perdimos como siempre”. Este Mundial suena a que “jugamos como nunca y ganamos como nunca”. Ganamos amor, respeto, amigos y la presidencia ganó una aprobación histórica que confirma una y mil veces más que el futbol no es simplemente un deporte, sino que es política, historia, religión, pasión y hasta aprobación. Religión por aquella relación entre los evangélicos y la debacle de la selección brasileña que ha dado mucho de qué hablar en X.
Esta vez, la historia que México proyectó hacia el mundo fue la de un país orgulloso de sí mismo, capaz de convertir la hospitalidad en una forma de liderazgo y la celebración en una expresión de poder blando. Estados Unidos ha ofrecido, por el contrario, algo que habla de sí mismo como el país del tráfico de influencias y la corrupción, que presume ser el más seguro e intenta ir a gobernar a otras latitudes mientras en sus propios espacios, le roban todo el equipaje y artículos a un equipo visitante. El intolerante que no ofrece alojamiento y excluye países, el anfitrión incómodo que visitas por compromiso, de cuya casa siempre te quieres ir pronto. Ese donde se reprime a los que festejan y donde nadie puede salir a circular en paz por miedo a que una confusión termine en deportación.
El poder blando de México le grita en todos los cielos: no somos iguales. El respiro a todas las tensiones lo brindó México, la auténtica constructora de paz en el mundo se apellida Sheinbaum, se llama Claudia y es el rostro de millones que ofrecieron calidez, comida, bebida, abrazos, sonrisas, brincos y buenos momentos a esos que en la raíz de la palabra “extranjero” se les dice “extraños”, pero que aquí en realidad, fueron hermanos.


