En unos días se publicará mi libro más reciente, que llevará por título: “Constancia de percepciones”, tributo a mis maestras y maestros.
Con ese motivo, hoy adelanto, en exclusiva, uno de los capítulos del libro, en el cual presentaré las semblanzas de catorce maestras y maestros que han marcado positivamente mi vida profesional, intelectual y personal.
El siguiente texto corresponde al capítulo dedicado a la maestra Esperanza Ramirez.
Esperanza Ramírez
He colaborado en prensa escrita desde la década de los años ochenta, en México, a través de artículos de opinión, notas informativas y algunas entrevistas. Debido a que las posibilidades de publicar en medios impresos y de circulación nacional eran escasas en esos tiempos (y hoy también), un buen día me di a la tarea de entregar dos artículos de opinión directamente a las mesas de redacción de algunos periódicos de la Ciudad de México, sin contactos ni padrinos que me ayudaran a colocar y publicar mis textos.
Cuando acudí a las oficinas del periódico El Día, ubicadas a un lado del Metro Potrero, en Av. Insurgentes norte, en CDMX, me atendió una mujer joven en uno de los pasillos de la entrada, a quien le pregunté sobre la persona responsable del área de opinión o páginas editoriales del diario.
Ella amablemente me dijo:
—Busca a la señora Esperanza Ramírez, ella es quien maneja todo eso; viene por las tardes. Seguramente —dijo la mujer— ella te escuchará y leerá tus propuestas de artículos.
Así fue. A la semana siguiente regresé, puntual, en horas de la tarde, después de comer, con mis dos artículos de opinión sobre educación y ciencia en la mano. En esa segunda visita tuve suerte de localizar a Esperanza, quien de manera cordial me atendió y, afuera de su oficina, recibió mis cuatro o cinco cuartillas que contenían las dos opiniones de análisis de coyuntura sobre los temas mencionados.
La grata sorpresa para mí fue que los dos textos fueron publicados en las siguientes dos semanas, de manera sucesiva, en las páginas editoriales del diario. A partir de esa fecha, entre 1989 y 1990, me convertí en colaborador del periódico El Día.
El Día era un diario conocido, entre otras cosas, por sus posiciones políticas liberales y moderadamente de izquierda en México. En su momento, se sabía que ese diario publicó varios desplegados a favor del movimiento estudiantil de 1968, como un ejercicio de libertad de expresión y comunicación que, en ese entonces, era difícil de encontrar, puesto que los medios eran prácticamente controlados por el régimen del PRI-gobierno.
La señora Ramírez en esa época tendría entre 60 y 65 años de edad. Usaba lentes de arillos y caminaba lentamente con el apoyo de un bastón. De pelo corto, trato amigable y de fácil conversación.
Yo no llevaba ninguna recomendación ni ninguna referencia cuando me presenté con ella. La única carta de presentación era el contenido de mis opiniones. Ahora pienso que la aceptación de mis escritos se dio de manera extraordinaria o fuera de lo común, puesto que es sabido que en esos círculos periodísticos sólo ingresan las y los apadrinados, invitados especiales o recomendados. Pienso que tuve mucha suerte en esto que narro.
Luego, en dos o tres ocasiones, Esperanza me solicitó opiniones especiales para el suplemento El Gallo Ilustrado, que se publicaba los fines de semana o en ediciones especiales de aniversario del periódico.
La entrega de los textos se hacía, siempre, de manera física y eran elaborados en máquina de escribir mecánica. En ese tiempo las nuevas tecnologías de la información tenían poca presencia en los medios de comunicación escrita.
Como anécdota, puedo mencionar que, en una ocasión, la señora Ramírez me pidió que ya no le entregara los textos en las oficinas del periódico, sino que se los dejara en el buzón de su casa. En realidad, nunca supe la razón de ese nuevo procedimiento. Y nunca le pregunté acerca de ese tema, pero es probable que ello se haya debido a sus dificultades para caminar y moverse de manera independiente.
Recuerdo que, una vez a la semana, casi durante un año, entregué mis artículos de opinión de esa manera. Ni siquiera tocaba la puerta de su domicilio, ubicado en una callecita cerca de la estación del metro Popotla, que está adelante de la zona de San Cosme, las escuelas normales y la colonia Santa María la Ribera. Para ello, no tocaba la puerta de la casa ni el timbre, porque Esperanza me pidió que le dejara los textos en el buzón de la puerta. Así le dejaba mis colaboraciones.
Siempre mis textos se publicaron sin ningún contratiempo. Esa dinámica se llevó a cabo durante esa temporada de manera continua y con gran cuidado en las ediciones.
Tiempo después, al cambiar la directiva del periódico, las colaboraciones fueron cada vez más esporádicas. Cabe recordar que, en ese entonces, Socorro Díaz dejó la dirección del diario y que Enriqueta Cabrera ocupó su lugar.
Algunos nombres de colaboradoras y colaboradores del periódico, que recuerdo de esa época eran Magdalena y Carmen Galindo (les decíamos «las hermanitas Galindo»), Carlos Salomón, así como el dibujante y caricaturista Alberto Beltrán, entre otras y otros.
Tiempo más adelante supe que la señora Ramírez era familiar del fundador y primer director del periódico El Día, don Enrique Ramírez y Ramírez, y que las hermanitas Galindo eran muy cercanas al escritor Carlos Monsiváis.
Cuando me mudé a la ciudad de Querétaro, entre 1990 y 1991, continué con mis colaboraciones en ese singular e independiente diario capitalino. Para ese tiempo las colaboraciones eran enviadas por fax, que colocaba en la oficina postal o de correos ordinarios ubicada, durante la década de los años noventa, en la calle de Ignacio Allende, en Querétaro, cerca del pequeño monumento a Neptuno.
Un conjunto de artículos de opinión, previamente publicados en El Día, a la postre, fueron la base de mi primer libro, titulado: ¿Dónde están los científicos? Textos sobre políticas de ciencia y tecnología durante el periodo 1989-1994, en una coedición de la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Querétaro, la Universidad Autónoma de Querétaro y el Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Querétaro.
Debo señalar, como colofón, que el periódico El Día es el único medio que me pagó o me ha pagado una modesta remuneración (cincuenta pesos) por cada artículo de opinión entregado y publicado.
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